Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-
El politólogo y sociólogo Daniel Feierstein, en su análisis de 2025[1], define el fascismo no meramente como una ideología fija, sino como una práctica social específica que se caracteriza por la “utilización de la demonización de grupos minoritarios, la exacerbación y proyección de los odios de los sectores medios, proletarizados o excluidos y la movilización política activa de los mismos (movilización reaccionaria), en tanto estrategia para destruir la organización popular”. Esta definición no es una reliquia histórica; es el manual de operaciones perfectamente legible de la ultraderecha global actual, que está cosechando un peligroso éxito al secuestrar el profundo desencanto de las nuevas generaciones.
El modelo neoliberal, promocionado como el horizonte único tras la Guerra Fría[2], fracasó en cumplir sus promesas de bienestar material y espiritual para amplias mayorías. En su lugar, produjo precariedad laboral, desigualdad abismal, crisis climática y un vacío existencial alimentado por el consumismo. Este caldo de cultivo de frustración es el combustible que los nuevos arquitectos del fascismo del siglo XXI están explotando.
Siguiendo el guion del propagandista de Hitler, Joseph Goebbels, dirigen el odio y la ansiedad social (que son los productos legítimos del fracaso del capitalismo) no contra las élites financieras y las estructuras de poder que los causaron, sino contra chivos expiatorios fabricados: migrantes, comunidades LGBTQ+, feministas, pueblos indígenas, negros, campesinos, estudiantes, ambientalistas y, sobre todo, contra la “izquierda” o el “comunismo”, convertidos en significantes vacíos y satanizados que agrupan todos los males.
Esta manipulación es eficaz porque opera en un terreno abonado por una catástrofe cognitiva. El llamado “efecto Flynn inverso”[3] que señala un descenso medible en las capacidades de razonamiento abstracto y pensamiento crítico en poblaciones de varios países; señala que este fenómeno es la consecuencia de décadas de desinversión en educación pública de calidad y, crucialmente, de la colonización de la atención humana por plataformas digitales y narrativas mediáticas diseñadas para la fragmentación, la inmediatez y el engagement emocional sobre la profundidad. Las élites tecnocráticas y financieras, encabezadas por figuras como Peter Thiel en Silicon Valley, han comprendido que una población con su capacidad de análisis mermada es extraordinariamente vulnerable a relatos simplistas.
Así, el fracaso social del capitalismo se transforma, a través de la prensa corporativa, en la culpa de una “izquierda vandálica” incapaz, a la que se acusa de ser un obstáculo para el orden y el progreso. Esta narrativa omite con cinismo la evidencia histórica reciente. Son gobiernos de corte progresista y de izquierda en América Latina[4], como los de Lula da Silva, Néstor y Cristina Kirchner, Hugo Chávez, Evo Morales, José “Pepe” Mujica, Michelle Bachelet, Dilma Rousseff y Gustavo Petro, entre otros; los que han logrado las transformaciones sociales más profundas en la región en dos siglos.
A través de políticas de inclusión, redistribución, soberanía y reconocimiento, sacaron de la pobreza y la miseria extrema a decenas de millones de latinoamericanos, integrándolos a la economía formal, a la educación superior y a la vida ciudadana. Este éxito tangible es el hecho que el relato fascista debe borrar, porque demuestra que existen alternativas viables y humanizantes al fundamentalismo de mercado.
Hoy, esas mayorías conquistadas y una clase media desilusionada y aspiracional son el blanco del fascismo del siglo XXI que les ofrece una explicación fácil a su nueva inseguridad económica y a su malestar: la culpa es del “otro” interno (el pobre subsidiado, el migrante, etc.) y de la “ideología” que los defiende (el progresismo o la izquierda). Ejemplos claros de esta práctica en acción son los liderazgos de Javier Milei en Argentina, que desde un discurso libertario extremo promueve la demonización de la “casta” política, pero desmantela el Estado con una retórica de odio; Jair Bolsonaro en Brasil, que movilizó el odio contra todo lo que consideraba “comunismo” o “degeneración”; y Donald Trump en EE. UU., maestro en proyectar las frustraciones de un imperio en decadencia sobre migrantes y élites culturales, alabado e imitado por figuras como Nayib Bukele en El Salvador (con su populismo autoritario de mano dura), Daniel Noboa en Ecuador (apelando al miedo con su retórica belicista) y José Antonio Kast en Chile (con su fundamentalismo reaccionario).
En conclusión, frente a la arremetida de la ultraderecha, la izquierda debe afinar con urgencia y sin complejos su estrategia. Esto implica recuperar la narrativa, exponiendo el vínculo entre el malestar popular y las élites económicas, y reivindicando sus logros históricos de bienestar. Debe combinar pragmatismo en la gestión con una defensa intransigente de los derechos humanos y la justicia social, sin ceder ante la demonización. Es crucial innovar en la comunicación digital, creando contra narrativas pedagógicas que fomenten el pensamiento crítico y ofrezcan esperanza concreta. Asimismo, debe fortalecer alianzas amplias con las organizaciones sociales de base urbanas y rurales para tener serias posibilidades de tener triunfos electorales importantes que le den acceso al poder político administrativo en todos los niveles estatales y territoriales, a partir de la defensa de lo público como trinchera ante la ola privatizadora.
La izquierda es el único proyecto genuinamente humanizante en un mundo que se acerca a una distopía de alienación, tipo Matrix, controlada por élites que instrumentalizan el fascismo. La batalla final es por la capacidad de pensar, de solidarizarse y de imaginar un futuro común, donde la práctica de la emancipación sea el antídoto definitivo contra el fascismo del siglo XXI.
[1] El fascismo del siglo XXI – El Dipló
[2] Después de la guerra fría se ha recuperado al hombre en su integridad. Esto sólo ha sido posible por el hundimiento del comunismo y el triunfo de la democracia liberal. Francis Fukuyama (1992) en El Fin de la Historia y el Último Hombre.
[3] EFECTO FLYNN INTELIGENCIA | ¿Somos cada vez más tontos?: el ‘efecto Flynn’
[4] No se menciona el indiscutible éxito del Modelo Chino por tener contextos históricos, geográficos y culturales distintos a los de la llamada América Latina.














