Corrupción y cambios

Por: CARLOS E. CAÑAR SARRIA –
carlosecanar@hotmail.com –

El próximo 26 de agosto se hará la consulta popular contra la corrupción. Tema trascendental para el país, pues después de los acuerdos de paz, la corrupción es el problema más grave de la sociedad colombiana. Es tan grave la corrupción que ser corrupto se ha convertido en algo común y corriente en nuestra cultura política y en el quehacer ciudadano.

Cuando un país toca fondo por la corrupción generalizada, no tiene más salida que quedarse hundida y desaparecer o tomar conciencia de sus propios males, viéndose en la necesidad -como dice el sociólogo Durkheim-de crear conciencia colectiva que nos impulse a salir del pantano en búsqueda de una sociedad decente.

La verdad es que no entendemos mucho aquello de una consulta popular para preguntarle a la población si quiere o no vivir en un país decente, orientado por la moral y por la ética. Como si estos valores no fueran criterios evidentes del régimen político democrático y de las constituciones políticas modernas. Como estos criterios no son evidentes, se hace necesario- o innecesario-hacer la mencionada consulta.

Ojalá no se convierta en una consulta innecesaria, pues ya conocida la cultura política colombiana, renuente al cambio y a la moralización de las costumbres, en caso que la gente omita votar o si vota, decida continuar como estamos porque estime que así vamos bien.

Y si no, recordemos lo que pasó con el plebiscito en que se preguntó al país si quería o no vivir en paz y la respuesta fue No. Consulta aparentemente innecesaria, pues en qué país que se considere civilizado del mundo, no se querrá vivir en paz. Ganó la cultura política de la violencia.

Y para no irnos más lejos. El discurso más sentido de la pasada campaña presidencial fue el discurso anticorrupción. No hubo candidato alguno que no lo utilizara en su actividad proselitista; no poca con un descarado cinismo, pues han hecho parte de los más corruptos de la historia reciente del país, como se dice coloquialmente, burros hablando de orejas. Han hecho parte de verdaderas asociaciones para delinquir, como lo ha venido sosteniendo y denunciando Gustavo Petro.

Por eso estamos como estamos y por eso seguimos de mal en peor. La ética y la moral pública han sido tiradas al cesto de los desperdicios. Patologías del régimen y sistema político colombiano hacen evidente la crisis de valores por la que venimos atravesando: compraventa de votos, politiquería, populismo, clientelismo, el uso abusivo del poder, la demagogia y otros males que tienen carcomida a Colombia.

Ante la pregunta: ¿En qué momento se jodió Colombia? La respuesta es: desde el momento en que la corrupción penetró todos los tejidos de la sociedad. La corrupción se empoderó tanto que se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que no existe entidad o institución social que no haya estado o esté comprometida o salpicada de corrupción. Desde luego, que toda regla tiene sus excepción.

En Colombia es tanta la corrupción, que vivimos de escándalo en escándalo, como son tantos escándalos unos tapan a otros y casi todos quedan en exhaustivas investigaciones por parte de las autoridades, en un círculo vicioso que produce indignación y tedio.

Hay que esperar en qué quedan las investigaciones y denuncias tardías de la Fiscalía de casos de corrupción en la elección presidencial reciente. Si los hechos señalados de corrupción que comprometen a líderes del Centro Democrático o puedan comprometer también a otras personas que hacen parte de otros partidos y movimientos que se aliaron con el uribismo, lo que nos está indicando es que la elección de Duque no sólo es ilegal sino también ilegítima; por lo tanto, se espera que estos actos no sólo tengan consecuencias políticas sino también penales.

Desconocemos cuál será el futuro de los partidos políticos en Colombia. Una de las funciones de los partidos en las democracias modernas es la pedagogía; como están en crisis, no tienen nada bueno que enseñar; sin fundamentación filosófica, sin ejes programáticos serios y realizables; enseñados a fungir como empresas electoreras, sin carácter; sumisos, arrodillados, vendidos y prostituidos al mejor postor.

Hay que esperar qué vientos de cambio llegan con el nuevo gobierno. La lucha contra la corrupción es el reto más grande que tiene Duque. Para comenzar debe rodearse de los mejores, de personajes sin tacha moral, arquetipos de la moral pública y de la ética. No se puede pretender construir una nueva sociedad sin unos buenos paradigmas, de lo contrario, seguiremos jodidos.

Colombia espera la construcción de una nueva era, la época de la moralización y de la ética. No será tarea fácil porque muchos vienen acostumbrados de vivir de rapiñas, de trampas, de deslealtades, de incoherencias y de vicios que invalidan el progreso conjunto de la sociedad y la convivencia civilizada, es decir, de hacer inviable la democracia.

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