¡A volar, joven!

Por: JAIME BONILLA MEDINA –
jaboneme@hotmail.com –

El título de la columna evoca uno de los éxitos cinematográficos de Cantinflas, dado el tema, no sabemos si cómico o lamentable, que trataremos de abordar. Las últimas noticias de lo sucedido con el aparato judicial lo desacreditan más aun: dos excombatientes de las Farc se fugan de La Picota, luego que el guardia nocturno, en juerga común, les abriera la celda para ir por más licor. Ellos escalan un muro con mínima seguridad y ‘se vuelan’. En Medellín -cárcel de Bellavista- un preso, acusado de violencia sexual, se da a la fuga no sin antes dejar una nota de agradecimiento por el trato recibido, ‘pero un nuevo proceso me dará otros 20 años de condena’. En los juzgados de Paloquemao -Bogotá- , un falso fiscal influye en el fallo de un juez, para dejar en libertad a un reconocido dirigente del gremio de trasportadores, acusado de negocios ilícitos en el proceso de chatarrización.

¿Por qué un guardia se embriaga con los condenados bajo su custodia, así por así; y cómo un particular burla los controles en la sede de justicia, para ingresar e intervenir cual profesional del derecho?

La crisis del sistema carcelario en Colombia tiene múltiples causas, afines a la problemática social y económica que enloda nuestro país. Por un lado, la corrupción ya tocó hasta los inmaculados campos de de la justicia y sus honorables togados.¿Qué podemos esperar del resto de integrantes, incluyendo la guardia del Inpec? Precisamente, su sindicato viene dando la lucha por mejorar las condiciones de trabajo, en cuanto a mejoras definitivas en seguridad personal, infraestructura carcelaria, aspecto salarial, pensional y de capacitación, para poder desempañar sus funciones con idoneidad y profesionalismo. Súmese a estas quejas, la falta de personal de vigilancia. Por ejemplo: en Bellavista hay un tope de 7.000 internos y solo cuenta con 40 centinelas. Hay patios donde un vigilante responde por 1.500 reclusos.

La situación de abandono y deterioro locativo de muchas penitenciarías, añadidos al hacinamiento actual del 53%, ha obligado al cierre de varios centros. No se vislumbran respuestas a mediano plazo, ni soluciones estructurales. Las cifras son temerarias: hay 120.000 presos, apretujados en 78.500 cupos de 316 cárceles. La sobrepoblación es de 41.191 personas. Las posibles soluciones se centran en tres ejecutorias: 1. Agilización de las audiencias represadas en los juzgados, responsables de mucha gente detenida esperando un juicio. 2. Implementar las nuevas leyes ya aprobadas (Ley de Pequeñas Causas y Ley de Procedimiento Penal Abreviado) evitaría enviar tantas personas a prisión al resolver rápido la situación de los sindicados. 3. Aumento de cupos con ampliaciones o construcción de megárceles.

Ha disminuido notoriamente la violencia subversiva y sus protagonistas debido al proceso de paz, pero se mantiene la inseguridad por otros actores. Ya hemos mencionado en anteriores notas que, endurecer las penas o aumentar las áreas de reclusión, son salidas transitorias sin brindar un saneamiento determinante al problema. Empezando por la no existencia de un verdadero programa de rehabilitación del recluso, que le brinde herramientas para regresar recuperado y productivo a la sociedad. Puede sonar repetitivo, pero nunca nos cansaremos de enrostrar la verdadera solución para derrotar este monstruo de mil cabezas: las drásticas trasformaciones socioeconómicas que amparen, sobre todo, los sectores marginales de la comunidad, de donde proviene el gran volumen del conflicto; con implementación de más oportunidades laborales y educativas, atención al menor explotado, a la víctima de la descomposición del hogar, combatir la cultura traqueta y erradicar la corrupción.
Alguien escribió esta acertada reflexión en redes sociales: ‘mientras haya quien necesite robar para poder llevar algo de comida a su rancho, no habrá paz ni justicia en ningún país.’

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