La democracia y sus reglas

Carlos-E-Cañar

CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com

– CARLOS E. CAÑAR SARRIA
carlosecanar@hotmail.com
– “La democracia es el peor de los sistemas de gobierno con excepción de todos los demás”. Esta tesis de Winston Churchill indica que todos los regímenes o sistemas políticos son malos, pero el menos malo es la democracia. La verdadera democracia en sí es una aspiración, un ideal, un anhelo de un vasto conglomerado de individuos en todo el mundo, pero democracia perfecta no existe, al menos no es posible presuponerla entre seres humanos, como nos hacía entender Rousseau, quien reconocía la democracia como un gobierno de dioses. Pensamos que aun así, imperfecta, es necesario construirla y preservarla.
La idea de la libertad está indisolublemente ligada a la democracia. Libertad es autonomía, ausencia de coacción tanto psíquica como física. En su libro “Sobre la libertad”, Jhon Stuart Mill manifiesta estar de acuerdo con Tocqueville en el sentido de que la clase de tiranía que hoy más se debe temer “no es la que se ejerza sobre los cuerpos sino sobre las mentes”. Por eso no es de buen gusto, actitudes ya sea de gobernantes, de jefes de instituciones o de aquellos que circunstancialmente estén revestidos de algún tipo de poder, pretender hacer compatibles las imposiciones con la democracia. Nada más torpe e insensato. Con ello sólo demuestran la ilegitimidad y fragilidad del poder. Al ser incapaces de generar consenso y de hacer sentir la autoridad gracias a su liderazgo y ejecutorias populares, a los gobiernos ilegítimos no les queda otra alternativa que recurrir a la fuerza y a la violencia para mantenerse.
Para decir la verdad, la única imposición válida en una democracia es el imperio de la ley. Dura es la ley pero es la ley. Es un imperativo. Obedecer la ley es libertad. Ley elaborada por el pueblo o constituyente primario y que en una democracia debe colmar las expectativas nacionales. La democracia es el gobierno del pueblo y no el gobierno de los políticos.
A propósito del presente año electoral nos permitimos citar siete reglas básicas de la democracia relacionadas con la soberanía popular: 1) Regla de la mayoría, lo cual no significa unanimidad, que todos piensen y quieran lo mismo o estén de acuerdo con algún punto. La mayoría hace la ley. 2) Regla del consenso, donde la única imposición es la voz del pueblo, pues el pueblo es el soporte permanente de la vida democrática. 3) Regla de la minoría, que significa que si bien la mayoría hace la ley, no le atribuye derecho alguno para extralimitarse y acallar a la minoría, puesto que la democracia también presupone el disenso. Aquí la oposición y el desacuerdo son importantes. 4) Regla de la competencia, pues sin competencia no hay garantía de acción política ni posibilidad de lograr consenso ni la expresión de las minorías. Competencia significa pluralismo, derecho a disentir, a oponer y a proponer. Lo contrario se llama despotismo e intolerancia. 5) Regla del control que evita el uso abusivo y arbitrario del poder. No permite el autoritarismo, el totalitarismo o consolidación de poderes absolutos. 6) Regla de la legalidad, fundamento y garante del sistema democrático, y 7) Regla de la responsabilidad, respeta a las mayorías sin apabullar a las minorías. Evita la anarquía y el descontrol social o la anomia.
Los gobernantes deben ser prudentes y contar con la habilidad de escuchar todas las voces, no sólo a quienes les calientan los oídos para alabarles y aplaudirles, sino también a quienes disienten de sus decisiones y acciones. Por esto, nos parece oportuno citar de nuevo a Mill: “Lo peor del reducir al silencio a quien emite su opinión es que equivale a cometer un robo contra la especie humana: se roba así tanto a la generación presente como a la posteridad, y a los que disienten de esa opinión más aún que a los que la comparten. Si tal opinión es verdadera, se les priva de la oportunidad de admitirla y salir con ello del error abrazándose con la verdad, si es falsa, pierden el beneficio, casi tan grande como el citado, de poder percibir más claramente y sentir de un modo más vivido su propia verdad mediante su enfrentamiento y choque con el error”.
Quienes adulan a los gobernantes siempre se buscan a sí mismos y en ningún caso son dignos de confianza; en los momentos difíciles los políticos o gobernantes se quedan solos. Más confianza merecen quienes con argumentos les critican, les proponen y les orientan; éstos en general no cobran un solo peso y casi siempre están inspirados en la defensa del bien público. A algunos dirigentes desde la opinión se les quiere ayudar y se ponen bravos. Lo cual no es más que un acto de torpeza. Deben aprender a escuchar y sopesar las voces disidentes, quien quita que en ellas puede estar la solución de muchos males.