La construcción de ciudadanía


Por: CARLOS E. CAÑAR SARRIA –
carlosecanar@hotmail.com
– Con los griegos en la Antigüedad, se encuentra una afianzada relación entre ciudad y política. El origen de la comunidad política está en la polis o pequeña ciudad-estado, con gobierno, ordenamiento jurídico e instituciones propias, donde lo característico es la participación ciudadana en los asuntos públicos.
El concepto y la realidad de ciudadanía son tan significativos, que Sócrates vivía orgulloso de ser ciudadano ateniense. Las democracias modernas-con razón o sin ella- reconocen en los griegos a sus precursores; con el pueblo griego las ideas de libertad y de patria adquieren todo su esplendor, esto explica el amor de los griegos por la ciudad.

En términos modernos se entiende por ciudad un espacio geográfico habitado por una agrupación de individuos cohesionados por intereses comunes y abanderados por principios de solidaridad; es el escenario donde los ciudadanos tienen la posibilidad de construir su propio destino en defensa de lo público. La ciudad está entendida como la casa del hombre.

En el ejercicio de la ciudadanía hay una combinación entre lo personal y lo colectivo, pero donde lo primero se deriva de lo segundo. Para decir la verdad, en la vida ciudadana no existe diferenciación entre lo privado y lo público. En una verdadera democracia todos los ciudadanos somos funcionarios públicos. Preguntamos: ¿qué comportamiento personal en la vida ciudadana no afecta de alguna o de múltiples maneras a la sociedad?

Con los griegos clásicos, la razón de ser de la ciudad es tener hombres felices, la felicidad de la sociedad es la misma felicidad del individuo. Preguntamos nuevamente: ¿Nuestras ciudades son comunidades de hombres felices? Son muchas las problemáticas de las ciudades modernas y muy complejas sus soluciones.

Según Pedro Santana: “Como hecho físico la ciudad no es más que un territorio muy densamente habitado. Como hecho social, la ciudad es un modo de vivir, donde lo privado se refugia en el interior de cada vivienda pero donde el trabajo, la educación, el transporte y la lúdica -es decir la mayor parte de la vida- transcurre en los espacios públicos y bajo reglas que son o deberían ser por esta misma razón, de interés colectivo”. En otras palabras, la verdadera existencia citadina debe caracterizarse por lazos de solidaridad entre habitantes y ciudadanos, donde el espacio para lo privado es reducido, más aún cuando todos debemos tener el compromiso y responsabilidad de vivir como buenos vecinos.

No es en la heteronomía sino en la autonomía como se construye ciudadanía. Para ello debemos comenzar por educar para la libertad, de lo contrario estamos perdidos. El verdadero ciudadano no puede ser instrumentalizado hacia la conquista de intereses mezquinos. En épocas electorales, no hay candidato a las alcaldías, que no coincida en la necesidad de construir ciudadanía. El deterioro social y el caos citadino exigen la imperiosa necesidad de construcción de ciudadanía. El problema está en cómo lograrlo. Las ciudades colombianas son caóticas porque existen habitantes pero no ciudadanos. A los individuos no se educa para la autonomía ni para la participación, se los domestica para la imposición, el sometimiento y la no participación. Las decisiones las asumen unos pocos en beneficio de unos pocos. La debilidad de lo público es el aspecto más sobresaliente de nuestras ciudades, lo cual a la vez hace tremendamente frágil el denominado régimen democrático. Desafortunadamente, como bien lo señala el varias veces citado Pedro Santana, la ciudad colombiana es más cemento y bahareque que comunidad.
Insistimos en el hecho de afirmar que muchos problemas de las denominadas ciudades “modernas” podrían resolverse recurriendo a una pedagogía ciudadana, por ejemplo, la violación del espacio público, el ruido generalizado, las basuras, el cuidado de los bienes de uso público, la consideración y respeto al otro, etc., son oportunidades valiosas de la vida cotidiana para construir ciudadanía.
Aristóteles define el Estado como una comunidad de hombres felices; no se puede presuponer un Estado feliz conformado por hombres infelices, ni hombres felices en un Estado infeliz. La felicidad del Estado es la misma felicidad de los ciudadanos o viceversa.
El amor por las ciudades fue lo característico de los griegos en la Antigüedad. No se puede desconocer que lo que caracteriza a las ciudades mal llamadas modernas es que en ellas abundan habitantes pero escasean ciudadanos; nuestras ciudades son extensiones territoriales donde el individualismo, la grosería, la falta de respeto y consideración al otro son las prácticas recurrentes que las vitalizan. Las administraciones locales que más recurren al fomento de la cultura ciudadana son las que más avanzan. De ello han sido ejemplo, ciudades como Bogotá y Medellín. El problema se presenta cuando los procesos se interrumpen, es decir, cuando una administración tiene logros significativos, pero viene otra y los desbarata. Cada vez se constata más la necesidad de diseñar e implementar políticas públicas de construcción de ciudadanía.

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