¿PERIODISTA U OPINADOR?


Por: Omar Orlando Tovar Troches –
ottroz69@gmail.com-

-En tiempos de pos verdades, noticias falsas y de portales de noticias pre-pagos, se hace necesario delimitar de manera clara y contundente, la diferencia entre un periodista y un opinador, ya que esa línea es cada vez más tenue, colaborando así con el caos informativo en que se han convertido las redes sociales y los portales noticiosos poco rigurosos con la información que le ofrecen a la sociedad.
Si bien es cierto que cada persona tiene el sagrado derecho de creer en lo que quiera; para el caso de los comunicadores, el ejercicio mismo de su actividad, si es que pretenden realizarla de la mejor manera, les exige trazar el límite arriba mencionado. El periodista debe echar mano tanto de la rigurosidad, como de la objetividad suficientes para poder contar los acontecimientos relevantes para cada comunidad, tal y como se presenten y se desarrollen, sin agregarles ni un ápice de sus prejuicios, sentimientos o de su ideología, con el propósito de no falsear esa realidad que pretende describir.

Aunque al opinador también se le exige cierta rigurosidad con el manejo de los temas que plantea en sus diferentes espacios, en el entendido que no debe falsear la realidad ni mucho menos atentar contra la honra de las personas que mencione en sus intervenciones; se le permiten algunas dosis de subjetividad, en tanto que su elaboración comunicativa es valorada por la profundidad con la que aborde el tema, y los enfoques que sobre el mismo plantee, puesto que no está sujeto a los afanes de la primicia.

Sin embargo, en esta realidad de millones y millones de “reporteros ciudadanos” y de opinadores en red, la tendencia a borrar el límite entre opinador y periodista se hace cada día más presente, sobre todo en los grandes medios de comunicación privados. Ya no es raro observar, oír o leer en tal o cual medio, noticias con editorial incluido, tanto presentadores(as) como reporteros(as), le dan su aporte personalísimo a cada nota que presentan, eso sin contar con el fondo musical de tragedia o de solemnidad, que le imprimen a la edición de cada nota.

El ciudadano del común se encuentra enfrentado a cientos de miles de notas informativas, cargadas de la subjetividad, el prejuicio, la intención ideológica o económica que le quiera dar la jefatura de redacción de cada medio en particular. El paisano o la paisana de a pie, ya no distingue muy bien si la pieza comunicativa que se le ofrece en T.V., radio, prensa escrita o portal de noticias, es una opinión de quien la emite, es propaganda o sugerencia de consumo comercial o política. Aparece entonces el campo abonado para las pos verdades, las noticias Semi -falsas, falsas o simple publicidad.
Como opinador de provincia, es claro que defiendo la necesidad de tener una perspectiva personalizada, más profunda y con matices sobre alguna realidad social determinada o sobre algún evento en particular, no obstante si reclamo, al menos de algunos opinadores radicados en la capital de Colombia, un poco más de respeto para sus televidentes, lectores u oyentes. Con el escudo de la libertad de opinión pretenden omitir sin más, las mínimas rigurosidades de verdad y de respeto, a la hora de transmitir sus puntos de vista respecto a ciertos personajes de la vida pública nacional, sobre todo en estas épocas electorales.

Ante el asombro por los resultados de las últimas encuestas electorales, muchos de estos opinadores de Bogotá, han empezado a verter en sus columnas, sus blogs o sus espacios de radiodifusión, una cantidad inimaginable de verdades a medias, insinuaciones e incluso epítetos de gran calibre para referirse a esos fenómenos de opinión pública que escapan de su comprensión. Si bien es cierto que como escribí líneas atrás, todos y todas tenemos el sagrado derecho a pensar, creer u opinar lo que se nos antoje, también lo es el hecho de la responsabilidad que tenemos quienes opinamos y nos publican, de no apartarnos de la realidad de manera tan descarada, ni mucho menos de denigrar del otro por el simple hecho que no comparta ni nuestros intereses económicos, religiosos o políticos o los de los dueños de los medios en que ejercemos nuestra labor de comentar la realidad.

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