Un segundo “teflón” en la política

-Por: Juan Carlos López Castrillón –

Desde hace varios años se viene hablando del “efecto teflón” que tiene la imagen de un importante expresidente de Colombia, una de cuyas características especiales es que entre más se lo ataca más se fortalece, a tal punto de que muchos consideran que no tiene un partido político sino una congregación.

Ahora, al parecer, ha nacido un fenómeno parecido en el otro extremo, con un candidato presidencial muy controvertido a quien también lo atacan constantemente, tanto por sus propuestas actuales como por sus ejecutorias al frente de la alcaldía de Bogotá, pero en términos prácticos esas críticas virulentas no han logrado menguarlo para nada, por el contrario, ha superado el techo que los analistas consideraban tendría en las encuestas.
En términos históricos tenemos entre nosotros un segundo “efecto teflón” en la política colombiana.

¿Cómo se logra esto? Los manuales de la praxis para una campaña electoral dicen que el éxito de un líder depende de dar con mucha solidez los siguientes pasos: construir una imagen, generar simpatizantes, lograr que estos se conviertan en activistas, luego en militantes y que de ahí surjan los cuadros directivos de los barrios y las regiones.
La clave siguiente es que a esos miles o millones de simpatizantes no les afecte para nada lo que se diga para mal de su líder. Que la emoción supere a la razón y – en rima – nazca el “efecto teflón”.

Cuando lo anterior se produce ya ningún argumento vale, lo que dice el candidato es como una palabra divina. Lo anterior se puede considerar como un inmenso éxito, digno de un análisis de neurolingüística. De aquí en adelante todo será impulsos y emociones.
Eso es lo que estoy viendo en el actual debate electoral, un par de enormes polos magnéticos que están en extremos opuestos, que paradójicamente se necesitan para retroalimentarse y seguir creciendo, dejando – hasta ahora – por fuera de esa dinámica a los demás protagonistas, de los cuales uno tiene un gran poder real, el cual pondrá a prueba en tres semanas, para verificar si contra el magnetismo emocional de esos dos polos extremos existe una kriptonita que desactive por lo menos a uno y así pasar a la segunda vuelta.

Un buen ejemplo de lo que estoy describiendo fue lo que ocurrió durante la semana pasada, cuando el candidato Petro propuso comprar las tierras del sector cañero del norte del Cauca para entregarlas a afrocolombianos e indígenas pobres.

Llovieron rayos y centellas. Todo el país político se pronunció. Algunos calificaron esta propuesta como un error monumental. Se habló de expropiación. El gremio respondió. Los medios editorializaron.

¿Cuál fue el efecto real? Que el candidato siguió entre los dos punteros de las encuestas y en algunas de ellas creciendo.

Lo anterior, repito, por cuanto en mi parecer este dirigente ya tiene incorporado el “efecto teflón” y ha construido una imagen muy fuerte entre sus partidarios, colonizando además un espacio que estaba libre en la política y captando muchos votos nuevos.
No sé si la existencia de dos “efectos teflón” sea buena o mala para Colombia, sencillamente los veo como un hecho. En lo particular me gustaría más que las decisiones se tomaran con base en los argumentos, las propuestas y el análisis concienzudo de las mismas, pero eso no pasa ni en países de mayor cultura política y desarrollo social.
En conclusión, conviviremos políticamente con este fenómeno, creo que esto va para largo. Falta ver el impacto que esta nueva dinámica tendrá el año entrante en las elecciones regionales.

Por ahora imploro para que – gane quien gane – tenga la grandeza e inteligencia que permita superar esta dañina polarización de los últimos tiempos, que ha logrado hasta resentir amistades y relaciones familiares.

Para terminar y mirando con ingenuidad hacia el pasado, me reafirmo en cómo le hubiera servido a este país la implementación de una cita famosa que dice “la inteligencia te hace ganar una batalla, la sabiduría nunca tenerla”.

Pos Data: también hay políticos y empresarios que logran desarrollar un “efecto teflón” en lo judicial, por más que se recalientan no les pasa nada.

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