Por: Omar Orlando Tovar Troches – ottroz69@gmail.com-
De La Espriella es un muñeco de ventrílocuo manejado por agencias de inteligencia externas que no buscan el bienestar de Colombia sino el saqueo ordenado de sus recursos.
Al igual que millones de colombianos y colombianas decentes, este servidor contempla con espanto cómo, en cuestión de escasos meses, las reglas de nuestra democracia, que creíamos más o menos claras, han sido pisoteadas de manera descarada por una horda de políticos, empresarios y ciudadanos del común, ahora al servicio del presidente naranja, el AIPAC * y los neofascistas tecnócratas norteamericanos.
Ya no se trata de un cambio de gobierno cualquiera; lo que estamos observando es la entronización de un personaje que encarna, como pocos, el paso del bufete criminal a la casa de gobierno, con todo el descaro del que se sabe protegido por las mismas instituciones que debieron haberlo investigado. Me estoy refiriendo al indignante caso de Abelardo De La Espriella, declarado presidente electo de Colombia por un Consejo Nacional Electoral y una Registraduría que hoy, con razón, muchísimos colombianos consideramos capturados, cuestionados y carentes de legitimidad.
Quienes peinamos canas (o en mi caso particular, añoramos pelo) recordamos a Abelardo De La Espriella como un abogado estridente, hijo de un particular político de la costa norte colombiana, que defendía a capos del narcotráfico y asesoraba políticamente a estructuras paramilitares, para no mencionar sus excesos faranduleros de nuevo rico venido a más, en pleno alarde de la contracultura traqueta que se apoderó de amplios sectores de nuestra sociedad. Los integrantes del combo del ayer tenemos bien claro que su ejercicio profesional (¿?) no era, no ha sido y no es precisamente un ejemplo de comportamiento ético, sino una aduana en donde el dinero caliente encontró ropaje jurídico, para lo cual supo rodearse de políticos de peso pesado como el expresidente Álvaro Uribe y su sequito de aduladores.
Durante años ofició de vocero de los señores de la guerra y del narcotráfico, mientras se paseaba por los medios con una verborrea folclórica que le ganó el mote de farandulero. Yo me preguntaba entonces, como muchos, cómo una persona con esa trayectoria podía aspirar a un cargo de elección popular sin que la sola mención de su nombre provocara nauseas, risa o pena ajena en el electorado. Me pase de ingenuo u optimista: justamente esa mezcla de desfachatez, show y descaro resultó ser la llave maestra.
Lo que siguió es un libreto que ya hemos visto en otras latitudes. De La Espriella se fue construyendo una imagen de “hombre fuerte” que dice lo que otros no se atreven, que desafía a las élites (mientras pacta con ellas por debajo de la mesa, tal como también lo hizo Uribe Vélez) y que convierte la política en un reality show permanente. Lo increíble, lo verdaderamente escandaloso, es que el sello de “presidente electo” se lo dieron dos organismos que deberían ser garantes de la transparencia electoral. El Consejo Nacional Electoral y la Registraduría Nacional avalaron su triunfo en un proceso plagado de denuncias, con el Pacto Histórico y figuras como Iván Cepeda denunciando nulidades y señalando la captura de esos entes por parte de las mismas élites tradicionales. El resultado es una presidencia manchada de ilegitimidad de origen, montada sobre un fraude institucional que, por descarado, ya ni se molesta en esconderse.
Quiero detenerme en un hecho que para mí resume el talante de esta nueva era. En lugar de gobernar desde la Casa de Nariño o al menos simular respeto por los símbolos republicanos, el presidente ilegitimo se mandó construir una réplica de la Casa Blanca dentro de una guarnición militar en Barranquilla, con plata de la gente del Atlántico. ¡Ojo! Este acto circense no es un detalle menor: es una declaración de principios. Mientras sus seguidores, las hordas de “Firmes por la Patria”, repiten como máquinas de mensajes, que vienen a acabar con el derroche, su espurio mandatario se gasta millonadas en un capricho suntuario que evoca al poder imperial estadounidense y que, además, se levanta entre bayonetas.
Más allá de lo mañe de la construcción de esta réplica Temu de una casa presidencial, lo realmente llamativo es el mensaje que envía: “aquí no gobierna el pueblo; aquí mando yo, y lo hago con la fuerza militar como respaldo”. La estética kitsch y autoritaria no es casual: es la puesta en escena del hombre fuerte que desprecia la institucionalidad y el simbolismo patrio y que, por si quedaran dudas, piensa tomar posesión en un sitio distinto al señalado por la ley. ¿Para qué necesita el capitolio si tiene a los soldados y a las redes sociales?
