Santos y vientos de paz.


CARLOS E. CAÑAR SARRIA –
carlosecanar@hotmail.com –
La firma del acuerdo del cese al fuego bilateral entre el Gobierno y las Farc el pasado jueves 23 de junio sin duda alguna es un hecho trascendental para los colombianos. Después de 52 años de guerra, Colombia tiene la gran posibilidad de construir la paz. No será tarea fácil, desde luego, después de la firma del acuerdo definitivo que está cercano, se avecina la implementación de las tareas relacionadas con el postconflicto que llevarán a la construcción de un nuevo país, donde no tengan cabida las exclusiones y en donde se puedan tratar y tramitar las denominadas causas objetivas y subjetivas de la violencia, es decir, la pobreza y el marginamiento económico al igual que la falta de apertura política que han caracterizado consuetudinariamente tanto el régimen como el sistema político colombiano.
La paz es tarea y compromiso de todos, lo ha dicho el presidente Santos en forma reiterativa. Su anuncio de enero pasado en el sentido de que este es el año de la paz prácticamente se ha cumplido. Ahora es necesario mirar con optimismo el futuro del país. Colombia tiene la gran posibilidad de montarse en la locomotora de la paz. Y hacer realidad el sueño de la paz es un compromiso colectivo.
Como toda empresa de importancia, la búsqueda de la paz ha tenido y seguramente seguirá teniendo sus enemigos y detractores, de ahí la importancia de montarnos todos a la locomotora de la paz, quienes dejen de hacerlo, asumen el riesgo de quedarse solos. El plebiscito dará legalidad y legitimidad a los acuerdos. Estamos seguros que lo pactado como resultado del proceso de paz no es producto de la irresponsabilidad y de la improvisación. Por lo tanto, al plebiscito no hay que temerle. Muchos colombianos preferimos transitar los caminos de la paz, que seguir enfrascados en una guerra absurda sin final con sus evidentes repercusiones. Lo que se evidencia es que el país está hastiado de tanta sangre derramada, de tanta pérdida en la infraestructura nacional, de tantas generaciones que no hemos podido presenciar un devenir diferente a ataques y atentados, escaladas terroristas, secuestros, acciones contra la población civil, muertes de soldados, policías y guerrilleros, donde resalta el menosprecio por el derecho fundamental a la vida.
Santos siempre ha sido enfático en resaltar que la paz no se hará a cualquier precio, que los acuerdos en ningún sentido significan el desmonte o cambio del sistema capitalista. Lo cual indica entre otras cosas, que la propiedad privada seguirá vigente. El argumento de que tras el proceso de paz se hará entrega del país al castrochavismo queda sin piso. Con el M-19 se firmó la paz y el régimen político y el sistema económico no desaparecieron. Se presupone que el postconflicto traerá reformas, políticas públicas y una serie de prácticas que sirvan de garantes de una paz estable y duradera.
El presidente Santos, pasará a la historia como el verdadero presidente de la paz; aunque la paz no sea del Presidente, sino de todos los colombianos, no se podrá desconocer que Santos se la ha jugado toda por la paz, en ella ha empeñado todos sus esfuerzos, por la paz ha tenido que soportar toda clase de improperios, ha puesto en juego su capital político y su tranquilidad personal. Muchos coincidimos en que si Santos al final de su mandato nos entrega un país en paz, debemos darnos por bien servidos.
Ahora queda pendiente la construcción de una nueva cultura, la cultura de la paz, que así como se construyó la cultura de la violencia y de la guerra, la nueva cultura no aparecerá de la noche a la mañana. Es necesario reiterar que en todo el espectro político nacional e internacional no se habla de otra cosa que del postconflicto colombiano. Que al igual que los procesos de paz no será tarea fácil, pero es necesario empezar a construir los cimientos políticos y socioeconómicos de la nueva cultura. Reformas en el comportamiento político y en la realidad económica.

Se asoman vientos de paz en nuestro país. La paz política es necesaria, sin embargo, para construir la cultura de la paz, es menester la erradicación de todas las formas de violencia, ya sea de los grupos armados, de la justicia privada y de toda manifestación de delincuencia, y por lo tanto, no depende de lo que pueda hacer el gobierno de manera exclusiva, sino del compromiso de todos los colombianos. Debemos tener en cuenta que en Colombia hemos contado con una multipolaridad de la violencia, actores y escenarios: política, urbana, por la posesión de territorios, organizada contra minorías étnicas, en los medios de comunicación, en la familia, del narcotráfico y con éste la “guerra sucia”, caracterizada por las masacres y el imperio de la impunidad de sus responsables.

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