Metales letales.

Por: JAIME BONILLA MEDINA –
jaboneme@hotmail,com –

No hay circunstancia más enojosa que conocer del perjuicio causado por una sustancia y, a pesar de su carácter predecible, es ignorado por quienes deben evitar la debacle. Hablamos del mercurio; potente tóxico, contaminante ambiental utilizado en la minería ilegal para la explotación del oro, principalmente. La arena y tierra extraídas de ríos o socavones, es triturada y mezclada con este veneno para separar el preciado metal.

Colombia es el segundo país del mundo y primero en América, con mayor contaminación por mercurio. Se importan 590 toneladas anuales para el procesamiento aurífero en especial, y se esparcen 205 en 21 departamentos y 400 municipios patrios. Buenos Aires, Suárez y la zona costera son, en el Cauca, los territorios con mayor obtención de oro, departamento que apenas ofrece el 3,7% del producto nacional, pero el tercer usuario nacional de mercurio.

Una vez combinado, el 10% del químico se adhiere a la mezcla; el sobrante se incorpora al entorno y por evaporación, lluvia o vertimiento directo contamina aire, suelo y agua. La forma tóxica más conocida es el metilmercurio. Afecta el sistema nervioso humano y de animales, ocasionando cefalea, delirios, convulsiones, trastornos del movimiento, coordinación y sensibilidad. Perturbaciones del conocimiento, la memoria, parálisis y hasta la muerte. Pero también puede deteriorar la inmunidad, piel, ojos, riñones, aparato digestivo y respiratorio. Es capaz de atravesar la placenta y ocasionar deformidades en el feto como atrofia cerebral; o, a futuro, retardo mental y ceguera.

El metilmercurio se deposita en el zoo y fitoplancton presentes en el mundo microscópico del agua, a su vez ingeridos por las algas. Gana cada vez más concentración al ascender en la cadena alimenticia. El proceso de incremento de niveles en animales superiores, al alimentarse de seres inferiores, se denomina bioacumulación y biomagnificación. La FDA (Administración de alimentos y medicamentos norteamericana) no recomienda, para el consumo humano, especies grandes de peces: tiburón, pez espada, atún grande, mero, aguja blanca, lubina, perca de mar, caballa; moluscos, mamíferos y aves de la fauna acuática, por alcanzar los más altos niveles del tóxico.

También, si provienen de las zonas de extracción aurífera: mamíferos, aves y peces tipo bagre, mojarra, doncella, lucio y perca. A la igual: tilapia, cachama, trucha, mojarra, bocachico, tucunaré y dorada si son producto de criaderos, embalses o lagos, debido a su alimentación rica en plancton y algas. Estas mismas especies, libres en ríos procedentes de regiones NO mineras, son alimento permitido. De ingesta normal por poseer moderados o bajos niveles mercuriales: carpa, langosta, anchoa, almeja, cangrejo de río, ostras, salmón, pargo, sardinas, camarones, calamares, bacalao y merluza, entre otros.

Hace 50 años se produjo una tragedia industrial sin precedentes, con cerca de 900 muertos y más de 2.000 afectados, conocida como la enfermedad o tragedia de Minamata. No fue un accidente sino un atentado socioambiental propiciado por una factoría al envenenar esta bahía japonesa con residuos de mercurio. Calcada situación tenemos en la población negra oriunda de la costa pacífica y en todos los compatriotas mineros. El abandono estatal ha permitido que, el nativo practicante de la sana minería ancestral, sea desplazado y afectado por la colonización criolla y extranjera, por la maquinaria pesada y la contaminación química. De dueño y productor pasó a ser subordinado, explotado y lisiado por las mafias traficantes de oro.

Por ley 1658 se prohíbe el uso del mercurio en Colombia a partir del año 2018. Seguiremos, entonces, con la destrucción de las vertientes hídricas, deforestación selvática, destrucción de páramos, agresión a la fauna y a la salud de los colombianos. Y pensar que aún hay personajes vociferantes e indignados por el cese del conflicto armado, un premio Nobel, un partido de fútbol o la homosexualidad de una persona. Así es mi país.