De arribistas y aduladores

CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com

Existen varias acepciones del término ‘arribista’; en general coinciden todas. Consiste en el acto de demostrar ser algo o alguien que no es, lo cual está encaminado al logro y reconocimiento de un status económico y social, que permite al arribista posicionarse de manera superior entre quienes tienen la posibilidad de interaccionar. Esto incuestionablemente raya contra la ética, porque el arribista se vale de engaños para ganarse el respeto y ‘aprecio’ que egoístamente le hacen sentir importante. Como todo embustero, descubierta la mentira, el arribista genera malestar y desconfianza. De ahí que se diga, que la manía se sentirse superiormente diferente a las demás personas hace que sólo le importen los fines sin detenerse a meditar en los medios para lograrlos.
Por su parte, el término ‘adulador’ se endilga a quien se sobra de halagos, de elogios, de reconocimientos inmerecidos a otra persona con el fin de lograr algún beneficio o favor del halagado. Al igual que los arribistas, son también mentirosos y egoístas porque nunca dicen la verdad y en la práctica sólo se miran a sí mismos, sólo les importa su propio yo y nada más.
En una sociedad como la nuestra abundan tanto arribistas como aduladores, parecen cortados con la misma tijera, egoístas, mentirosos y deseosos de ganancias. Algo muy diferente es la natural ambición de una persona que con esfuerzos y méritos personales busca permanentemente la superación personal y el reconocimiento social.
En el desarrollo de la convivencia cotidiana es supremamente valioso el trato respetuoso, la consideración al otro, la estima, el afecto, la admiración y el reconocimiento porque son prácticas válidas y necesarias en toda sociedad. Motivan a las personas y contribuyen a unas buenas relaciones interpersonales y a la sana convivencia. Sin embargo, una cosa es respetar, estimar, admirar, reconocer y otra muy diferente es adular o enaltecer desproporcionadamente, lo que en términos coloquiales se entiende por lambonería, prácticas que desentonan con el sentido de las proporciones y que pordebajean a quienes la utilizan, fastidian a muchos que las observan y encantan a quienes las promueven. Sobran arribistas y huérfanos de reconocimiento que aprovechan cualquier ocasión para sentirse importantes y se valen de todos los medios posibles para lograr sus fines. Lo bueno- o lo malo- es que encuentran ilusos que les hacen el juego y ahí tenemos a la vista todo un cuadro de una sociedad aduladora y mojigata.
Aunque actualmente no pocas universidades, por negocio, sin mínimas exigencias están entregando títulos de magísteres y doctores, los verdaderos magísteres y doctores de universidades de prestigio donde la exigencia académica en la que prima la investigación y la producción intelectual son realmente muy pocos en este país. Más respeto con los verdaderos magísteres y doctores.
De otro lado, el cargo o la actividad que se desempeñe dentro del rol laboral y profesional no puede ser argumento para los ‘doctorados’, es decir, para decirle “doctor” a cualquiera. Es así que a concejales, alcaldes, gobernadores, congresistas, ministros, secretarios de despacho, fiscales, jueces, contralores, gerentes, profesores y rectores de universidades, etc. se les debe llamar por su cargo o por el título universitario en el caso de que lo tengan. Los títulos se ganan y se optan en las universidades. Fastidia que hasta al más analfabeta de los concejales sea tratado de ‘doctor’ por una sociedad rastrera e interesada. Hemos presenciado que los medios de comunicación y los periodistas contribuyen con este despropósito. Ojalá muchos periodistas puedan enterarse de cómo están jerarquizados los títulos en las universidades y no continúen asignando ‘doctorados’ a todo aquel que tienen la oportunidad de entrevistar o a todo aquel que se les atraviesa en el camino. Lo mismo, deben enterarse los políticos, funcionarios públicos y de la empresa privada, que les encanta sentirse y que se les nombre con los títulos que realmente no poseen.
La adulación es una práctica que promueve la hipocresía. Entre aduladores nadie estará seguro nunca. El adulado quiere siempre que le digan lo que sus tiernos oídos quieren oír y espera del adulador lealtades incondicionales. Lealtades que ni los unos ni los otros las tendrán nunca. Tanta lambonería con personas que ocupan coyunturalmente cargos importantes, pero apenas abandonan los cargos, pasan desapercibidas. Las verdaderas amistades se adquieren con la nobleza del alma y no con el interés. Los ‘amigos’ que se adquieren gracias al cargo, poco valdrán en los momentos difíciles.
Nada más valioso que la sinceridad, la sencillez, la altivez, el sentido de las justas proporciones y el trato respetuoso entre todas las personas. Se puede demostrar amistad, aprecio, reconocimiento y admiración sin necesidad de recurrir a la lambonería. Tanto título gratuito, tanta hipocresía, tanta zalamería, tanta melosería, tanto besuqueo, tanto abrazo y palmoteo debieran desaparecer. Las justas proporciones o el justo medio de Aristóteles es lo recomendable.

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