Colombia: Violencia y corrupción.

CARLOS E. CAÑAR SARRIA –
carlosecanar@hotmail.com

– Hasta hace unos años el problema más sentido de la sociedad colombiana era la violencia, ahora que se respira por fortuna un ambiente de paz, el problema vigente es la corrupción en todos los niveles.
Sin embargo, es conveniente destacar que toda apropiación abusiva de los bienes de interés público, es una actitud violenta que en una sociedad como la nuestra, en condiciones de pobreza y de miseria, hace demasiado daño.
Nada más violento que privatizar lo que debiera de ser público. Quienes se roban la plata de la salud, de la educación, de la recreación, del deporte, de la vivienda, etc. son criminales que violentamente les niegan la posibilidad de vivir dignamente a miles de personas que se encuentran esperanzadas en mejorar sus condiciones de vida.
No puede ser secreto que muchos derechos que bien podrían garantizar una existencia verdaderamente humana son conculcados o suspendidos por culpa de apetitos mezquinos de los corruptos.
Por todos lados por donde se transite, en todos los escenarios donde discurrimos la existencia cotidiana, no se habla de otra cosa que de la corrupción. Es el tema de moda.
Como estamos en época preelectoral, el discurso político actual está encaminado a censurar la corrupción pero la gente poco se entusiasma, ya está cansada de tanto verbo durante los procesos electorales para después constatar la decepción. Existe un escepticismo colectivo. No hay en quién creer. Ver, por ejemplo, cómo suben vertiginosamente los sueldos de los congresistas mientras la exclusión, el olvido estatal, la pobreza y la miseria evidencian el despertar de cada día de la gran mayoría de colombianos, son hechos que producen indignación. Razón tienen quienes piensan que sin justicia social jamás habrá paz. Impedir democratizar la sociedad, actuar con privilegios y mezquindades son actos de corrupción y de violencia.
Personajes que debieran ser buenos paradigmas cada vez desencantan más. Desde toda la estructura del poder, cada día nos sorprende un nuevo escándalo. Desde presidentes de la República, ministros, gobernadores, alcaldes, diputados, concejales, jueces, magistrados, procuradores, fiscales, militares, etc. están o han estado involucrados en hechos de corrupción. Tan generalizado está el problema que el asunto ya se está convirtiendo en una nueva cultura.
Todo esto ha implicado que se haya perdido la confianza en la fe pública mientras las instituciones se deslegitiman. Lo cual es agravado por el alto índice de impunidad en un país en donde se tiene la sensación de que la justicia nunca llega. En muchas partes la justicia nunca llega y eso hace que se incremente el delito; de lo contrario no se produciría la sensación de impotencia de parte de una población afectada por toda serie de carencias y necesidades, que pide a gritos el rescate de la moral pública, sin que esta aspiración colectiva se haga posible. Es muy común escuchar, con sobrada razón, que en Colombia hasta la sal se corrompe.
Un fiscal anticorrupción sindicado de corrupto, un ex procurador destituido por lo mismo, pero no obstante, anda bien campante dando cátedra de anticorrupción con apetitos electorales; estos casos, a manera de ejemplo, sólo son posibles en este país donde pasa de todo pero nada pasa.
Colombia requiere con urgencia la aparición de nuevos y buenos paradigmas, capaces de devolverles la fe a los ciudadanos, que restituyan su confianza y que obren bajo los parámetros de la moral y de la ética.
¿Y en dónde está la salida? En la educación precisamente. Ante el estado de decadencia en que nos encontramos, el sistema educativo que procede de la misma estructura del Estado tiene una alta dosis de responsabilidad.
En las instituciones educativas y en las universidades, por ejemplo, se enseñan técnicas y habilidades para enfrentar una serie de necesidades sociales circunscritas a la economía pero se descuida la formación humana en valores y principios, que hagan posible una sociedad fundamentada en pensamientos y actitudes acordes a la moral pública.
Como esto no sucede, la sociedad se desmorona. El Estado en crisis, la familia en crisis, la educación en crisis, la justicia en crisis, etc. son indicadores preocupantes que de no ponerles atención, lo único seguro es quedar sumergidos en el mar de las decepciones y sucumbir en el abismo.
El apego obsesivo al dinero y al poder, la ambición enfermiza por enriquecerse lo más pronto y sin esfuerzo, alcanzar el éxito sin valorar los medios, son actitudes cuestionables que en mucho explican el estado de degradación moral en que ha caído nuestra sociedad.
Una nueva luz necesita Colombia, un nuevo amanecer. Hay que levantar los cimientos para la construcción de un nuevo país, erigido con unas sólidas columnas de la moral y de la ética. Donde la moral pública sea cuestión de principios y convicciones y no de circunstancias y conveniencias. Los principios no se enajenan, ni se compran, ni se venden.

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