De la concentración de poder y la democracia.

Carlos E Cañar

Por: CARLOS E. CAÑAR SARRIA   –

carlosecanar@hotmail.com    –

                Si algo tiene de bueno la democracia verdadera, es la alternancia del poder. Cuando el poder se perpetúa, quienes lo detentan terminan gobernando con poderes omnímodos. Se degenera el régimen político y de ahí, nada bueno es posible.

                 La teoría de Montesquieu de la separación de poderes se hace trizas y el Ejecutivo subsume para sí mismo todos los poderes. Los principios de la democracia se niegan y como lo dice el citado autor: “La corrupción de cada régimen político comienza casi siempre por la de los principios”.

                 Los países latinoamericanos coinciden en tener como régimen político la democracia y el sistema político presidencial. Las constituciones políticas de la región, atribuyen mucho poder al presidente y éste debe ser muy cauteloso para no cometer desmanes que hagan tambalear el sistema presidencial para convertirlo en presidencialismo.  Se ha pensado en forma fallida, tratar de implementar el sistema parlamentario en Latinoamérica, precisamente para evitar los excesos que inevitablemente se cometen en el presidencial.

                En el siglo pasado fueron comunes las dictaduras, lo que implicó un complicado proceso de democratización de América Latina, que, desde luego, en el contexto actual viene preocupadamente peligrando.  Colombia no es la excepción.

                Reformar la Constitución para la reelección presidencial, pretender amañarse indefinidamente en el poder en cuerpo ajeno, desdice del régimen político democrático porque hay que   respetar el tiempo limitado del periodo presidencial y, porque hay otras personas con opciones que quieren gobernar y no se les garantiza la oportunidad.       Eso no sólo es injusto sino también perverso.

                Los organismos de control de poder, prácticamente desaparecen, ya sea porque quienes ocupan los cargos resultan afines al mismo partido del gobernante o por los afectos que los funcionarios mantienen   hacia el régimen de turno y entonces, la imparcialidad desaparece y todo ello abona terreno al totalitarismo, muy ligado a la violación sistemática a los derechos humanos.

                  El columnista Ramiro Bejarano Guzmán en su más reciente artículo en El Espectador, titulado: “Gobierno de candidatos”, señala, entre otras cosas, la inconveniencia de la concentración de poder en una sola persona o en unos pocos; cita los casos del actual fiscal por los nexos con el gobierno y agrega que el partido de gobierno está haciendo maniobras para impedir que lleguen procurador, contralor y defensor del Pueblo que no les convenga. Muy grave para una democracia en construcción como a nuestra.

                    Colombia necesita con urgencia la depuración tanto del régimen como del sistema político, si en realidad se pretende contribuir en la construcción de un nuevo país, erigido en la moral y en la ética y en donde la corrupción deje de ser la patología más preocupante; en donde el buen gobierno sea una realidad y no una quimera como consuetudinariamente viene sucediendo.

                     Pretender desaparecer o cerrar la Oficia de Derechos Humanos de la ONU en nuestro país, no deja de ser un despropósito típico de las dictaduras, error en el que no es recomendable caer, lo cual, sin duda acarrearía en más perdida de legitimidad del gobernante, quien no ha podido superar los bajos datos de las encuestas.

                     No hay otra salida que construir y consolidar la democracia, que no es perfecta es un hecho, hay que preservarla. Al respecto, insistimos en citar a Winston Churchill, quien al respeto anota: “La democracia es el peor de los sistemas de gobierno con excepción de todos los demás”.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión del Magazín CNC.