De la moral pública y el buen gobierno.


CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com
Una de las principales tareas de un Buen Gobierno es la lucha contra la corrupción y ello significa la importancia de la ética dentro del comportamiento tanto de gobernantes como de gobernados. Cuando los buenos principios y las buenas costumbres se desmoronan, el sistema y el régimen político se degradan.
En materia de corrupción, Colombia es uno de los países que a nivel mundial sobresale, hecho que debe ser materia de mucha preocupación. No hay día en que no se produzcan noticias referentes a la corrupción; delitos que comprometen a políticos, empresarios, congresistas, gobernantes, funcionarios públicos, etc. Vivimos de escándalo en escándalo, de denuncias, de “exhaustivas investigaciones”. La opinión pública cuando se ocupa de un determinado caso al poco tiempo aparece otro peor que los anteriores y así sucesivamente, mientras tanto la cultura del delito en lugar de aminorar se acrecienta cada vez más. En algunos casos las investigaciones concluyen con condenas ejemplares, pero en muchas ocasiones la justicia brilla por la impunidad.
La corrupción en Colombia es un fenómeno que se da en todos los niveles, lo que se convierte en una cultura, en algo común que no se esquiva de la cotidianidad y que muchos equivocadamente la asimilan como normal. Personajes que deben dar ejemplo en la sociedad son malos paradigmas. La corrupción político administrativa es una constante en nuestro país, se esfuman los recursos públicos de manera permanente mientras la población involuciona de la pobreza a la miseria.
Es deber moral de gobernantes y legisladores, trabajar con ahínco en atender las necesidades más prioritarias de las regiones. Necesidades que deben resolverse en procura del bienestar y felicidad de los asociados. Cambiar para mejorar debe convertirse en una constante del poder. Reiteramos, evolucionar y no involucionar. Menos “política” y más administración. Crecimiento económico con desarrollo social. La política en el buen sentido del término, no está exenta de una connotación ética. De ahí que Aristóteles, con acertada razón, entre otras cosas, sostenga que: “La perfección y plenitud de la moralidad la tenemos en el Estado. Sólo en la comunidad se encuentra el hombre en su forma más perfecta y acabada. El hombre no es completo ni se perfecciona sino en la sociedad, con su condición de ser ciudadano, es por naturaleza un ser sociable y le es necesaria la sociedad para practicar la virtud y conseguir la felicidad”. Y agrega: “La auténtica tarea y fin del Estado consiste en hacer a los ciudadanos hombres virtuosos, velando por el cumplimiento de todos los deberes y brindándoles los medios indispensables para la realización de su propia naturaleza.” La concepción de Estado entendido por los clásicos griegos cada vez se hace más distante en nuestra sociedad. Cuando los recursos que debieran ser públicos se privatizan, se hace imposible la democratización de la sociedad. La moral pública en Colombia está en permanente crisis.
Virtud y ciudadanía es el postulado esencial de los griegos en la Antigüedad; algo necesario en las democracias modernas, donde el ente colectivo que es el pueblo debe responder con acierto en la toma de las grandes decisiones, dentro de las cuales destacamos la elección de gobernantes y dirigentes. Estos deben propender hacia la consecución de los medios indispensables para que los gobernados puedan acceder a los derechos sociales y económicos que garanticen el disfrute permanente de una existencia espiritual y material acorde con la dignidad de las personas. Si esto no es así, la política se convierte en un desperdicio y en un vicio. La política, por lo tanto, no puede considerarse como una actividad ajena a la ética. El éxito de la política no debe mediarse por la cantidad o capacidad de poder, sino en las realizaciones que se consiguen al servicio de la sociedad. Es aquí donde se puede constatar si un gobierno es o ha sido bueno o malo. El prestigio o la ruina del político, su legalidad y su legitimidad.
En una democracia, un pueblo que no toma consciencia de la importancia del voto en los procesos electorales, es un pueblo cómplice del estado de cosas que a diario le perjudica. No se elige a los mejores, a los más honestos, a los más preparados intelectualmente, a los más capaces, a los más comprometidos socialmente, sino que se vota de manera irresponsable; por esta razón estamos como estamos. El problema no es sólo de los corruptos sino de quienes los promueven y los reproducen. Insistimos, en Colombia votamos pero no elegimos. Elegir es votar en consciencia y votar en consciencia es contribuir en la construcción del buen gobierno. La falta de madurez política de los colombianos es asombrosa.
Cuando la ética es echada al cesto de los desperdicios es el síntoma de una sociedad enferma, que hace necesario un despertar colectivo que conduzca a los ciudadanos a tomar consciencia de la importancia de su rol político en la sociedad.
Coletilla: La Asociación de Institutores del Cauca, Asoinca, desde el día de ayer está enfrentando un nuevo paro. Los acuerdos derivados de los paros de abril y agosto del año pasado han sido incumplidos por el Gobierno Nacional. A pesar de los esfuerzos del gremio de los educadores y de los gobiernos departamental y municipal no ha sido posible la departamentalización del sistema de salud que en la actualidad ha venido en detrimento de la salud y la vida de los docentes y sus familias. El Gobierno Nacional debe entender la legitimidad de los requerimientos del magisterio caucano que ya no soporta más el mal servicio que reciben de Cosmitet. De la pronta atención del cumplimiento de los acuerdos dependerá el levantamiento del nuevo paro que no permitirá el inicio del año escolar como estaba programado.

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