LA MALDICION DEL DORADO

el dorado
Por: Omar Orlando Tovar Trochez – ottroz69@gmail.com .

Estas líneas están escritas con tristeza, con desconsuelo, con rabia, con impotencia, con eso que llaman indignación, así La Palabra haya terminado siendo manoseada por algunos, muchos, que generan ese sentimiento.
La tragedia acaecida en la mina de oro, en la Vereda San Antonio, del Municipio de Santander de Quilichao (Tierra de Oro), Cauca, Colombia; ya había sido anunciada muchas veces, sin embargo; en este momento todos y cada uno de nosotros, tenemos que arroparnos bajo el manto de la culpabilidad. Pecamos por acción, omisión, miedo o indiferencia. No fuimos capaces de hacer aunque sea un mínimo esfuerzo para evitarla.
Al dolor que causan la incertidumbre de la desaparición o la muerte de los humildes barequeros victimas del terrible suceso, hay que sumarle el dolor de ver como se ha destruido nuestro territorio. Las imágenes de televisión que para muchos de nosotros eran nuevas, nos dejaron estupefactos ante el apocalíptico paisaje de nuestro rio Quinamayó, semejante a un campo bombardeado, esas imágenes evidencian una vez más la capacidad de predatoria del ser humano embarcado en la locomotora de la acumulación de riqueza de manera rápida a cualquier costo; incluso el de la vida misma.
Cuentan quienes llegaron en los primeros momentos, luego de conocerse la tragedia que; mientras decenas de mineros se encontraban luchando por sus vidas o muriendo bajo el alud, ya se encontraban otros más tratando de encontrar el metal en la tumba natural, otros más departían alegremente al calor del licor y el billar, algunos más aún se aprovechaban de la necesidad de mujeres y niñas inmersas en la prostitución, para obtener la satisfacción que el dinero maldito les proporciona, sin que les mereciera sentimiento alguno lo que estaba aconteciendo frente a sus ojos y narices.
A estas alturas del triste paseo; ya no se puede tolerar el peloteo de responsabilidades entre la autoridades de todos los órdenes, no nos podemos tolerar la indiferencia ante la fatalidad de la Vereda San Antonio, ni a las que pudieran pasar en el Palmar, o en Canoas o en caloto, o en el resto del departamento o el País en general. No podemos quedarnos estáticos mirando hacia el infinito creyendo que esas tragedias humanas y ambientales solo les conciernen a los alcaldes, los gobernadores, los ministros, el presidente, a los indios o a los negros; el daño de nuestra casa-madre y la posible pérdida de vidas humanas; también son nuestra responsabilidad.
Es necesario entonces; acabar con todos esos paradigmas artificiales, que sirven de ingredientes al caldo de cultivo de la Peste Dorada. La anticultura Mafiosa del dinero rápido, del atajo y el todo vale, creernos la falacia de la pobreza autoimpuesta por pereza o por incompetencia, el individualismo y la competencia llevados a ultranza en pos de la consecución del recurso necesario para adquirir basura tecnológica y satisfacer necesidades creadas por la mano invisible del mercado y la prepotencia de creernos dueños de la naturaleza; deben ser erradicados de nuestro pensamiento y nuestra memoria colectiva.
Levantar el dedo acusador, reiterar los diagnósticos sobre la eterna inequidad que llegó con el mito del Dorado, de la ya insoportable falta de oportunidades, de la consabida carencia de inversión social, y del infinito olvido de las elites del país y de la mayoría de nuestros dirigentes; ya no bastan. Es tiempo de despertar del letargo de más de quinientos años al que fuimos sometidos y al que nos hemos acostumbrado; para dar los pasos necesarios en la dirección correcta.
Oro o Vida, nos empujaron a tomar la decisión.
Coletilla: Aunque la Caja de Compensación COMFACAUCA; con anticipación había programado el festejo del Día de los Trabajadores en Santander de Quilichao; No puedo entender cómo el Alcalde Municipal, ante la recién conocida tragedia, no pudo mostrar un atisbo de sensibilidad social o al menos tacto político, al no cancelar o posponer el agasajo. La vida se derrumba y nosotros: de Rumba, Pan y Circo para el Pueblo. Así no son las cosas. Respeto por el dolor por favor!.

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