El porqué de los padres maltratadores

Por: JAIME BONILLA MEDINA –
jaboneme@hotmail.com –

Las cifras sobre maltrato infantil en Colombia son aterradoras: de 15.400 casos en el 2014 pasamos a 24.300 en el 2017 y ya alcanzamos 5.900 en el primer trimestre del 2018. Alarmante que el abuso sexual ocupe el primer lugar. La segunda causa de violencia contra la niñez es el maltrato físico, psicológico y por negligencia, 2.574 casos durante el primer trimestre del año, un promedio de 29/día.

La pregunta obligada es: ¿por qué, si son los hijos quienes gozan de nuestro afecto más preciado, somos capaces de agredirlos de diferentes maneras?
Expertos en educación y puericultura coinciden en mencionar que la explicación está en tres factores interrelacionados: la aceptación social de la violencia, la transmisión generacional de los patrones de formación y la desigualdad social.

El castigo corporal contra el niño conlleva doble impacto: la lesión en sí, y la alteración sicológica originada por la actitud de insulto, menosprecio y aislamiento que la rodean. Nace en el hogar y afecta, con mayor o menor intensidad, a todas las capas sociales, por ser una disciplina admitida hace mucho tiempo en nuestra idiosincrasia e instituida en afirmaciones proverbiales: “La letra con sangre entra”. “Mi mejor sicóloga fue la correa”. “Uno cría tal como lo criaron”.

“Toda persona maltratada termina siendo maltratadora” es otra sentencia comprobada. Y en esto tiene que ver la trasmisión generacional. El ejemplo de los mayores es imitado por naturaleza; al golpear al niño, estamos autorizándolo para que sea -la violencia- un recurso permitido en la futura estructuración de su familia. El problema es que esta actitud se traslada a la relación de pareja y al comportamiento en sociedad.
El complejo ambiente sociocultural favorece la predominancia del maltrato infantil. A la calidad autoritaria y machista de muchos hogares colombianos se suma la acentuada inequidad social (tercer país más desigual del mundo). En los padres, la pobreza, desempleo, bajo nivel de escolaridad, carencia de vivienda digna, de servicios básicos, hogares descompuestos, familia monoparental, embarazos precoces y no deseados ocasionan verdaderos trastornos sicológicos, altos niveles de frustración, desespero e ira que son descargados sobre el más débil e indefenso del hogar: el menor. La privación educativa limita la fluidez de fundamentos para establecer un diálogo creativo o brindar consejos edificantes, soluciones no brutales a las posibles faltas cometidas por los pequeños, siendo el castigo la única alternativa para corregir las desavenencias.

La sumatoria de estos tres factores es la responsable de las altas cifras de traumatismos al menor, con el legado de sus desfavorables consecuencias. El infante receptor de vejaciones paternas, seres amados y modelos de emulación, las asume como una conducta permitida, así provengan de extraños; razón por la cual se conoce que el niño maltratado es fácil víctima de los abusadores, y una persona sumisa, dócil y sometida por los jefes y superiores en la adultez.

Es frecuente encontrar justificaciones de parte de quienes practican este método represivo, con el argumento: “así me levantaron y soy sano física y mentalmente”. Puede ser verdad el testimonio, por excepción, pero lo cierto es que, en la mayoría de los niños, el agravio repetitivo ocasiona serios y comprobados trastornos sobre la autoestima, personalidad, carácter y dignidad. Torna a la persona agresiva o lo contrario, apática; indecisa e influenciable hasta el punto de inmiscuirlo en perversas actividades, si encuentra peligrosos círculos de amistades. Es una de las tantas causas del menor asocial, tímido o violento, drogadicto, pandillero o delincuente encontrado a diario.

Nuestro deber es reeducarnos en la formación de juventudes, inculcar y difundir la sana convivencia como modelo de vida, empezando por el entorno familiar, si deseamos la tan ambicionada, pero tan irracionalmente atacada paz entre hermanos que somos.

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