Del populismo y la cultura política del hambre.


CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com
Los términos populismo, bonapartismo o asistencialismo clientelista se deben precisamente a Luis Napoleón (Napoleón III), quien gobierna en Francia (1852-1870) y consigue cautivar a los miserables, sometiéndolos políticamente al tiempo que desvía el descontento social. En la práctica no pretende minimizar el hambre, mejorar las condiciones de vida, lo único que de verdad le preocupa es lograr el respaldo para él y su corte, de unos franceses ávidos de grandes reformas socioeconómicas que les permitiese una vida con dignidad.
Marcos Aguines, entre otras cosas anota: “El asistencialismo clientelista no siempre es conveniente para una sociedad, y debe significar el recurso extremo. Produce una involución de consecuencias aunque satisfaga urgencias básicas e impostergables. Genera un retroceso hacia la dependencia y fija vastos sectores de la sociedad a una postura infantil, demandante y acrítica. A los jefes que utilizan el asistencialismo no les interesa que maduren hacia la autonomía y bienestar. No regalan cañas de pescar, sino pescado. No se afanan para que prosperen de veras, sino para que subsistan. El populismo los quiere mediocres y cómplices para mantener la hegemonía; los quiere como un ejército agradecido y miope…”
Razón tiene Maquiavelo cuando anota que la mejor manera de someter a un pueblo es arruinándolo. En nuestro entender, condición propicia para abonar terreno al populismo. En América Latina en el siglo XIX, a partir de los años treinta, surgen los movimientos populistas, denominados así al estar forjados por sectores populares inconformes con el abandono estatal, lo que los convierte en una fuerza importante tras la búsqueda de reivindicaciones socioeconómicas. De ideología y programas confusos, el populismo resulta de la canalización del inconformismo social, lo cual sirve de caldo de cultivo para que políticos “hábiles” construyan discursos demagógicos que a corto o mediano plazo les permita conseguir adeptos. Discursos que la gente quiere oír. Esto explica algo propio de la idiosincrasia del latinoamericano acostumbrado al sistema político presidencial que casi siempre degenera en presidencialismo que ve en cualquier elección presidencial la necesidad de un “redentor”, de un “mesías” que encarne los sentimientos vivos de la nación y les libere de la pobreza e indigencia. De un dirigente carismático, que de la manera menos dolorosa y pronta, logre despojar de todas las carencias al pueblo que teóricamente dice proteger y representar. Con diferencias notables entre los países, el populismo latinoamericano coincide en la apelación al pueblo, a la defensa del nacionalismo y del antiimperialismo. En algunos países, la militancia en parte logra mejorar sus condiciones de vida, pero la burguesía resulta más favorecida al encausar este proceso en su provecho.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, se destacan en el populismo Lázaro Cárdenas en México, Getulio Vargas (primer gobierno) en Brasil, José María Velasco Ibarra en Ecuador. Sin llegar al poder aparecen la Alianza Popular Revolucionaria (Apra) cuyo fundador es Víctor Haya de la Torre en Perú (1924), Jorge Eliécer Gaitán con la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (Unir) en Colombia durante los años veinte, apoyado por campesinos y movimientos sindicales.
Después de la Segunda Guerra Mundial nace en Bolivia el Movimiento Nacional Revolucionario de Víctor Paz Estensoro; en Chile en 1952 llega al poder Carlos Ibáñez con un populismo moderado; en Colombia Gustavo Rojas Pinilla; en Haití Dumarsais Estimé. Getulio Vargas continúa en Brasil en el poder (1946-1950) y Juan Domingo Perón y su esposa Eva Duarte en Argentina, entre otros.
En la historia reciente latinoamericana, no han faltado dirigentes que haciendo gala de representantes populares, llegan o pretenden llegar al poder ofreciendo reformas imposibles de concretar, utilizando el concepto pueblo como si fuese una unidad perfecta. Para los populistas, líder, partido y nación constituyen una realidad indisoluble e inalterable. Las relaciones de lealtad de los subordinados hacia los jefes es fundamental pero no viceversa. Al gobernante populista le molesta la división de los poderes pero no le molesta perpetuarse en el poder. Simula respetar la independencia de la justicia y de los órganos legislativos, pero se enoja cuando éstos no le favorecen o se oponen a sus caprichos.
La verdad es que políticas públicas asistencialistas en Colombia no logran el mejoramiento de las condiciones de vida de la población, los índices de desarrollo humano están por debajo de muchos países de la región latinoamericana. La gente requiere políticas públicas de economía social, haciendo énfasis en el empleo relativamente estable y bien remunerado, que signifique la oportunidad de salir paulatinamente de la miseria y la pobreza. El problema es que como los populistas no dan nada gratis, requieren tener a las personas entretenidas con las dádivas para tener seguro el caudal electorero. Difícilmente en adelante se podrá hacer política en Colombia-aún más si se trata de elecciones presidenciales- si quienes aspiran el poder hacen campaña ofreciendo desmontar políticas asistencialistas. El pueblo no está preparado para ello.

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