Discurso del Papa Francisco durante visita de Estado en Casa de Nariño.

Papa Francisco en casa de nariño
Señor Presidente,
Miembros del Gobierno de la Republica y del Cuerpo Diplomático, Distinguidas Autoridades,
Representantes de la sociedad civil,
Señoras y señores.
Saludo cordialmente al Señor Presidente de Colombia, Doctor Juan Manuel Santos, y le agradezco su amable invitación a visitar esta Nación en un momento particularmente importante de su historia; saludo a los miembros del Gobierno de la Republica y del Cuerpo Diplomático. Y, en ustedes, representantes de la sociedad civil, quiero saludar afectuosamente a todo el pueblo colombiano, en estos primeros instantes de mi Viaje Apostólico.
Vengo a Colombia siguiendo la huella de mis predecesores, el beato Pablo VI y san Juan Pablo II y, como a ellos, me mueve el deseo de compartir con mis hermanos colombianos el don de la fe, que tan fuertemente arraigo´ en estas tierras, y la esperanza que palpita en el corazón de todos. Solo así´, con fe y esperanza, se pueden superar las numerosas dificultades del camino y construir un País que sea Patria y casa para todos los colombianos.
Colombia es una Nación bendecida de muchísimas maneras; la naturaleza prodiga no solo permite la admiración por su belleza, sino que también invita a un cuidadoso respeto por su biodiversidad. Colombia es el segundo País del mundo en biodiversidad y, al recorrerlo, se puede gustar y ver que´ bueno ha sido el Señor (cf. Sal 33,9) al regalarles tan inmensa variedad de flora y fauna en sus selvas lluviosas, en sus paramos, en el Choco´, los farallones de Cali o las sierras como las de la Macarena y tantos otros lugares. Igual de exuberante es su cultura; y lo más importante, Colombia es rica por la calidad humana de sus gentes, hombres y mujeres de espíritu acogedor y bondadoso; personas con tesón y valentía para sobreponerse a los obstáculos.
Este encuentro me ofrece la oportunidad para expresar el aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación. En el último año ciertamente se ha avanzado de modo particular; los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. Trabajo que nos pide no decaer en el esfuerzo por construir la unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común. Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses solo particulares y a corto plazo. Cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 67).
El lema de este País dice: «Libertad y Orden». En estas dos palabras se encierra toda una enseñanza. Los ciudadanos deben ser valorados en su libertad y protegidos por un orden estable. No es la ley del más fuerte, sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos, quien rige la convivencia pacífica. Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa armonía y ayudar a superar los conflictos que han desgarrado esta Nación por décadas; leyes que no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad sino del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia. Solo así´ se sana de una enfermedad que vuelve frágil e indigna a la sociedad y la deja siempre a las puertas de nuevas crisis. No olvidemos que la inequidad es la rai´z de los males sociales (cf. ibíd., 202).
En esta perspectiva, los ánimo a poner la mirada en todos aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no cuentan para la mayoría y son postergados y arrinconados. Todos somos necesarios para crear y formar la sociedad. Esta no se hace solo con algunos de «pura sangre», sino con todos. Y aquí´ radica la grandeza y belleza de un País, en que todos tienen cabida y todos son importantes. En la diversidad esta´ la riqueza. Pienso en aquel primer viaje de san Pedro Claver desde Cartagena hasta Bogotá´ surcando el Magdalena: su asombro es el nuestro. Ayer y hoy, posamos la mirada en las diversas etnias y los habitantes de las zonas más lejanas, los campesinos. La detenemos en los más débiles, en los que son explotados y maltratados, aquellos que no tienen voz porque se les ha privado de ella o no se les ha dado, o no se les reconoce. También detenemos la mirada en la mujer, su aporte, su talento, su ser «madre» en las múltiples tareas. Colombia necesita la participación de todos para abrirse al futuro con esperanza.
La Iglesia, en fidelidad a su misión, esta´ comprometida con la paz, la justicia y el bien de todos. Es consciente de que los principios evangélicos constituyen una dimensión significativa del tejido social colombiano, y por eso pueden aportar mucho al crecimiento del País; en especial, el respeto sagrado a la vida humana, sobre todo la más débil e indefensa, es una piedra angular en la construcción de una sociedad libre de violencia. Además, no podemos dejar de destacar la importancia social de la familia, sonada por Dios como el fruto del amor de los esposos, «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros» (ibíd., 66). Y, por favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida, de humanidad, de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, si´ que comprenden las palabras del que murió´ en la cruz —como dice la letra de vuestro himno nacional—.
Señoras y señores, tienen delante de si´ una hermosa y noble misión, que es al mismo tiempo una difícil tarea. Resuena en el corazón de cada colombiano el aliento del gran compatriota Gabriel García Márquez: «Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera». Es posible entonces, continua el escritor, «una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra» (Discurso de aceptación del premio Nobel, 1982).
Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza… La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más. Y quise venir hasta aquí´ para decirles que no están solos, que somos muchos los que queremos acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un aliciente para ustedes, un aporte que en algo allane el camino hacia la reconciliación y la paz.
Están presentes en mis oraciones. Rezo por ustedes, por el presente y por el futuro de Colombia.

