Por: Omar Orlando Tovar Troches – ottroz69@gmail.com
Antes de que se acuse al autor de estas líneas de insensibilidad u oportunismo, es importante aclarar que estas reflexiones buscan ofrecer una perspectiva distinta a la narrativa de la oposición, que a veces, en su discurso, predica buenas formas en política, pero actúa de manera contradictoria al despreciar e insultar al gobierno y sus aliados.
El reciente atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay y los persistentes ataques de grupos armados ilegales en el suroccidente colombiano han desatado una intensa batalla narrativa. En este contexto, surge la posibilidad de que sectores de la derecha colombiana estén empleando una estrategia mediática basada en la desinformación y el terror psicológico, en línea con el concepto de «tercerización de la guerra asimétrica» descrito por Raúl Zelik (2011)[1], con el objetivo de nublar, mediante el miedo, el entendimiento público sobre el origen y los fines de la violencia actual para allanar el camino de retorno a las políticas de «mano dura» asociadas al uribismo (2002-2022), con miras a las elecciones de 2026.
La cobertura sobre el atentado al senador Turbay evidencia una campaña de terror mediático: magnifica los actos violentos para presentarlos no como hechos aislados, sino como prueba de un “retorno del terrorismo” o “fracaso del gobierno’”, al omitir factores históricos y sociales, descontextualiza la violencia, pintándola como un fenómeno monolítico y omnipresente que genera una sensación artificial de caos inminente.
Echando mano al reencauche conceptual (cuando no plagio) de la noción de Guerra Asimétrica publicitado por ideólogos de la derecha como Fabio Echeverry o el Mismo José Obdulio Gaviria, las élites tradicionales de colombiana, a través de sus medios de comunicación orgánicos y sus voceros políticos (de derecha pura y de centro) buscan vincular rápidamente cualquier acto violento, sin pruebas concluyentes o investigaciones completas, directamente al actual gobierno nacional, acusándolo de complicidad, debilidad o incluso de pactos “tácitos” con los grupos ilegales. Esta narrativa ignora la naturaleza descentralizada y multifacética del conflicto colombiano.
Al impedir la comprensión clara de lo que está aconteciendo, por medio de la saturación mediática de noticias exageradas, descontextualizadas y a menudo falsas, las élites tradicionales logran que la sociedad no entienda claramente el origen y la finalidad de los actos violentos, ocultando interrogantes clave como ¿Quién se beneficia realmente del atentado contra Uribe Turbay? ¿Cuáles son las motivaciones económicas y territoriales detrás de los ataques en el suroccidente colombiano?
En este escenario, casi apocalíptico, planteado por la gran prensa y los partidos tradicionales se logra una sociedad desinformada y emocionalmente vulnerable, que se vuelve más receptiva a mensajes que prometen soluciones rápidas y drásticas, basadas en la fuerza y la seguridad, aunque estas políticas hayan demostrado limitaciones y efectos colaterales graves en el pasado. Apelando, en todo caso, a revivir el miedo profundo que caracterizó los peores años del conflicto, se trata de imponer un relato que sugiere que solo un «líder fuerte» y políticas de seguridad basadas en la fuerza bruta (como las del uribismo) pueden restaurar el orden, reforzando la falsa dicotomía: «seguridad uribista» vs. «caos petrista«.
La escalada violenta de grupos armados (buscando objetivos “políticos” o económicos sin responsabilidad directa) junto a la campaña mediática de desinformación, sugiere una tercerización de la guerra asimétrica (Zeli, 2011). Esta estrategia, como en tiempos de gobierno del uribismo, difumina actores y confunde motivaciones reales (¿económicas? ¿manipulación?) para presentar un “enemigo terrorista” genérico. Así se oculta a los beneficiarios del conflicto y se justifica el retorno a soluciones puramente represivas.
En síntesis, esta construcción mediática del terror cumple una función política precisa: generar la demanda social para resucitar el modelo de Seguridad Democrática, basado en la fuerza bruta y la descontextualización del conflicto. Todo el despliegue mediático de incapacidad del actual gobierno hace parte de una serie de piezas comunicacionales que han buscado presentar como solución única lo que fue parte del problema. El éxito de estas narrativas significaría el triunfo del voto del miedo en 2026, perpetuando un ciclo donde la violencia real, y su narrativa tergiversada, solo sirve a intereses de las élites. La tercerización del miedo, parafraseando a Zelik (2011), se convierte así en herramienta electora.
[1] Zelik, Raúl. (2011). La Guerra Asimétrica. Una lectura crítica de la transformación de las doctrinas militares occidentales. Estudios Políticos, 39, Instituto de Estudios Políticos, Universidad de Antioquia, (págs. 168-195).













