Del liberalismo y la democracia.

CARLOS E. CAÑAR SARRIA –
carlosecanar@hotmail.com –
Fundamentar filosóficamente el liberalismo es reconocer la libertad como algo esencial en el ser humano. Libertad protegida y fortalecida para que el hombre adquiera y conserve la dignidad. La doctrina liberal se contrapone a toda forma de discriminación, coacción y sometimiento. En contraposición a los regímenes autoritarios, despóticos o tiránicos, el liberalismo mantiene la vigencia de los derechos humanos y la separación de los poderes. Un Congreso independiente con respecto a los demás poderes y un ordenamiento jurídico que exprese la voluntad de las mayorías. El poder debe ser ejercido por ciudadanos elegidos libremente mediante el voto popular. La soberanía no es patrimonio de quienes gobiernan sino del pueblo. Quienes detentan el poder no son màs que unos comisionados del pueblo para que cumplan la voluntad colectiva y defiendan el interés general. El liberalismo en su concepción teórica, no admite que lo público se convierta en privado. El pluripartidismo, la tolerancia religiosa, la libertad de enseñanza, la libre asociación, la libre crítica, la separación Iglesia-Estado, la igualdad y fraternidad, el derecho a disentir, la alternatividad del poder, el consenso sin apabullar el disenso, la libertad de prensa, la contraposición a la esclavitud y a la pena de muerte fundamentan al liberalismo.

Jamás podrán ser liberales gobiernos que terminan concentrando los poderes en sí mismos, que defiendan los intereses de unos pocos en detrimento del bien público, que se valgan de una serie de artimañas para perpetuarse en el poder, que desprecien los partidos, que manipulan y condicionan a su antojo al Legislativo, que se enojan cuando son objetos de críticas y controversias, que restrinjan o pongan trabas a los derechos sindicales y a la libertad de prensa. No pueden ser liberales regímenes cuestionados por violación de los derechos humanos, que se contrapongan a la universalidad de la ley y defiendan un mundo de privilegios. Un régimen y sistema político liberal entiende que la seguridad ciudadana debe desprenderse de un plan de economía social para que la gente mejore sus condiciones de vida y practique la convivencia pacífica.

No pueden ser liberales gobiernos cuyos habitantes transitan de la pobreza a la indigencia, que hagan del derecho al trabajo un privilegio, que desconozcan que el derecho a la vida abarca al mismo tiempo los derechos a la propiedad, a la libertad y a la igualdad, tal como lo estima el padre del liberalismo clásico, Jhon Locke. No pueden ser liberales gobiernos o polìticos populistas que regalan pescado pero no enseñan a pescar. No pueden ser liberales ni democráticos, demagogos que prometen y engañan, que no son consecuentes entre lo que dicen y prometen en campaña y lo que expresan y hacen en ejercicio del poder.

Los verdaderos gobiernos liberales y democráticos no se arrugan ante la opinión pública. Al respecto Norberto Bobbio afirma que “la publicidad es la regla, el secreto es la excepción, y en todo caso es una excepción que no debe aminorar la regla, ya que el secreto está justificado en todas las medidas excepcionales, solamente si está limitado por el tiempo”. Es así como todas las actividades de los gobernantes deben ser conocidas por el pueblo soberano a excepción de alguna medida de seguridad pública, la cual debe hacerse conocer apenas se supere el peligro.

Los actuales debates del Congreso de la República por televisión, reconfortan y producen alivio, pues el pueblo en vivo y en directo se entera de lo que dicen, discuten, hacen y omiten los denominados “padres de la patria”. La representación sólo es posible dentro de los parámetros de la publicidad. Reuniones y discusiones secretas jamás podrían tener carácter representativo.

El Partido Liberal colombiano que vive en crisis como las demás colectividades políticas, debe asumir con propiedad y responsabilidad los postulados del liberalismo, si es que pretende volver a convertirse en opción de poder. Hay que comenzar por depurar sus cuadros, por untarse de pueblo y dar cabida a nuevas figuras políticas que le puedan oxigenar. No se puede negar que hace falta una apertura política desde el seno del partido. Ya es tiempo, de que si miramos desde la óptica de una democracia moderna, las viejas castas políticas deben desaparecer en procura de darles inclusión a nuevas figuras, que seguramente las hay y que pueden desarrollar un papel importante en la sociedad.

Nadie puede desconocer el papel histórico del Partido Liberal en el devenir de nuestra Nación. A pesar de los desaciertos en la construcción de una cultura política democrática, sobre todo en épocas bipartidistas, el liberalismo ha estado comprometido en los procesos de modernización y modernidad que tanta falta hace consolidar en este país.

Frente a las elecciones legislativas y presidenciales que se avecinan, se hace necesaria una reflexión sobre los límites y alcances de este partido en la construcción de Estado-Nación, para direccionarse hacia los cambios que requiere Colombia.

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