Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-
La primera vuelta es posible si se le da confianza a los indecisos, defendiendo principios y sin concesiones clientelares a la derecha.
Una vez más, algunos de los integrantes de la dirigencia progresista deberán demostrar su verdadera coherencia con el pueblo colombiano rumbo a las elecciones presidenciales. El actual escenario electoral de la izquierda permite advertir que, mientras Iván Cepeda y Aída Quilcué encabezan todas las encuestas serias, en las que se consolida al Pacto Histórico como una fuerza real, mayoritaria y con vocación de poder en Colombia; algunos líderes políticos regionales y nacionales insisten en la tentación de hipotecar principios en busca de alianzas “programáticas” con sectores de la política tradicional de derecha, intentando repetir un error que ya pagó caro el presidente Gustavo Petro.
Cepeda y Quilcué han confiado en los avances del gobierno de Petro, a pesar de las dificultades de gobernar un país derechizado a la fuerza por más de doscientos años, manipulado por el poder de la oposición y un poderoso cerco mediático. Los candidatos a presidencia y vicepresidencia del Pacto Histórico han salido a las calles con entusiasmo, convencidos de que la propuesta de un cambio más profundo y humanista tiene acogida no solo en las bases populares, sino también en la academia, en sectores empresariales conscientes de la necesidad de modernizar el modelo económico e incluso entre jóvenes que ven en la izquierda una alternativa real frente al anquilosamiento de las propuestas de derecha.
Este panorama de ventaja en la intención de voto se reafirma continuamente porque frente a ellos (Iván y Aida), Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia ofrecen lo mismo de siempre: ajustes cosméticos a un modelo que ha demostrado su incapacidad para garantizar justicia social, paz estable y desarrollo sostenible. La propuesta de profundización del cambio hace palidecer a los supuestos candidatos de “centro”, quienes no tienen propuestas distintas a una suavización de las recetas uribistas o al descarado plagio de las banderas que la izquierda ha levantado durante décadas, demostrando, una vez más, que el centro ideológico no existe y para el caso colombiano, es apenas un refugio para oportunistas que buscan pescar en río revuelto.
La ventaja en los sondeos de opinión de la opción presidencial de izquierda deja al descubierto que un buen número de electores perciben como aprendida la experiencia reciente del gobierno de Petro, en la que los operadores políticos de derecha atornillados en los estratos medios del aparato estatal (aquellos que Petro aceptó como “aliados” en nombre de una gobernabilidad mal entendida) se constituyeron en el principal dolor de cabeza del gobierno. Los escándalos de corrupción, las filtraciones de información clave y reservada a los medios de oposición, las deslealtades y los boicots internos (hábilmente aprovechados por la mal llamada gran prensa colombiana y la oposición política de “centro” y de derecha) han demostrado de manera contundente que la derecha no negocia alianzas programáticas, sino que aprovecha cualquier espacio para sabotear el cambio desde adentro.
Respecto a este escenario, muchos de los futuros votantes de izquierda consideran que editar esa estrategia sería un error político de esa dirigencia progresista, (nuevamente al mando de la campaña presidencial del Pacto a nivel central y regional) y sería percibido como una traición a la confianza de los electores que depositen su esperanza en un nuevo gobierno del Pacto. Así las cosas, un importante porcentaje de los electores, que según la encuesta de Invamer aún no ha definido su voto, conforman una especie de campo de batalla electoral, en el que se podría decidir el resultado de las elecciones.
Si, quienes orientan la estrategia electoral del Pacto, por puro cálculo electoral y burocrático, insisten en apostarle el futuro de la izquierda y del pueblo colombiano a “muy pulidos e inquebrantables acuerdos programáticos nacionales y departamentales” con quienes siguen representando políticamente los postulados de una derecha que beneficia a una élite financiera y empresarial cómoda, el escenario electoral más probable sería uno en el que ese sector indeciso (que busca coherencia y no más de lo mismo) podría inclinarse por la abstención o por un voto castigo que beneficiaría a las opciones de “centro”, que no son más que la derecha con otro nombre.
La campaña de Cepeda y Quilcué debe ser más proactiva. Además de salir a caminar y a saludar desde las Chivas del Cambio se requiere una poderosa plataforma político-electoral territorial en la que las organizaciones sociales de base (campesinos, indígenas, afros, feministas, estudiantes, sindicatos, víctimas, etc.) no solo sirvan como equipo de logística, sino como una verdadera dirigencia alternativa con voz y con incidencia real, tanto en la campaña como en un nuevo gobierno del Pacto.
Las organizaciones sociales de base son clave para una pedagogía en cascada que le explique a la gente que el cambio está en marcha, que la paz total es posible, que la transición energética es necesaria, que la reforma agraria no es un mito. Y hay que hacerlo con la fuerza de los hechos, no con la debilidad de las alianzas espurias.
Por eso, desde esta columna, insistimos: no más atornillados de derecha en cargos del cambio. No más hipotecas programáticas que diluyen el proyecto. La izquierda ya es una fuerza consolidada, como lo demuestran las encuestas y la presencia en las calles. La invitación a la ciudadanía decente es a poner manos a la obra: la primera vuelta es posible si se le da confianza a los indecisos, defendiendo principios y sin concesiones clientelares a los operadores políticos de la derecha. El ejemplo de Cepeda y Quilcué debe ser el camino.
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