La mata que no mata

Por: Juan Carlos López Castrillón –

Durante mucho tiempo nos dijeron que la coca era una mata que mataba, y no es cierto, lo que mata son las armas de los hombres involucrados en el negocio ilícito más poderoso que existe en el planeta, el cual afecta la economía, impacta todos los entornos de la vida de una región y produce efectos devastadores en el millón y medio de adictos que existen en Colombia.

A Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara, Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo y a centenares de miles de compatriotas NO los han asesinado las bonitas hojas de esta planta ancestral, sino las balas de los grupos más sanguinarios que ha padecido esta nación y cuya influencia aún perdura.

Más allá de las afectaciones de salud que la droga produce, este es sin duda el principal problema que tiene nuestro país, pues es la gasolina que alimenta a las organizaciones ilegales y por ahí derecho a todas las actividades conexas.
El diagnóstico está claro, su impacto también, las cifras de crecimiento de los cultivos son una realidad. La pregunta es ¿Qué hacer?

Para responder este interrogante hay que considerar en el escenario dos variables poderosas, la primera es que mientras exista quien compre a buen precio siempre habrá quien venda, es una sencilla situación de oferta y demanda; la segunda es la presión nacional, y sobre todo internacional, para adoptar medidas contra el tráfico y especialmente la producción.
En este punto es donde aparece la disyuntiva tan de moda, si la erradicación manual o el glifosato.

Adicionalmente, está el cómo financiar a largo plazo una política de apoyo a los campesinos que deciden, por las buenas o por las malas, cambiar el sembrío de un producto que no necesita crédito ni asistencia técnica y cuya comercialización está más que asegurada; para reemplazarlo por cacao, aguacate o frutales, productos que además requieren la garantía de una carretera terciaria en buenas condiciones que permita llevarlos a un mercado donde puedan comercializarse a precios justos.

De otra parte, es claro que el uso de todos estos venenos que acaban con “la mata que mata” trae nefastas consecuencias para el medio ambiente y para las personas. Lo han dicho ministros, académicos, expertos internacionales y hasta la misma Corte Constitucional se ha pronunciado sobre el tema. Nadie discute que el glifosato mata más que la coca.

Difícil la situación.
Recuerdo a estas alturas las declaraciones del ex presidente César Gaviria de hace unos meses, cuando dijo que “las políticas para combatir las drogas han hecho más daño que las drogas mismas, llevamos 60 años de políticas erróneas”.
Este tema no es nuevo. Un producto prohibido que tuvo una situación parecida fue el alcohol, que durante muchos años fue objeto de prohibición en países tan poderosos como los Estados Unidos.

Alguien me decía que enfrascarse en el desgastante debate de la legalización tampoco es el camino, y que el mercado resuelve todo; su argumento es que el crecimiento de las drogas sintéticas se encargará de cambiar las costumbres y que la coca y la marihuana no tendrán la demandada que hoy tienen. Quién sabe si eso sea cierto, y si es así, cuánto tiempo tome llegar a esa situación.

Por lo pronto, este tema seguirá “calentando” a las mismas regiones de siempre, el Catatumbo, Putumayo, Cauca, Nariño, etc., las que ya conocemos.

Lo triste es que en este negocio que mueve miles de millones de dólares – y que enriquece a tantas personas – los que más pierden son los pobres, los que están allá en esos municipios donde se concentran los cultivos, los laboratorios, las malas carreteras, la violencia, las fumigaciones y las enfermedades derivadas de estas.

En un tiempo largo, se hablará de la coca como un fenómeno que azotó a estos países y que fue luego controlado a través de la legalización del consumo. Allá llegaremos un día. Por ahora nos tocará seguir conviviendo con todo lo que ya sabemos y esperar que las consecuencias de esta guerra – porque sí es una guerra – no sigan teniendo un impacto tan dañino como el que ya hemos vivido en los últimos 40 años.

Pos Data: en sintonía con este artículo les recomiendo que vayan a ver “Pájaros de Verano” la última película de Cristina Gallego y Ciro Guerra, es sencillamente muy buena, ahí sí cabe la frase que “una imagen vale más que mil palabras”.

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