Por: Omar Orlando Tovar Troches – ottroz69@gmail.com-
“Calumniad con audacia; siempre quedará algo”[1]
“¿Cómo podría un gran industrial tolerar que sus periódicos hicieran campaña contra un país con el cual acaba de firmar un fabuloso contrato?”[2]
Nos acostumbraron desde hace mucho tiempo, a aceptar sin objeción, casi como un dogma de fe, la existencia de un cuarto poder, adicional a los tradicionales tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), que conforman un estado. Este otro poder para-estatal, fue atribuido a la prensa por el político inglés Edmund Burke, quizás inspirado en Montesquieu.
El hecho es que, esta hiper valoración política del ejercicio profesional de los comunicadores, nos ha hecho perder de vista una de las labores originales, quizás la más importante, de lo que hoy entendemos como prensa, esto es, la de comerciar con la información, tarea que siempre han hecho las personas y empresas dedicadas a la información (la prensa) desde el siglo XVI, cuando ofrecían información sobre el precio de las mercancías en los puertos europeos, a cambio de algunas monedas.
Más allá del debate alrededor de si fue Burke, Macauly o Balzac, quienes encumbraron al ejercicio de comerciar con información al estatus de un poder público, la realidad es que, los acontecimientos, pero sobre todo, el continuo éxito económico de la actividad de informar, a cambio de dinero, les ha otorgado, tanto a periodistas, pero sobre todo, a las empresas de comunicación, la posibilidad de ocupar un pedestal, o mejor, una tribuna importante, para retomar a Macauly, en el ámbito de la cosa pública, en casi todos los países del mundo.
Colombia, obviamente, no ha sido la excepción. Salvo el ejercicio del primer periodista de Colombia, el cubano Manuel del Socorro Rodríguez, con su Aviso del Terremoto y la Gaceta de Santafé (1785), dedicadas a informar al público, sobre hechos de interés general, es posible afirmar que, tal y como lo señala el portal de la Red Cultural del Banco de La República: “El periodismo colombiano, desde siempre, ha estado muy ligado a hechos de índole política, pues siempre ha servido como vehículo de expresión de quienes se encargan del hacer político…”[3]
Así las cosas, no resulta difícil entender que, al menos, para el caso colombiano; al juntar la tarea original de la prensa (comerciar con información) con el poder económico de los actuales dueños de los medios de comunicación (la actual prensa) y la concesión fáctica de un poder político, que les fue asignada desde hace mucho tiempo atrás, se obtiene un ejercicio viciado del acto de informar, vulnerando, de paso, el derecho que tiene toda persona de buscar, recibir y difundir información.[4]
En este difícil escenario de usurpación del poder político de control y de sanción que originalmente reside en el soberano (el pueblo) o al menos por transferencia del poder, a través del voto, se les otorga, tanto al poder legislativo, como al ejecutivo y éstos, a su vez, le otorgan al judicial (dentro del que debería estar el disciplinario); la mal llamada “gran prensa nacional”, ha asumido desde los inicios republicanos de Colombia, el papel de fiscalización, veto y elección de los actores políticos.
Si bien es cierto que una de las tareas, supuestamente asignadas (no se sabe claramente por quién o quiénes) a la prensa, es la de fiscalizar lo público, a través de la investigación y la revelación de las pilatunas y/o delitos de cualquier miembro de la sociedad, en especial, de aquellos personajes de la vida pública; también lo es, el hecho de que el poder económico, pero sobre todo político, alcanzado por la llamada “Gran prensa nacional”, ha demostrado que tal ejercicio, no corresponde, la mayoría de las veces, a la sana y desinteresada acción de informar y fiscalizar, sino que se ha convertido en una estrategia política para defender intereses particulares.
En un país, como Colombia, con un muy endeble desarrollo industrial, en el que los grandes actores económicos, están más cerca del monopolio (agrícola, minero-energético, comercial y de comunicaciones), era muy factible que estos grandes actores económicos, empezaran a centrar su atención, no solo en patrocinar las campañas de la clase política tradicional de derecha, para que defendieran sus intereses en alguna de las tres ramas del poder público, sino que decidieron apostar por echarle mano al cuarto poder fáctico: La prensa.
En este nuevo escenario (nuevo para Colombia), el interés de los monopolios económicos nacionales, ahora globalizados, está puesto en implementar sus exitosas estrategias de mercadeo, a través de sus propios medios de comunicación, para disfrazar de información ( imparcial, objetiva y desinteresada) una pegajosa campaña publicitaria, para fidelizar oyentes, lectores y televidentes, en las nuevas causas nacionales: el fútbol, los programas de concurso (realities) y la defensa de los intereses de los nuevos pobres de la nación…, efectivamente, los pobres dueños de los monopolios y de los medios de comunicación.
No es de extrañar, entonces, que con la llegada del progresismo (que no socialismo ni mucho menos comunismo) al gobierno nacional, junto con sus anuncios de acortar, mínimamente, las inmensas brechas socioeconómicas que hacen de Colombia, uno de los países mas desiguales y pobres del mundo; se hayan disparado todas las alarmas de la avaricia y el egoísmo de los grandes capos de los gremios de la producción colombiana y como consecuencia de ello, hayan puesto en funcionamiento, una vez más, el ejercicio de informar de manera sesgada y/o engañosa al colombiano desinformado.
La desfachatez con la que la mal llamada “Gran prensa colombiana” ha asumido la orden, primero de hacer trizas la paz y ahora, de torpedear el gobierno del Pacto Histórico, ha llegado a puntos tan groseros, que el mismo presidente de la República ha tenido que salir a desmentir, públicamente, la sarta de mentiras diarias, con las que supuestamente informan a los colombianos, los dueños de los grandes medios de comunicación; el famoso Cuarto Poder.
[1]Francis Bacon en su obra, de 1625, ‘De la dignidad y el crecimiento de la ciencia’ (De Dignitate et Argumentis Scientiarum)
[2]Juan Daniel. director de la revista Francesa Le Nouvel Observateur.EL PAÍS-Le Nouvel Observateur. l7raducción: C. Scavino. 1987 en: https://elpais.com/diario/1987/09/13/opinion/558482409_850215.html
[3] Enciclopedia Red Cultural del Banco de La República. El periodismo en Colombia – Enciclopedia | Banrepcultural
[4] Derecho a la información. Derecho a la Información (mintic.gov.co)















