El Pacífico triste

Por: Juan Carlos López Castrillón –

El lunes pasado (04 de junio), le pregunté a un auditorio repleto de adultos mayores en Guapi, cuál era el hecho más importante que habían vivido en los últimos años; una abuelita se levantó y llena de júbilo me respondió iluminada: “la visita de la imagen de la virgen de Fátima”. Tenía razón.

Mientras yo quería que me dijeran que era la llegada de la electricidad, esperada durante más de cincuenta años, para muchos de los presentes ese evento no iba a significar mucho, pues no tienen ningún electrodoméstico que conectar y por algún tiempo tendrán que seguir usando velas, pues la instalación interna vale lo que cuesta el mercado del mes.
Pero, sin ninguna duda, la interconexión eléctrica del pacífico nariñense y caucano, terminada el pasado mes de mayo – que posibilita sustituir el contaminante diésel por las líneas de distribución de la energía – es la acción de gobierno más trascendental para esta olvidada región del sur de Colombia, pero ello no alterará – por ahora – los niveles de miseria que allí se viven. Sí, miseria, no pobreza, ni pobreza extrema, miseria.
Paradójicamente, los habitantes del pacífico colombiano desde el Choco hasta Nariño, pasando por el Valle y el Cauca, viven rodeados de riquezas. Para empezar, allí existe la mayor biodiversidad del planeta en flora y fauna, hay minerales, ríos, pesca, potencial turístico y agrícola, sin embargo la tasa de pobreza es casi el doble del promedio nacional y la insalubridad y el desempleo superan cualquier estadística.

Los muchachos terminan su bachillerato y son excepcionales los casos en que pueden salir a una ciudad para continuar estudiando, entonces quedan las opciones locales de cultivar plátano, jugar fútbol, salir a pescar y el infaltable rebusque, pero también rondan las otras posibilidades, como las que ofrece el narcotráfico, la minería ilegal y las bandas criminales.
Es triste ver que hay regiones mucho más pobres que las que uno habitualmente visita, cuando creemos haberlo visto todo, el subdesarrollo te abre nuevas ventanas, como las de los barrios de Guapi, y en general de toda una región que sigue esperando en silencio respuestas, pues hasta la protesta se agotó. Allá no hay vías que bloquear y si pasa algo, como dice el tango “ni la prensa te nombra”.

Por alguna extraña circunstancia, desde El Charco, Iscuandé, Guapi, Timbiquí y López de Micay todo se ve más lejano. Muy lejano.

Eso sí, hay música, color, olor y sabor en su gastronomía y también hay esperanzas, pues la gente reconoce que con los acuerdos de paz han disminuido las muertes violentas y algo de tranquilidad ha regresado a las poblaciones. Lo que no hay son oportunidades.
Soy un optimista por naturaleza y quiero creer en el discurso que afirma que “estamos viviendo el siglo del pacífico”, aunque la realidad que vi de cerca hace pocos días me indique lo contrario.

Tengo que reconocer que hace mucho tiempo no me sentía tan agobiado al ver tanto abandono junto, pues a pesar de las acciones de las distintas instancias del gobierno los presupuestos no alcanzan para generar un impacto real que reduzca tanta pobreza.
Por ejemplo, Guapi se ahoga en otro mar, el de las basuras, las toneladas de residuos no alcanzan a ser recogidas, se desbordan y terminan en el mar, o bajo las casas, incluso debajo de una triste escuela que vimos en la periferia. Niños que estudian sobre cientos de residuos.

Danny Prado, el alcalde, me habló con angustia sobre la compactadora de desechos plásticos que necesitan para empezar a solucionar ese problema. Aún no ha tenido respuesta a su solicitud por parte de las autoridades competentes. Y ese mismo silencio es el que durante años ha vivido el pacífico cuando clama atención para superar sus carencias.

El motivo de mi visita a Guapi fue dar la bienvenida al Programa Colombia Mayor a más de 200 adultos mayores que ingresaron como nuevos beneficiarios, quienes iluminaron el escenario en que nos reunimos con su sonrisa sincera y su nobleza, aún así, pesan más los recuerdos de ese pacífico triste, agobiado en la miseria y lleno de gente buena, pero sin oportunidades.

Pos data: ¿no será que en esta semana que se celebró el día de los océanos, la CRC puede ayudar a gestionar una respuesta sobre la compactadora de plástico para Guapi? Invito a quienes leen esta columna a que iniciemos una campaña de presión ciudadana para que eso suceda.

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