Ciudades para la democracia.

Por: CARLOS E. CAÑAR SARRIA     –

carlosecanar@hotmal.com         –

              En el terreno de las
utopías  se pueden concebir las ciudades
verdaderamente democráticas. Sin embargo, desde los griegos en la Antigüedad,  individuo y ciudad están relacionados de
manera inexorable. La ciudad es el escenario donde los habitantes y ciudadanos
realizan su historia. La ciudad es la casa del hombre. Donde se adoptan y
reproducen costumbres, valores, sentimientos individuales y colectivos, imaginarios
que permiten o no aproximarse a la realización de los proyectos de vida.

              La formación de auténticos
ciudadanos debe proceder  del Estado, la
familia, la escuela en todos los niveles, los diferentes espacios en los que
las personas comparten los procesos de socialización. Las prácticas
democráticas deben caracterizar tanto a gobernantes como a gobernados. Partir
de quienes desempeñan los cargos más importantes en la administración pública y
privada, hasta las personas de oficios considerados humildes. Habitantes y
ciudadanos comprometidos siempre en hacer más gratificante la vida urbana.

               La ciudadanía es
una categoría ligada a la sociedad civil. En donde hacen presencia ese ser
colectivo llamado pueblo deja de ser abstracción. .Los más llamados al buen
ejemplo, a la coherencia y a convertirse en paradigmas, son aquellas personas
que de alguna o de múltiples maneras detentan poder. La gente siempre espera
resultados y buenos ejemplos de quienes dicen que la representa.  Visiones corruptas, negligentes  y autoritarias de una sociedad no garantizan
ciudades democráticas. Noticias y evidencias que muestran cómo se esfuman los
recursos públicos en beneficio de unas minorías privilegiadas y en perjuicio de
mayorías necesitadas, desencanta a la población que ve con rabia, preocupación,
pesimismo e impotencia cómo se malbaratan los recursos que debieran de ser
públicos, mientras la calidad de vida de los pueblos involuciona en forma
acelerada y despiadada.

                 Los despilfarros y
robos de estos recursos  se contraponen,
por ejemplo, a una ética de pago oportuno de impuestos. Los sueldos
extravagantes que devengan muchos funcionarios ‘públicos’ contrastan con  las condiciones de pobreza y miseria que
carcomen una población con escasez de canales de inclusión socioeconómica   y con  los más esenciales derechos suspendidos o
denegados.

               Los ciudadanos se
miden en el libre ejercicio de los mecanismos de participación ciudadana y en
la concreción de indicadores que a simple vista se demuestre que los asociados
mejoren su cantidad y calidad de vida. 
Sin lo mínimo vital que garantice unas condiciones de dignidad la gente
se desespera, se trastorna y se aniquila.  Hay que  evitarles el suicidio a los desesperados por
los avatares de la vida. No simplemente mediante líneas telefónica que alguna
ayuda prestan, sino que  también se debe
apuntar hacia la atención de  las causas
objetivas que tienen que ver con la falta de oportunidades laborales que les
impide respirar con relativa tranquilidad en un país donde el trabajo es un
privilegio, o en su defecto, con  un
sistema contractual, que niega la estabilidad laboral y el régimen  prestacional que obstaculiza el derecho al
futuro de las familias, victimas del capitalismo salvaje, es decir, del
neoliberalismo. Desgarra el alma ver suicidios provocados por la desesperación
económica como los que se vienen presentando en varias ciudades colombianas.

               Una ciudad
democrática se logra con la materialización del derecho a la propiedad en términos
de John Locke, el padre del liberalismo clásico, que no circunscribe este
derecho a la sola posesión de bienes materiales. Sino que le agrega otros
derechos como son el derecho a la vida, a la igualdad y a la libertad. Los
cuatro derechos confundidos y fundidos en uno solo. Donde falte uno pierde
sentido el resto.  Pensamos que el
derecho a la vida presupone los demás derechos. Sin libertad, sin igualdad y
sin propiedad que garanticen la dignidad de las personas, la  vida queda en nada. No vale nada.

               Nos encontramos en
temporada electoral, tiempo propicio para que los candidatos a las alcaldías
tengan un imaginario, un diseño y una plataforma de  ciudad, acorde a las necesidades y
requerimientos de una sociedad moderna, donde los ciudadanos sean actores
sociales vivientes y actuantes, que su visibilidad no se circunscriba al
momento de las elecciones.

                 En una democracia
el voto es necesario, pero la democracia no  puede limitarse a él. En muchas ciudades colombianas
hay votantes pero no ciudadanos. Se vota pero no se elige, quienes eligen  tienen conciencia y responsabilidad social.
Cada vez cobra más vigencia la tesis que sostiene que los pueblos tienen los
dirigentes que se merecen. Como no existen verdaderos ciudadanos, no hemos
podido  construir y consolidar una  sociedad civil y mucho menos una democracia
participativa. Como decía Estanislao Zuleta, en la democracia participativa
está la solución a los males que tiene Colombia. Es necesario un pueblo fuerte,
organizado, capaz de reivindicar sus derechos. Pero de esto poco saben muchos
de los que aspiran comandar las administraciones locales. Se
preparan–insistimos- para ganar como sea las elecciones pero no se preparan
para gobernar.

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