De la democracia y educación política.


CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com

La falta de una cultura política democrática en nuestro país esta relacionada con una serie de patologías que se han ensañado tanto en el régimen como en el sistema político colombiano, fenómenos que de tanto repetirse terminan haciendo parte de la normalidad cotidiana. Patologías como el clientelismo, el populismo, la compraventa de votos, la corrupción político-administrativa, el engaño, la apatía ciudadana, la dificultad de construcción de sociedad civil, entre otras dolencias, han dado cabida al argumento de que en Colombia suceden fenómenos políticos inexplicables, tales como el triunfo del No en el plebiscito, cuando muchos equivocadamente pensamos que después de tanta sangre derramada y de tanta pérdida en la infraestructura nacional por más de cinco décadas de guerra y de violencia, ya era tiempo de despejar los caminos a la tan anhelada paz. Como ejemplo, también observamos el gran descontento general con un Congreso que consuetudinariamente funge ajeno a los intereses colectivos, lo que convierte a esta institución en una de las más desprestigiadas del país, que no ha hecho nada por auto depurarse.
La educación política de los habitantes y ciudadanos es muy importante para el ejercicio de una verdadera democracia. Un pueblo ilustrado políticamente está llamado a la participación, al compromiso colectivo y al interés común. Se respeta y se hace respetar. Es menos llamado a la instrumentalización, a la demagogia y al engaño. Sabe de dónde viene y para dónde va, qué es lo que quiere y los medios para conseguirlo. Conoce las fortalezas y debilidades de sí mismo y de quienes lo representan y gobiernan.
En una verdadera democracia el pueblo es el constituyente primario, en él radica el poder. Los gobernantes y representantes no son más que unos simples comisionados cuyo deber político y moral es atender las necesidades y requerimientos de la población en pro del bien común. Es así como el pueblo debe y puede pedir cuentas a todos aquellos en quienes ha depositado el poder y su confianza. En ese rendimiento de cuentas, lo que esté en contravía de la voluntad general debe ser desechado. El mejor castigo para quienes se apartan de las nobles causas colectivas es negarles el respaldo presente y el voto futuro. Es lo más legítimo ante representantes y autoridades deslegitimadas que nada bueno tienen para mostrar.
Si en realidad existiera una verdadera cultura política democrática, los pueblos no eligieran y religieran a los mismos de siempre. Tendríamos los mejores gobernantes, los mejores congresistas, los mejores dirigentes. Pero no. La amnesia colectiva permite perpetuar en el poder a la vieja clase política con sus vicios y manías. Es así como en Colombia contamos con un Congreso renuente a auto reformarse. Hace algunos años, el desaparecido columnista de El Tiempo, Oscar Collazos, se queja de un Congreso que legisla para bien de los congresistas y de sus propios partidos. Entre otras cosas, agrega: “Uno se sorprende al ver rostros de congresistas (…) surgidos de las clientelas regionales envejeciendo como dinosaurios marrulleros en sus sillas, con las nalgas atornilladas al puesto de donde saldrán con pensiones ruinosas para el Estado”.
El papel del Congreso es hacer leyes útiles a la sociedad, en beneficio del pueblo que dice representar. Lo cierto es que las condiciones de vida de la gente no parecen mejorar, mientras los elevados salarios que devengan los congresistas no corresponden al trabajo y compromiso en defensa de lo público. Presidenciar comisiones en el Congreso debe traducirse en mejoría de las condiciones de vida de la gente en las regiones, de lo contrario poca es su valía. A los congresistas les compete legislar prioridades y no dedicarse a lo superfluo. Las discusiones bizantinas, los proyectos insustanciales deben desterrarse del Congreso.
El próximo será un año electoral, hay expectativas por la contienda presidencial y las elecciones legislativas. Ojalá se vislumbren verdaderos cambios en beneficio de departamentos como el Cauca, que sigue ocupando posiciones rezagadas y vergonzosas en desarrollo humano con respecto a otras regiones del país. Esto constata que la trágica situación de nuestro departamento es el resultado de la falta de liderazgo regional. Para que la situación cambie es necesario comenzar por una pedagogía democrática que permita el surgimiento de una nueva clase política desprovista de las mañas y los vicios que le caracteriza a las viejas castas políticas regionales.
De lo contrario se seguirá en un círculo vicioso, eligiendo y reeligiendo a los mismos de siempre, para después escuchar permanentemente la queja y el desencanto de quienes por su propia culpa en su condición de electores permiten a los mismos de siempre continuar empotrados y empoderados en el Congreso. Ojalá la amnesia colectiva no reaparezca porque esto sería imperdonable. Aquello de que los pueblos tienen los gobiernos y dirigentes que se merecen debe convertirse en asunto de pasado.

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