No más mentiras.

Por: JAIME BONILLA MEDINA –
jaboneme@hotmail.com –
Inventar mentiras con fines colectivos de alienación y exasperación ya es algo normal. Más cuando avanza la posverdad (mentira emotiva); una estrategia que, entre otros artilugios, aprovecha la subjetividad, impulsos y credos de la ciudadanía para vender información tendenciosa.
¿Por qué la gente cree en las mentiras? Hasta hace poco la respuesta era simple: por ignorancia. Sin embargo, las ciencias exponen la complejidad actual del fenómeno. El historiador Michel Shermer plantea la teoría de la «patronicidad». Cuando hay desequilibrio emocional (disonancia cognitiva) se recurre a suplir esta inestabilidad aceptando mentiras como verdades para conservar el balance entre mitos y valores. En el juicio humano predomina lo aprobatorio sobre lo dubitativo por la generación de confianza que origina. La gente idealiza patrones; ve, por ejemplo, la figura de la virgen en la corteza de un árbol. La habilidad para dar significado a algo casual también se conoce como pareidolia y ha contribuido a la selección de las especies. La evolución mental no maduró una vía para identificar patrones erróneos y los desciframos en forma inconsciente: error tipo 1- falso positivo, es creer en la realidad de un patrón cuando no existe. (Un ruido se interpreta como un agresor cercano cuando en verdad es el viento). Tipo 2- falso negativo, es creer en la no realidad cuando sí la hay. (El ruido es interpretado como el viento cuando es un agresor presente). En la selección natural ha prevalecido el tipo 1; así, los habitantes más temerosos y manipulables han sobrevivido.
La teoría de la «enticidad» sostiene que los patrones observados fueron producidos por un ente. Mucho de lo sucedido en el mundo está controlado por inteligencias superiores. De hecho, dogmas religiosos, espiritistas o esotéricos tienen sus raíces en las dos teorías. Además, los humanos somos dados a otorgar poderes imaginarios a patrones inertes (el cuerno de rinoceronte es anticancerígeno). Individuos astutos, versados en estas «energías especiales» pueden engañar al asumir roles empíricos, caudillistas o de consejería proponiendo cambios esenciales solo viables mediante su labor mesiánica.
El mismo Shemer y Andrés Raigosa, sociólogo, afirman: las personas se sienten ultrajadas en su identidad al demostrarles verdades opuestas a su pensamiento porque han invertido mucho en lograr un estatus, practicar una doctrina religiosa o una ideología política. Escogen lo que les conviene, lo que refuerce sus gustos y se ajuste a su realidad. Por eso, cuando la mentira es política, así se demuestre la falsedad, es muy difícil para los convencidos, rectificar y aceptar la certeza.
Nuestra mente no está bien preparada para distinguir entre realidad y ficción asevera el escritor Philip Fenerbach, y el desconocimiento es su punto de partida. Captamos el concepto, pero no manejamos la explicación, la cual se encuentra almacenada en internet, textos o el conocimiento de algunos. Definimos el fenómeno del niño, pero pocos dilucidan los cambios climáticos causantes del estado. La banalidad en la sociedad favorece que tomen fuerza las noticias falsas, pues no se posee fundamentos contundentes para rebatirlas. Creemos porque los demás creen.
Si a la limitación de discernimiento agregamos las autopistas de las redes sociales y medios de comunicación, oferentes de abundantes datos con rapidez, simultaneidad y acceso fácil, sin permitir analizarlos en profundidad; la mentira cómodamente se afianza, generaliza e impacta; efecto muy bien conocido por políticos malintencionados para usufructuar las ventajas que ofrece mantener una comunidad surtida de falsa información. Para blindarse de esta influencia dañina se recomienda estudiar minuciosamente los mensajes, buscar fuentes de noticias serias y legítimas, documentarse con referencias veraces y explícitas para no «infoxicarse» con tanta basura.

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