Discurso del Presidente Santos durante visita de Estado del Papa Francisco.

Papa Francisco en casa de nariño1

“Bienvenido, caminante de la paz”, dijo el Presidente Santos al recibir al Papa Francisco en la Casa de Nariño, donde cumplió una visita en calidad de Jefe de Estado del Vaticano.

Bienvenida al Papa Francisco

Bogotá, 7 de septiembre de 2017

Su Santidad Francisco:

¡Con cuánta ilusión lo hemos esperado y con cuánta alegría le damos la bienvenida a nuestra querida Colombia!

Lo hago como Presidente de la república –en nombre de más de 49 millones de compatriotas– y lo hago también desde el fondo de mi corazón, como uno más que ha sido tocado por sus palabras y su ejemplo.

Gracias, Su Santidad, por venir a acompañarnos en este momento único de la historia de nuestro país.

Gracias, Su Santidad, por venir a confirmarnos en la fe, en la unidad y en el amor.

Gracias, Su Santidad, por invitarnos a ser defensores de la vida; a ser instrumentos de paz, tal como oraba –hace ocho siglos– Francisco, el santo de Asís.

Gracias, Su Santidad, por expandir el don de la misericordia, que nos mueve a la compasión frente al dolor y la experiencia del otro.

Gracias, Su Santidad, por traernos la fuente viva de la fe, el mensaje de Aquel que dijo: no hay que perdonar hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Gracias, Su Santidad, por recordarnos que hay que celebrar el regreso del Hijo Pródigo, no por sus actos, sino porque estaba perdido y lo hemos encontrado.

Sobre todo, gracias, Su Santidad, por venir hasta Colombia, a esta tierra fértil y hermosa, a acompañarnos, a estimularnos, a dar con nosotros EL PRIMER PASO HACIA LA RECONCILIACIÓN.

Nuestra sociedad ha logrado grandes cosas, comenzando por el fin del conflicto armado con la guerrilla más antigua y numerosa del continente.

Colombia es el único país del mundo donde hoy las armas se están cambiando por las palabras; donde las armas se destruyen y se funden para convertirse en monumentos a la paz.

Miles de vidas se han salvado, miles de víctimas se han evitado, pero nos falta dar ese paso renovador, ese primer paso que es el más importante de todos: el paso hacia la RECONCILIACIÓN.

De nada vale silenciar los fusiles, si seguimos armados en nuestros corazones.

De nada vale acabar una guerra, si aún nos vemos los unos a los otros como enemigos.

Por eso necesitamos reconciliarnos. Porque por más de medio siglo nos resignamos a la violencia en nuestro suelo, y sus cenizas –de rencor, de dolor, de venganza– todavía son brasas ardientes que debemos apagar.

Necesitamos vencer los odios con la fuerza maravillosa del amor.

Necesitamos ser capaces de perdonar y de pedir perdón.

Necesitamos reconciliarnos con nuestro medio ambiente, que también es un hermano nuestro, que es nuestra casa común.

Necesitamos –como usted lo ha dicho, Su Santidad–: “memoria, coraje y esperanza”.

Necesitamos recordar que cada uno –cada alma– tiene una misión en esta tierra, y que esa misión se cumple en todos los espacios de la vida: desde el hogar hasta la escuela, desde el lugar de trabajo hasta la misma sociedad.

Por eso esperamos y ansiamos sus palabras como la tierra sedienta añora el agua.

Y le agradecemos, Su Santidad, que lleve sus pasos y su prédica a lugares emblemáticos de nuestra patria, como esta capital de Bogotá, como Villavicencio, Medellín y Cartagena.

En Villavicencio no solo se encontrará con las víctimas de ese conflicto infame que hemos terminado, sino que beatificará a dos sacerdotes colombianos que fueron víctimas ellos mismos de la violencia.

¡Qué símbolo maravilloso! Su martirio se vuelve ahora signo de esperanza.

Su santidad Francisco:

Confiamos en que su visita abra el corazón y las mentes de los colombianos a la paz que viene de Dios y habita en el alma de los hombres… A esa paz que ahora estamos construyendo.

Queremos dar –con su aliento– EL PRIMER PASO.

Queremos reconciliarnos.

Queremos reconocernos en las diferencias y aceptar al otro, no como una carga, sino como un don… ¡un don de vida!

Bienvenido a Colombia, Su Santidad.

Bienvenido, caminante de la paz y del amor.

Humildemente pido para nuestro país y sus habitantes, su bendición apostólica.

Muchas gracias

¡Tu opinión es importante!