Desconfianza y claridad.

Por: CARLOS E. CAÑAR SARRIA –
carlosecanar@hotmail.com
– Una gran desconfianza existe en el país sobre la Justicia, que se encuentra en una verdadera crisis; se siente escepticismo ante falta de legitimidad de unos de los pilares de la democracia y ante la serie de aberraciones en contra de la moral pública de parte de magistrados de las altas cortes, lo que hace presuponer que en aquellas corporaciones que debieran estar conformadas por personas sin tacha moral, se vienen convirtiendo en guaridas de bandidos. Esto de alguna manera tiene que acabar porque el país se desmorona sin ningún soporte legal y moral. El problema es saber cuándo, cómo y dónde se comienza primero, si no hay rama del poder público que no esté salpicada por actos de corrupción.
El país requiere dirigentes que sean capaces de devolverles la fe a los colombianos. Los escándalos que a diario sacuden la realidad nacional hacen de Colombia un país especial, no hay en quien creer ni en quien confiar, esta es la triste percepción. El Cauca no es la excepción en el mal manejo de los recursos púbicos. Los caucanos aún no se reponen de lo relacionado con Probolsa, de cuyos dineros algo se recuperó pero mucho se perdió afectando como siempre a los más pobres.
Tenso está el panorama político en el Cauca, los escándalos de corrupción en la actual administración departamental en cabeza del ingeniero Campo, que compromete también al ex gobernador Temístocles Ortega por el sonado caso de Indeportes mantiene ocupada la opinión pública nacional, regional y local; la gente reclama claridad en los hechos y que las instancias investigadoras y los jueces hagan lo propio. En medio de tanto comentario callejero, muchos hacen a la vez el papel de investigadores y de jueces, lo cual desinforma cada vez más la opinión comarcana. Claridad, claridad, claridad es lo que debe existir para que se haga dejación de tanto comentario callejero y se acabe la incertidumbre en momentos en que estamos en época preelectoral.
En Colombia se hace necesario adquirir la manía de hacerse elegir para gobernar y no para delinquir, pues gobernar es cohesionar un pueblo en objetivos comunes y no para privatizar lo que debiera ser público. Kant nos habla de dos imperativos, el hipotético y el categórico. El categórico se podría ejemplificar así: “¡Cumple la ley!”, mientras que el hipotético se podría señalar así: “Si quebrantas la ley puedes ir a parar a la cárcel”, éste poco sirve en el caso colombiano por razones bien conocidas. Debemos quedarnos con el categórico.
Uno de los síntomas de una sociedad en crisis es la desconfianza en sus dirigentes y en sus instituciones. No se puede negar que el cinismo se viene apoderando de la administración pública y en el proselitismo político. En épocas preelectorales y electorales es común observar en escena personajes cuestionados que aspiran lograr el poder o continuar en él. El problema es que a muchos les suena la flauta, gracias a una sociedad que les respalda electoralmente porque poco le importa la moral pública.
La gente ya está cansada de tanto escándalo, de tanta denuncia, de tanta investigación y de constatar al final que nada pasa y todos siguen tan campantes. No pocos terminan hasta premiados. Como se dice coloquialmente, se caen para arriba. En fin, cada vez se constata la sentencia de que una sociedad sin justicia es un gran robo. Así como no es pertinente y honesto robarle el patrimonio moral a una persona, es deshonesto no aplicar la ley con severidad a quien traiciona el patrimonio público. De ahí la necesidad de la claridad.
Para las próximas elecciones legislativas y presidenciales, el país exige personas con hojas de vida caracterizadas por una ética y moral intachables, que despierten la confianza del electorado, que sean garantes de la defensa del interés público. Carentes de toda duda y exentas de todo pasado bochornoso. Muchos prácticamente andan en campaña, desinformando a la gente y pretendiendo hacerles creer a los potenciales electores que son las mejores opciones, cuando en verdad proceden de la trampa y el mal comportamiento.
Que si en realidad existieran verdaderos ciudadanos, una verdadera sociedad civil y un pueblo fuerte cohesionado por objetivos comunes, no se seguirían dando casos de traición a la moral pública y mucho menos el patológico comportamiento colombiano de elegir y reelegir a los mismos corruptos de siempre. Aquella sentencia de que todo pueblo tiene los dirigentes y gobernantes que se merece, es cierta. En el caso de los cargos de elección popular, el pueblo, denominado el constituyente primario es el que tiene la voluntad y responsabilidad de votar por los dirigentes que tenemos o que vamos a tener.
Ojalá el pueblo despierte, ya es tiempo de hacerlo. Hay veces que se siente esta sensación, la de que ya no come cuento fácilmente.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión del Magazín CNC.

¡Tu opinión es importante!