Deudas históricas


Por: Juan Carlos López Castrillón –

Dicen que los seres humanos tenemos una “cuenta corriente emocional” con el resto de las personas, entonces, en la medida que transcurre el tiempo podemos tener saldo a favor con algunas, vivir a paz y salvo con otras y tener deudas con unas cuantas más, lo cual no es recomendable.

Lo mismo pasa con los entes jurídicos y los territorios, por eso quiero hablar de las deudas históricas que el Estado colombiano tiene con varias regiones del país, como el Pacífico, el Urabá y el Catatumbo, por citar sólo tres ejemplos; o con los departamentos más pobres: el Choco, la Guajira y el Cauca. Hoy voy a escribir en relación a la cuenta por pagar con este último.

Durante el siglo XIX el territorio conocido como el Gran Cauca fue definitivo en la construcción de nuestra identidad como nación y la lucha por la independencia; luego vinieron los largos decenios de inestabilidad y guerras intestinas, donde también hicimos nuestro aporte; lo mismo que en el siglo pasado, cuando volvimos a ser protagonistas en los diferentes conflictos, para bien y para mal.

En resumen, durante los últimos 200 años el Cauca ha sido importante a través de sus intelectuales, presidentes, militares, mártires, académicos, artistas, empresarios, dirigentes y hasta clérigos; pero más importante ha sido el aporte y el sacrificio de sus gentes, de los miles de esclavos e indígenas que sacaron oro, cultivaron la tierra, fueron sirvientes y empuñaron las armas; de los campesinos que sembraron el café, la caña, la papa, la yuca; de los micro empresarios y comerciantes que se han debatido en solitario contra todas las vicisitudes; de los profesionales y artesanos; en fin de todos esos seres valiosos y anónimos del “Cauca Profundo” que han padecido una pobreza y una violencia de muchísimos años. Con esa historia de esfuerzo es que Colombia tiene una deuda, y repito, no es la única región con saldo en rojo en esa contabilidad.

Ahora bien, hemos tenido honores y reconocimientos, se han expedido leyes y decretos (casi siempre a “personalidades”), pero en lo sustancial la deuda no ha tenido abonos importantes, porque aunque tenemos que reseñar algunas obras y gestiones, en el balance, la cuenta por cobrar sigue aumentando.

Desde qué tengo uso de razón he oído hablar de la carretera al mar y de la represa de Julumito, como también de Brazo Seco, Arrieros del Micay, la variante de la panamericana de Timbio al Estanquillo, la ampliación de la pista del aeropuerto, la pavimentación de Paletará a Isnos, completar el cinturón vial del Macizo, en fin… Hasta el inicio de las obras de la doble calzada de Santander a Popayán se han retrasado por un trámite burocrático.

Pero no sólo las obras de gran infraestructura hacen parte de la deuda, están sobre todo las acciones frente a las personas y sus penurias, para nadie es un secreto que nos va mal, muy mal, en los indicadores de salubridad, educación y empleo, entre otras necesidades básicas.
En este momento nadie sabe quién va a ser el próximo presidente, pero sería bueno pensar en actualizar ese inventario de necesidades y deudas, priorizarlas y presentarnos unidos a reclamar, dentro de lo cual (ojo) también están los compromisos incumplidos con los sectores indígenas, afros y campesinos.

De los tres verbos del párrafo anterior: inventariar, priorizar y unir, el último es el más complicado, pero hay que intentarlo, esa es la gran tarea de nuestros dirigentes políticos, sociales y empresariales, junto a un actor determinante: la academia, de pronto con su intervención encontramos el mecanismo que nos cohesione.

En el fondo lo que hay que exigir es Equidad. Que ese concepto tan hermoso, vuelto himno, escudo y letra constitucional, se aplique. Eso es lo que debemos cobrar y de eso depende nuestro futuro. Aspiro a que a mis hijos y a los de ustedes no les toque seguir trabajando con ese sobregiro.

Post Data. Dolor por lo que se está viviendo en Tumaco y la zona limítrofe. El asesinato de los tres hermanos ecuatorianos demuestra que no hemos superado la barbarie.

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