Desconfianza ajena


Por: JAIME BONILLA MEDINA –
jaboneme@hotmail.com

-Sorprenden las declaraciones, a la prensa internacional, del reconocido médico francés Alain Fischer; inmunólogo pediatra, docente de la Universidad de Paris-Descartes, quien afirma: ” Se respira una creciente desconfianza hacia la medicina, más palpable en países ricos, donde se cuestiona desde las vacunas hasta la efectividad de los medicamentos.”

Para corroborar lo observado por Fischer, exploramos la fundamentación de su enunciado y sondeamos, entre algunos relacionados, el concepto del mismo.
La industria farmacéutica tiene mucho que ver con este entredicho, sostiene Fischer. El uso de Rofecoxib en EEUU, un analgésico antinflamatorio; y el Benfluorex en Francia, un derivado amfetamínico para la diabetes, utilizado como adelgazante, fueron motivo de escándalos, a comienzos del siglo, al ser retirados del mercado por causar daños irreversibles a nivel cardiaco y pulmonar.

Una corriente mundial esgrime un supuesto vínculo de las vacunas con el autismo, basándose en un estudio del médico británico Andrew Wakefield (1998) que ha sido refutado e incluso retirado de la revista Lancet, por artificioso. Pero en la era de las noticias falsas, esta mentira sigue difundiéndose en redes sociales y recogiendo adeptos; incluso reconocidos políticos populistas, como el presidente Donald Trump.
La revista JAMA (2014) publicó un trabajo sobre “las teorías del complot” donde se demostró la fuerte creencia que: “La agencia estadounidense del medicamento (FDA) impide, deliberadamente, acceder a los tratamientos naturales contra el cáncer y otras enfermedades, a causa de las presiones de los laboratorios farmacéuticos”.
La Academia Británica de Ciencias Médicas divulgó una encuesta en materia de medicamentos, donde únicamente el 37% de la población cree en la investigación científica, frente a 65% que confía en la experiencia personal de sus familiares o allegados.

Además, aparece una nueva exigencia de las personas: quieren una mayor implicación en las decisiones que conciernen a su salud. “Hay que escuchar más al paciente y no ejercer únicamente como técnicos”, dice Fischer.

En el ámbito local surgen comentarios muy propios de nuestro anecdotario y visión cultural:
“¿Quién le va a creer a una médica tan niñita?” Verdad, están egresando galenos jóvenes sin que eso signifique carencia de idoneidad, pero es el prejuicio social reinante. Claro está, también certifican facultades de medicina de dudosa calidad con graduados ídem.

Aforismos como: “Si el enfermo se salva fue milagro del santo; si fallece, qué médico tan bruto” – “Doctor, ¿con todo lo que me saca la EPS, no me va a formular nada? – ¿Para qué voy si solo saben recetar acetaminofén? siguen presentes y forman parte de la cultura religiosa o revanchista de rescatar, aunque sea con vitaminas, lo aportado mensualmente a la salud.

Afloraron también argumentos serios como la acogida de la autoformulación y de los empíricos (teguas) en nuestros círculos sociales. El descrédito de algunos profesionales al comprometer su ética ante las jugosas dádivas de los laboratorios o la compra de una falsa incapacidad.

Fue señalado, por unanimidad, el sistema de salud vigente bajo el marco de la nefasta Ley 100, el causante de la desconfianza mal habida en todos los trabajadores de la salud. Su enfoque, no como un derecho básico y universal, sino como un mercadeo rentista donde se negocia para obtener ganancias particulares, lo convirtió en un ente de corrupción con mil tentáculos, depredador de la salud de los colombianos. Clientelismo, robos, monopolios, contratación tercerizada, remuneración injusta, sobrecarga laboral, limitación de funciones y violación de la autonomía con el consabido desgaste, deshumanización y deshonra de la profesión, son algunos de los atropellos provenientes de esta aciaga normatividad. Los perjudicados, en últimas, son los pacientes y los funcionarios, nunca el directivo que supera los escollos montado en la nave de la impunidad.

Ad portas de nuevas elecciones, ubiquemos bien a los gestores de esta política malsana para evitar el continuismo.

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