El legado de la chancleta.


JAIME BONILLA MEDINA –
jaboneme@hotmail.com
-La motivación de esta nota nace del informe “Colombia vuelve a la mano dura”, del Centro Nacional de Consultoría (CNC) publicado en la revista Semana, y evidenciado por la acogida ciudadana de dirigentes como Álvaro Uribe, Alejandro Ordóñez y Germán Vargas quienes esgrimen una ideología fuertemente totalitaria. La pregunta central que planteamos es: ¿por qué los colombianos preferimos la reciedumbre, la violencia y no la convivencia pacífica?
Existen diferentes perspectivas aclaratorias de este anómalo comportamiento social. Sería sencillo atribuirlo al manido argumento: somos energúmenos y masoquistas por naturaleza, cuando estas alteraciones afectan a un grupo reducido de individuos con graves trastornos de la personalidad o función sexual, consistentes en la búsqueda del placer mediante el sufrimiento personal o ajeno.
De menor peso, la manipulación mediática efectuada por una alianza heterogénea (Centro Democrático, conservatismo, corrientes de derecha, iglesias cristianas, exmilitares) con un líder en plan de redentor; quien es capaz, mediante falsas noticias y pronósticos, amedrentar, fomentar el odio y cambiar la opinión de la gente hasta el punto de oponerse a proyectos pacifistas y de pacto, amparándose en la trivialidad de unas mayorías fácilmente influenciables. De menor peso, decimos, porque el favoritismo vira a la repulsión cuando la trampa es confesada. No obstante, el presidente Santos y su sucesor deberán encaminarse hacia la paz verdadera, con profundas trasformaciones económicas y de justicia social.
Concluimos, entonces, que el origen de la contradicción es formativo. La mejor escuela es la familia y lo aprendido en ella perdura toda la vida. Hace muchos años viene aceptándose el autoritarismo parental o escolar a modo de variedad educativa, en contravía a la recomendación de expertos puericultores. De aquí, la vieja sentencia: “la letra con sangre entra”; o, en el contexto actual, la apología a la correa o la chancleta, como “depuradores del aura, del karma o eficientes psicólogos”. Es tal la aprobación cultural al castigo infantil que golpear una mascota es maltrato animal y nos indigna hasta la protesta pública, mientras el ultraje físico a un niño es educación. Preocupa y aterra más un imaginario régimen castrochavista que el quinto puesto mundial en desplazamiento forzado infantil y cuarto en asesinatos de niños, según el estudio “Infancias Robadas, 2017”, elaborado por la ONG Save The Children. Numerosos adultos de hoy fueron levantados en la disciplina totalitaria, la defienden y agradecen con la disculpa de haber superado, ilesos mentales, las ofensas. ¿Cuántos antisociales y abusadores contestarán lo mismo?
La otra gran verdad, facilitadora de esta desvergüenza proguerrerista, es el conflicto armado sufrido por más de cincuenta años. Un desangre fratricida fruto de las peleas intestinas entre una casta dominante aferrada al poder y un conglomerado campesino que se rebela ante la inequidad en las políticas agrarias y de posesión de tierras; injusticias y marginados imperecederos, y élites gobernantes amangualadas, promotoras del rencor y la venganza entre hermanos. Muchas generaciones, golpeadas por la cultura de la muerte, han asimilado la forma belicosa como única salida ante cualquier enfrentamiento.
De colofón, tres máximas aleccionadoras: 1- El niño maltratado, en alto porcentaje, será un adulto maltratador. 2- La crianza con autoridad crea personas asertivas e íntegras; con autoritarismo, personas impulsivas e intransigentes. 3- “Si yo soy autoritario busco líderes autoritarios” (Andrés Perdomo del CNC). Estos aforismos son capitalizados por personajes populistas para alimentar intereses particulares y hacernos pensar que la solución violenta, similar al coscorrón o el chancletazo, es preferible a la paz concertada