De la misión del columnista.

CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com –

Nada es tan gratificante en el ejercicio del periodismo de opinión que escribir con independencia. Tratar al máximo de ser objetivos, valorar y criticar personajes, situaciones, hechos o acontecimientos. Ser voceros permanentes de quienes no tienen voz. Analizar y comentar con altivez, con respeto y sin pordebajearse ante nada y ante nadie. Ser contundentes a la hora de medir debilidades, irregularidades, errores de aquellos que de alguna o de múltiples maneras están revestidos de poder. Pero también utilizar el mismo ímpetu cuando se trata de reconocerles positivamente sus logros y aciertos. La imparcialidad es virtud del auténtico periodista. Lo contrario envilece la verdadera misión del columnista.
Hay personas que nos preguntan por la remuneración económica que recibimos como columnistas; les respondemos que no recibimos ni un solo peso y que es un honor que los directores nos tengan en cuenta en un medio donde pueden ser muchos los llamados pero pocos los escogidos. Es conveniente resaltar que constitucionalmente todos tenemos derecho a expresar nuestras ideas, pero los espacios periodísticos hay que ganarlos. La manera de ganar esos espacios es escribiendo y tratando de convencer a los directores de los periódicos y a la gente que tiene la gentileza de leernos. Y es que las satisfacciones que deja el periodismo de opinión no son asunto de bolsillo ni de estómago, sino que es algo muy personal que se lleva en el corazón.
Quienes asumimos la misión cotidiana de opinar no podemos estar ajenos del devenir de los acontecimientos locales, regionales, nacionales e internacionales que nos sirven de inspiración en la realización de los escritos y comentarios. ¿Qué se puede esperar de un columnista que tras la opinión se busque a sí mismo? Que escriba lo que otros por conveniencias personales o sectoriales quieren que escriba, que se dedique a alabar, a cepillar, a politiquear; o a maltratar a unos por solicitud de otros.
A algunos columnistas en ocasiones se les tilda de irreverentes. La irreverencia en este sentido no es otra cosa que el amor por la verdad- razón de ser del periodismo- y amor propio, pues si a algo no se puede renunciar es a la libertad y a la dignidad, sin las cuales no hay periodismo verdadero y mucho menos democracia.
En la misión del columnista está el interés del conocimiento de la realidad universal sin que obviamente se logre abarcarla. El verdadero periodismo de opinión exige preparación intelectual; quienes asumimos esta tarea debemos estar permanentemente informados y actualizados. Ser inquietos intelectualmente. Dormir y descansar menos y leer y escribir más. La crítica y autocrítica es entendida como factores que enaltecen la labor.
La ética es otra herramienta que nunca puede faltar, por ello, el columnista realmente comprometido con la sociedad nunca se presta en ser objeto de manoseos, baboseos, manipuleos; patologías que degradan el ejercicio del periodismo y le hacen mucho daño a la comunidad. El periodista de opinión ético no se enajena, ni se compra ni se vende.
Es gratificante para un columnista saber que cuenta con fieles lectores, independientemente del hecho de que estén de acuerdo o no con los comentarios que produce; es reconfortante saber que el columnista es leído porque trata y abarca temas de interés público. En un mundo como el actual, de grandes avances en la ciencia y la tecnología en no pocas ocasiones los columnistas nos sentimos universales gracias al Internet que en cuestión de minutos universaliza la opinión. Es satisfactorio para un periodista de opinión, saber que como actor social es reconocido, así en muchas ocasiones sea confrontado, pero ello no lo amilana porque sabe y entiende que para eso es la democracia. Que como ser humano tiene sus fallas y debilidades, pero no se amedrenta ante los errores y fracasos. Por el contrario, mantiene la cabeza erguida y gusta mirar a los ojos, precisamente porque es consciente que errar es de humanos y que vivir no es tarea fácil. Sobre todo en un país como el nuestro, donde se dice que pasa de todo pero no pasa nada. Donde la indiferencia o el amañismo social se convierten en cómplices de todo lo malo que nos sucede.
Un columnista comprometido con la sociedad renuncia siempre a pasar de agache muchas situaciones que le hacen daño a las comunidades, reconoce que la función social del periodista –reiteramos-es la de ser vocero y veedor del interés público.
Columnistas amañados en sus comentarios desdicen del ejercicio de un periodismo ético; algunos dejan entrever que tienen patrón. Su falta de imparcialidad al tiempo que defienden mezquinos intereses se descubre a leguas. Aclaramos que imparcialidad no quiere decir que a los columnistas nos estén vedadas posturas filosóficas, políticas, sociales y culturales, lo cual hace parte de la misma democracia, pero una cosa es una cosa…y otra ejercer un periodismo vendido.

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