Clientelismo y país de roscas.


CARLOS E. CAÑAR SARRIA
-carlosecanar@hotmail.com –
Tanto en el sistema como en el régimen político clientelista el Estado ofrece los recursos que posibilitan la intermediación entre patrones y clientes; caracterizada por el intercambio de prebendas y favores por votos.
Por lo general, quienes acceden a los cargos o puestos en las diferentes instancias del poder son personas que cuentan con el visto bueno, el respaldo y el beneplácito de los partidos y demás sectores políticos que avalan sus nombres para que en el desempeño de sus funciones los representen y pueda retroalimentarse una especie de comercio laboral que impide democratizar la sociedad, al tiempo que se afianza la inequidad y la injusticia con aquellas personas que no obstante estar dotadas de preparación académica, de una serie de valores socioculturales, de habilidades, destrezas y múltiples competencias son injustamente subutilizadas y marginadas de la rama laboral. Personas que con sus perfiles personales, académicos y profesionales podrían contribuir notablemente en la construcción de un país más desarrollado, más solidario, más incluyente y más pacífico. Pero no, en este país priman los oportunismos y las mezquindades.
La cacareada meritocracia, las denominadas empresas cazatalentos, los concursos de ‘méritos’ producen desazón. Un sistema y un régimen político que descuidan y menosprecian los criterios meritocràticos para acceder al empleo, se deslegitiman fácilmente. Más aún, cuando la meritocracia se convierte en promesa de campaña e intenciones del Gobierno. No pocos presidentes colombianos han anunciado la necesidad de recurrir a criterios meritocráticos para acceder a la administración pública, pero en la práctica no ha pasado del solo deseo. El ‘roscogramismo’ brilla por todo lado. Y ello no es otra cosa que la práctica de patologías de la democracia, tales como la politiquería, el nepotismo, el compadrazgo y el clientelismo a la lata.
Este último -vale la pena aclarar- no es necesariamente corrupción, pero enturbia y estorba notablemente el régimen político al tiempo que decepciona a miles de compatriotas que gracias al estudio y al esfuerzo han logrado convertirse en profesionales; que con sobresalientes hojas de vida, excelente preparación académica y con valiosos conocimientos, se les pone múltiples trabas a la hora de conseguir un empleo digno, negándoseles la oportunidad de realizarse plenamente.
Resulta bastante desconsolador observar personas preparadas intelectualmente, con sensibilidad social y con sobradas ganas de servirle al país, pero que no obstante, están remplazadas por una partida de analfabetos e incompetentes. Con personas así ¿cómo hablar de acertada administración pública? ¿Cómo entender la modernización del Estado? ¿Cómo concebir la legitimidad de las ramas del poder público?, etc.
En Colombia, al igual que en no pocos países latinoamericanos, la feria de los cargos es una práctica generalizada que para muchos suele pasar desapercibida, pero que resulta dañina y excluyente ante las sentidas aspiraciones de quienes legítimamente ansían una significativa oportunidad laboral. Los partidos políticos son las vías visibles de la intermediación entre patrones y clientes. Los directorios políticos se encargan de determinar mediante discusiones y acuerdos como quedan concebidos y conformados los repartos burocráticos. En dicha conformación, obviamente no están todos los que son, ni son todos los que están.
Decimos que el clientelismo no es necesariamente corrupción, porque está entendido como una práctica consuetudinariamente aceptada que hace parte de nuestra cultura política. Ofrecer un cargo a cambio de votos y cumplirle al votante, por ejemplo, como acción en sí, no podría considerarse corrupción; sin embargo, podría considerarse corrupción si la persona tenida en cuenta en el cargo, no accede al empleo por sus calidades intelectuales y morales que le hagan merecedor del trabajo, al tiempo que se margina a otras personas que con verdaderos méritos podrían descollar con éxito en beneficio de la sociedad.
Difícilmente se podrá democratizar el país, si no se generan estrategias meritocráticas para acceder al empleo. Que conlleven paulatinamente a la desaparición de esa cultura clientelista que le ha hecho mucho daño al régimen político democrático y a muchas personas que por carecer de patrones ven pasar los años sin que se les de ninguna oportunidad laboral.
Reiteramos la tesis del colega columnista Daniel Samper Pizano: “En Colombia no sólo están mal repartidas las riquezas sino las oportunidades. Unos nacen con el nombramiento en el pañal, y otros no consiguen empleo estable nunca. Entre los primeros figuran miembros de las familias tradicionales de Colombia y los parientes de los políticos momentáneamente útiles. Entre los segundos casi todos los colombianos”. Algunos consiguen ascender venciendo enormes dificultades, sacrificándose para estudiar y, de vez en cuando, haciendo venias y tragando sapos. Otros, ni así.” Y agrega: “Una revisión de la nómina oficial muestra lo bueno que es pertenecer a un clan privilegiado. Abundan allí hijos, hermanos y parientes de los jefes políticos…” La lista que sustenta es larga como larga es la espera de muchos colombianos en su lucha por el reconocimiento.

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