Del empleo y la meritocracia.

CARLOS E. CAÑAR SARRIA –
carlosecanar@hotmail.com –
El clientelismo, la politiquería, el nepotismo, el amiguismo, entre otras patologías, son factores que han impedido la democratización de la sociedad colombiana.
El analista Néstor García Cancini resalta la gran diferencia entre la modernización europea y la modernización latinoamericana. Mientras en Europa priman unas relaciones sociales donde existe la autonomía de la persona, la universalidad de la ley, la cultura desinteresada, la remuneración objetiva y la ética del trabajo; en Latinoamérica, por el contrario, nos caracterizamos por la dependencia, los privilegios y utilitarismo caprichoso.
En una sociedad considerada moderna, la relación patrón-cliente debe desaparecer, sobre todo en un país que como el nuestro, se ufana de ser de tradición democrática. La implementación de la carrera administrativa en algunas ramas del Estado, no ha sido efectiva ni suficiente para contrarrestar el espíritu clientelista, ya que siguen primando el padrinazgo, las buenas o ‘malas’ recomendaciones, el amiguismo y la devolución de favores, entre otras cosas.
El negativo impacto del clientelismo, entre otros actores sociales, lo viven a diario miles de jóvenes profesionales, sin opciones laborales y sin perspectivas de un futuro seguro y promisorio. Aquello de una política del primer empleo no ha sido más que un sofisma. Son miles de profesionales que después de grandes esfuerzos, ven frustradas sus esperanzas ante la falta de políticas públicas de empleo y ante la carencia de criterios meritocráticos para acceder a los cargos que se puedan presentar. Asunto que desmotiva, lo cual es legítimo dentro de la lucha por el reconocimiento del ser humano. Esto, desencanta a quienes estudian y luchan por salir adelante para abrirse espacios en la sociedad, pues no es justo que los cargos y los puestos los desempeñen personas que para nada les ha caracterizado el esfuerzo.
Hace varios años, el columnista de El Tiempo, Andrés Hurtado García, expresaba: “¿Para qué estudiar si se gradúa uno de ingeniero, médico o arquitecto y termina manejando un taxi? ¿Para qué estudiar si no se consigue empleo, si el 20 por ciento de la población está desesperada y con ganas de trabajar y no hay posibilidades?…”.
Hasta el momento, es posible constata que más fueron las expectativas suscitadas por la anunciada meritocracia que los cambios que se han dado. ¿O es que el clientelismo y la politiquería están tan arraigadas en la cultura política de los colombianos que hacen difícil erradicar estos comportamientos, o es que no existe una verdadera voluntad política para hacerlo? Tan sólo buenas intenciones de los gobiernos, que en la práctica han carecido de buen ejemplo. No pocos pensarán equivocadamente, que para eso está la política, pero se equivocan.
Un sistema y un régimen político que descuidan los criterios meritocráticos para acceder al empleo, se deslegitiman fácilmente. Sobre todo cuando la meritocracia se había convertido en una bandera del Gobierno. Se crearon muchas expectativas y esperanzas para después comprobar que todo sigue lo mismo…o peor.
Hay pérdida de credibilidad y confianza cuando se constata, por ejemplo, que en ciertas entidades y empresas se producen recortes de personal dizque para reducir la burocracia; sin embargo -reiteramos- se observa cómo los mismos de siempre, gracias a los mismos de siempre, transitan de una dependencia a otra, de un cargo a otro y nunca se quedan sin puesto. Así es difícil democratizar un país en donde priman los privilegios.
¿Qué podrán pensar miles de colombianos que apasionados por el estudio realizan ingentes esfuerzos intelectuales y materiales para convertirse en profesionales y que no obstante, nunca se les da la oportunidad de realizarse a través de un trabajo digno? Son múltiples las trabas que se les pone al momento de buscar empleo. Que les falta experiencia, que requieren especializarse, que deben haber cursado y aprobado estudios de maestría y hasta doctorados. Algunos logran conjuntamente todos estos requisitos para después observar con desencanto que quienes acceden a los cargos y a las oportunidades laborales son los menos indicados.
El periodista y escritor, Daniel Samper Pizano, expresa: “En Colombia no sólo están mal repartidas las riquezas sino las oportunidades. Unos nacen con el nombramiento en el pañal, y otros no consiguen empleo estable nunca. Entre los primeros figuran miembros de las familias tradicionales de Colombia y los parientes de los políticos momentáneamente útiles. Entre los segundos casi todos los colombianos. Algunos consiguen ascender venciendo enormes dificultades, sacrificándose para estudiar y, de vez en cuando, haciendo venias y tragando sapos. Otros, ni así.” Y agrega: “Una revisión de la nómina oficial muestra lo bueno que es pertenecer a un clan privilegiado. Abundan allí hijos, hermanos y parientes de los jefes políticos…”
Lo anterior nos conduce a reconocer la necesidad de construir elementos básicos institucionales de inclusión social, que permitan convertir en realidad, una democracia verdadera. Que haga posible la adopción y consolidación de criterios meritocráticos de promoción personal y laboral en Colombia.

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