Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-
Según el diccionario en línea de la Real Academia de la Lengua Española, el término “Alcaldada” se usa para ilustrar una acción arbitraria que ejecuta un alcalde o cualquier persona que abusa de su autoridad. La palabra alcaldada también se usa para calificar de necia a una sentencia o un dicho, en resumen, una alcaldada es, palabras más o menos, toda aquella metida de pata, gazapo, equivocación o yerro, cometida a conciencia por quienes gobiernan (Alcaldías, gobernaciones o presidencias de la República).
En términos generales, la historia de Colombia, es la historia de las alcaldadas. Conscientes como son y han sido, los autores materiales e intelectuales de este vergonzante cúmulo de abusos y necedades, en beneficio de los y las de siempre; tanto mandaderos, como miembros de las poderosas élites económicas y militares, se han dado a la tarea de tapar todas sus estulticias, a punta de la abolición de la cátedra de historia en el precario pensum académico colombiano, o nombrando en los centro de memoria, a pusilánimes intelectuales afines a su ideología, de forma tal, que se haga casi imposible encontrar en el pasado, lejano o reciente, la o las causas de la actual situación de desbarajuste institucional y de absoluta pérdida de confianza que padecen todas las entidades y funcionarios del Estado colombiano.
Para infortunio de la clase política tradicional, la estrategia de encubrimiento de la historia verdadera (la de las alcaldadas) y su remplazo por la verdad oficial (la de los poderosos), se topó con un tropiezo con el que no contaban y que ha puesto en evidencia, no solo, la larga sucesión de alcaldadas en todos los niveles de gobierno, con las que han venido gobernando, sino su increíble prepotencia; al imponer como presidente de Colombia, al que dijo Uribe, al más conveniente de los inútiles y torpes; a don Iván Duque, el epítome de la alcaldada hecha funcionario,.
El exceso de confianza y de prepotencia de la derecha colombiana, al intentar la continuidad de la alcaldada como símbolo de la gobernanza, desbordó los diques de la paciencia y de la resignación del ciudadano del común, que hambriento, abandonado y desesperado, vio como el que dijeron Uribe y los gremios, ejerció sin vergüenza y hasta ahora, con impunidad, sus excelsas habilidades de “inoportunismo”, desconexión con la sociedad, ineficiencia y de arbitrario abuso del poder, empujando cada vez más, al ciudadano promedio, a los límites de la impotencia y la indignación, a punto tal que, la alcaldada de la reforma tributaria, disparó ese descontento acumulado, quizás desde 1977, expresado en las jornadas de protesta iniciadas en el 2018 y re editadas desde el pasado 28 de abril.
Tristemente, las alcaldadas del uribismo en el gobierno nacional, durante los últimos veinte años, conformaron un muy especial arquetipo de gobernanza, oficializada y copiada con orgullo por envalentonadas administraciones municipales y departamentales, en las que la disculpa del cumplimiento del deber, ha servido para justificar actuaciones administrativas inverosímiles, a la luz del sentido común y la debida consideración para con los miembros más humildes de la sociedad, tales como las cometidas por la administración municipal de Santander de Quilichao, cuando en cumplimiento ciego de las órdenes del uribismo, se dio a la tarea de vestir civiles con prendas similares a las de la policía para el control del orden público o como aquella del desalojo inhumano con negación de derechos laborales a confiados y solidarios cuidadores de un bien público, con el prurito de adelantar un proyecto de infra estructura de salud, cuya construcción aún esta lejana, dada su incipiente y poco segura financiación.
Pero, tal y como lo indica la definición del término alcaldada, ésta no es exclusiva de alcaldesas o alcaldes; es extensiva a gobernaciones, como aquella cometida por la administración departamental del Cauca, al permitir el traslado de la oficina del IGAC* a Popayán, con el resultado de pérdida de empleos en Quilichao, pero sobre todo, con el entorpecimiento de la función pública de ese instituto, con graves afectaciones para los usuarios del norte del departamento, mientras inauguraba una sede alterna de la gobernación en un bien arrendado, en el que normalmente no funciona nada, en tanto que una edificación de la gobernación funcionan emprendimientos privados.
Afortunadamente, la mal llamada generación de cristal, nos ha dado esa conveniente bofetada de dignidad y de memoria histórica, que ha empezado a correr el velo de la amnesia artificial, impuesta por gobiernos y medios afines, durante tantos años. En este orden de ideas y de acciones, se hace necesario entonces, empezar a transitar la ruta de la crítica y la auto crítica, esto es, la juiciosa evaluación de las responsabilidades históricas de toda la clase dirigente, impuesta y/o elegida por la, también responsable, sociedad colombiana, durante los últimos años, para ir cortando de raíz la larga cadena de alcaldadas, con la que se ha construido la historia republicana de Colombia.
Es tiempo de apelar a la tolerancia cero, la intransigencia y el absoluto reproche de la sociedad, hacia todos aquellos comportamientos y actos administrativos, que coincidan con la torpeza, la ineficiencia, la desconexión, la arbitrariedad, la inhumanidad o la necedad, ordenados o desplegados tanto por mandatarios (as) locales, departamentales o nacionales, como por sus subalternos y colaboradores. El reproche social a tiempo de las alcaldadas, sería el aporte necesario para ir avanzando en la construcción de una sociedad justa, incluyente y democrática que garantice el buen vivir de la sociedad.












