De la compraventa de votos y la ética.

Por: CARLOS E. CAÑAR SARRIA     –

carlosecanar@hotmail.com

              

                Mientras se siga haciendo
política mediante la compra venta de votos y otras prácticas corruptas,
difícilmente se podrá depurar nuestro denominado régimen político
democrático.     

               Hacer política en este país es
costoso, no sólo por problemas de seguridad sino también por los costos
económicos. La logística de una campaña es económicamente costosa, hasta para
los concejos, que son los cargos de representación popular menos importantes,
hay que tener plata.

               En la práctica a mucha gente lo
que menos le interesa son las personas y los programas de los múltiples candidatos;
sólo preocupa qué se ofrece y cómo se paga el voto, sí con materiales o con
dinero. Y esta forma de hacer política se está volviendo consuetudinaria, que
no es otra cosa que la cultura del fraude, del interés propio, de la
deshonestidad y del engaño.

                Se vota vendiendo la
conciencia; por unos pesos de poca duración en el disfrute, se condena a gran
parte de la sociedad a vivir mal, incluidos quienes sin decoro venden su voto y
su conciencia.

                 Hace algunos años, escuchamos
a un ex congresista en actitud cínica señalando que no había sido reelegido
porque le había faltado plata para comprar votos.

                  No faltan quienes victimizan
a personas en las redes sociales y en los medios, dizque porque son obligadas a
votar por determinados candidatos, pensamos que si en verdad, el voto es
secreto, la obligación realmente no existe.

                 También, no dejan de
pronunciarse aquellos que en las campañas aconsejan a los potenciales
electores, recibirles la plata y las dádivas a los políticos, pero que, a la
hora de votar, no voten por ellos o por quienes los políticos recomiendan. Este
tipo de insinuaciones son igualmente perniciosas e indecorosas porque en nada
educan a una población que viene asimilando comportamientos acordes a una
cultura política viciosa y deshonesta.

                  En una ocasión hicimos de
cerca un seguimiento a una campaña y pudimos constatar que no pocos líderes
barriales se acercan y ofrecen a los diferentes candidatos, respaldo electoral
de las comunidades dependiendo de lo que les ofrezcan y den en términos de
materiales o en dinero; a todos les hacen el mismo ofrecimiento y finalmente no
se sabrá realmente por quienes decidieron votar.

                   No sólo son deshonestas las
personas que compran los votos sino también quienes los venden; en ambos casos
es un delito reprochable que va en detrimento de un buen gobierno, de una buena
legislación y de una adecuada representatividad que sea garante de cubrir las
expectativas de una población qué transita entre la pobreza e indigencia.

                    Desde luego que hay
excepciones, candidatos que no compran votos y electores que no se enajenan, ni
se compran ni se venden.

                     Seguramente deben tener
mucha plata quienes compran votos, se rumora, que el precio oscila entre 50 y
200.000 pesos. Es triste y lamentable esta situación que no se puede
desconocer.

                      La compraventa de votos
funge entre el clientelismo y la demagogia que invalidan la
posibilidad-reiteramos- de depurar tanto el régimen como el sistema político.

                      Mientras en un país como
Colombia, los principios y convicciones éticas y morales sigan echadas al cesto
de los desperdicios, la democracia entendida como el amor a la igualdad, el
amor a la verdad y el amor a la dignidad no dejará de ser más que una utopía.

                      No faltan quienes se
pregunten: ¿Y en dónde está la solución? La respuesta es categórica: ¡En la
educación!

                      Sócrates, el connotado
filósofo griego, aconseja la práctica de la virtud. Virtud y bondad van de la
mano. A la sociedad hay que educarla para formar buenos ciudadanos. La ética
debe ser un asunto de principios y convicciones, no de circunstancias ni de
conveniencias. Por algo, Montesquieu en “El Espíritu de las leyes enfatiza: “La
corrupción de cada régimen político, comienza casi siempre por la de los
principios”.

                        Nuestro país necesita nuevos y buenos paradigmas. Cada día un nuevo caso comprometido con la corrupción escandaliza, el más reciente olvida el anterior en un círculo vicioso; personajes que debieran dar ejemplo a la sociedad no lo hacen. Mucho tiene que ver el ejemplo en la educación o mal educación de una sociedad. De esto debemos estar seguros.

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