Desde mi humilde punto de vista, esa decisión es una característica de la llamada derecha alternativa (libertaria), esto es, una declaración pública de que el ejecutivo deja de reconocer al legislativo como fuente de legitimidad y se proyecta como el único depositario del poder. Es la misma fórmula que vimos con Donald Trump en Estados Unidos, con Nayib Bukele en El Salvador y con Javier Milei en Argentina. En todos los casos, el showman funciona como el distractor perfecto mientras se ejecutan agendas que, si se discutieran con seriedad, provocarían una resistencia social inmediata.
Aquí no hay improvisación, es parte de una estrategia de la ultraderecha, en la que un líder histriónico, un personaje excesivo, es un operador político invaluable, ya que, mientras la gente está pendiente de su última incoherencia, de sus actuaciones teatrales en templos, iglesias, en redes sociales o de sus metidas de pata discursivas, fuera de cámara, quienes realmente mandan, toman las decisiones estructurales que entregan el país a los intereses de siempre.
A las pruebas me remito. Trump, con su retórica de reality show, desreguló las finanzas y fortaleció el complejo industrial-militar, Milei, disfrazado de león rugiente, entregó activos públicos a fondos transnacionales, Bukele, el dictador millennial que gobierna por redes, construyó un estado de control social totalitario mientras maneja en la opacidad los recursos públicos. De La Espriella, la copia tropical y barata de ese mismo molde, no es nada más que un muñeco de ventrílocuo manejado por agencias de inteligencia externas que no buscan el bienestar de Colombia sino el saqueo ordenado de sus recursos.
Aquí quiero hacer un llamado de atención sobre las estrategias de guerra cultural y las cortinas de humo, con las que la prensa aliada de los gremios y los intelectuales a sueldo nos manipulan. La derecha internacional no necesita convencer con argumentos: le basta con saturar el espectro cognitivo de la población. Nos bombardean con polémicas prefabricadas, con enemigos internos inventados, con discursos de odio que nos dividen y nos agotan. Mientras nosotros nos peleamos por lo que dijo o dejó de decir el mandatario ilegal e ilegítimo en un video viral, el poder real, es decir, la tecnocracia global que opera en las sombras va cerrando los negocios que convierten a Colombia en un vasallo del siglo XXI.
Me avergüenza y me duele escribirlo: Bienvenidos (as) a la Patria Milagro. Bajo este modelo, Colombia cumple tres funciones: extractivismo neocolonial (nos sacan los recursos naturales sin valor agregado), imposición de modelos de consumo que drenan la plata de la gente hacia corporaciones externas y una economía “vampiro” donde la élite criolla se contenta con las migajas mientras los grandes capitales se fugan.
En el campo político interno, la derecha de siempre, ahora sin el estorbo de un progre al mando del ejecutivo nacional de Colombia, seguirá en lo que han hecho durante más de 200 años… y para poder robar tranquilos seguirán usando a su prensa para crear cortinas de humo a la medida, como el caso de Angi Rodríguez o como el elaborado entrampamiento al presidente saliente para presionar su judicialización y extradición. La función del show es exactamente esa: crear una niebla informativa tan densa que el ciudadano común ya no sepa a quién creerle y termine por aceptar, con resignación, que “todos son iguales”, mientras el saqueo se perfecciona.
Sé que después de leer todo esto alguien podría caer en el pesimismo, sin embargo, la estructura criminal de poder que están montando es intrínsecamente inestable, ya que se sostiene sobre la desconfianza, el chantaje y la mediocridad y basta con que la ciudadanía recupere la capacidad de indignarse con decencia para que las cosas empiecen a cambiar.
No hablo de revoluciones de salón, sino de volver a la ética como práctica cotidiana. Es urgente fortalecer las veedurías ciudadanas, documentar cada irregularidad y elegir mejor en lo local, porque es en los concejos, las alcaldías, las asambleas departamentales y las gobernaciones en donde se reproduce el clientelismo que sostiene a estos personajes en el poder nacional. La próxima cita electoral local es el verdadero campo de batalla. Si no arrebatamos el control a los caciques de siempre, cada cuatro años volverán a vendernos un nuevo showman con distinto nombre, pero con la misma agenda de saqueo. La resistencia empieza por llamar las cosas por su nombre y por negarnos a que la farsa se convierta en nuestra nueva normalidad. Que nos escuchen bien: ni tigre, ni showman, ni reverendo, pastor o dictador, Colombia no se vende.
* El Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (AIPAC, por sus siglas en inglés) es un grupo de presión cuyo objetivo es mantener el apoyo estadounidense al Estado judío. https://elordenmundial.com/que-es-aipac/
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