Por: Omar Orlando Tovar Troches
La campaña de Cepeda representa una elección estratégica de superioridad Moral . Rechazar la «patanería», el lenguaje violento y las alianzas inescrupulosas con sectores tradicionales no fue un error por «falta de recursos», sino un acto de coherencia necesaria
Tengo que confesar públicamente que cada vez que veo a un candidato rugir, bailar, empuñar una motosierra como si fuera un objeto sagrado o lanzar un saludo militar en tono fascistoide sobre un escenario, siento una mezcla de vergüenza ajena y terror democrático. El miedo a estas poses teatrales no debe quedar como una simple reacción anecdótica en redes sociales; debe preocupar seriamente porque es el síntoma más visible de que la política ha dejado de ser el arte de gobernar para convertirse en un triste zoológico mediático, en donde los rugidos y los ademanes machistas valen más que las propuestas.
Las élites nos impusieron la era de la teatralización del poder. Convirtieron el debate programático, en el que dos adversarios contrastaban modelos de salud o sistemas tributarios, en una puesta en escena audiovisual diseñada para cerebros entrenados en la gratificación instantánea de TikTok, Instagram o los realities de Laura en América. Esta transformación de la política no fue un accidente; se trata de una reingeniería calculada por los poderes económicos para mantener y/o reforzar una narrativa, en la que las élites cambiaron el argumento racional por la mercadotecnia emocional, estabilizando su control mientras la ciudadanía aplaude como quien ve un capítulo más de su serie favorita en Netflix.
Para entender cómo fue que llegamos a este circo, hay que apelar a una especie de sicoanálisis histórico, retrocediendo hasta la raíz del desencanto. Lo primero que se encuentra en esta regresión es que el neoliberalismo que nos vendieron como el “Fin de la Historia” resultó ser un paraíso fraudulento, tal como las milagrosas ganancias del modelo DMG (del que De La Espriella fue abogado) y todas las pirámides que desplumaron a los incautos a comienzos del siglo XXI. La mano invisible del mercado se esfumó en cuanto los bancos quebraron y entonces, la misma casta que predicaba el Estado mínimo corrió a socializar pérdidas con dinero público.
Siguiendo con la regresión colectiva, es importante mencionar que en esa especie de ensoñación consumista de los años noventa del siglo pasado, las burbujas “punto com” y la crisis hipotecaria nos dejaron una lección amarga: El recién estrenado modelo libertario solo era libre para las ganancias y estatal para las deudas. Sobre ese cadáver ideológico floreció la ola progresista y la izquierda en América Latina y con ella en el poder de varios países, se produjo una reducción inédita de la pobreza extrema, no por la mano invisible del mercado, sino por la intervención seria y racional de los Estados en el ámbito social. Pero las élites aprendieron rápido: si no podían vencer por la vía del bienestar, lo harían privatizando lo público y capturando la narrativa, hasta convertir al Estado en un ente “delincuencial y paquidérmico” al que la gente teme en lugar de exigirle derechos.
Aquí entra en escena un personaje crucial para este drama: La clase media emergente, esa que salió de la pobreza gracias a políticas estatales y educación pública, pero que hoy sufre lo que llamo el “Síndrome de Doña Florinda”, caracterizado por una situación en la que amplios sectores de la sociedad ya no son pobres que necesitan asistencia, pero están lejos de ser élites con capital. En esta situación, muchos ciudadanos y ciudadanas se encuentran atrapados en un limbo aspiracional, rechazan la solidaridad fiscal, odian los impuestos y asumen como propios los intereses de las castas superiores. Es precisamente esta desconexión de clase, el escenario perfecto para que la tecnocracia ejerza su manipulación mediática, mediante la imposición y repetición constante de narrativas consumistas que transforman el voto en un acto de identificación con el “león” o el “tigre”, no con un proyecto colectivo.
Y entrados en el escenario de las bestias mediáticas, llegamos al corazón del espectáculo multimedia: Entra en escena el político que ya no es líder sino un showman, un malabarista, un influenciador o cuando menos, un tik toker con demasiados seguidores. Donald Trump y Javier Milei instauraron un estándar de interpretación escénica violenta que el contexto colombiano, pero, sobre todo, la contra cultura narco adoptó como suya con entusiasmo. Milei se proyectó como un león; nuestro flamante presidente electo, Abelardo de la Espriella, como un tigre, en una decisión que no puede ser entendida como una anécdota folclórica, toda vez que esta simbología animal apela a una masculinidad atávica, a la ferocidad del “macho alfa” que promete destripar a sus enemigos mientras la sociedad, asustada y con memoria cortoplacista, busca desesperadamente un salvador con garras.
Hay que tener en cuenta que esta identidad “Therian” (un comportamiento viralizado en redes sociales en las que supuestamente algunas personas se perciben a ellas como animales) elevada a estrategia política, persigue un triple objetivo: negar la verdadera identidad partidista (la paradoja del “outsider” financiado por la casta), sustituir propuestas por actuaciones (motosierras, bailes, montajes de inteligencia artificial) y construir un enemigo interno al que culpar de todos los males, todo con tal de alcanzar una peligrosa propuesta de gobierno autoritario disfrazada de rebeldía de moda en redes sociales.
En Colombia, este retroceso democrático y social tuvo su origen en el tránsito que hizo la derecha, al pasar del camandulerismo violento de Álvaro Uribe Vélez, pasando por la sofisticada “Tercera Vía” de Juan Manuel Santos, hasta al radicalismo de De la Espriella, en un proceso que debería quitarnos el sueño, dados los resultados que ya se ven en Argentina, EE. UU. y lo que se vivió en Colombia durante los gobiernos uribistas (Uribe x2, Santos x2 y Duque). El temor no debe estar fundado en la pobreza del discurso de De La Espriella, sino porque su victoria se cimenta sobre arenas movedizas: La estigmatización de la pobrecía con denuncias de voto fusil, la normalización de la ilegalidad que figuras del establecimiento justifican cínicamente como algo “normal” y la manipulación tecnológica con ejércitos de bots e inteligencia artificial que distorsionan la voluntad popular, mientras el nuevo gobierno promete “destripar” a la oposición, en una evocación tenebrosa del patriarcalismo más violento de nuestra historia.
Como si no fuera tenebroso el panorama ofrecido por la “Nueva Derecha Mediática”, aparece un nuevo escenario en el que el mayor peligro para quienes soñamos con una alternativa real no está en la derecha Therian, sino en nosotros mismos, cuando nos arriesgamos a caer en la trampa de la simetría, es decir, intentar vencer al showman convirtiéndonos en una caricatura de sus rugidos, corriendo el riesgo de un suicidio estratégico. ¿De qué sirve ganar elecciones si para hacerlo debemos volvernos idénticos a aquello que combatimos?
Por eso reivindico la campaña de Iván Cepeda como un acto de superioridad moral, que tuvo su materialización en su constante rechazo a la patanería, al lenguaje violento y las alianzas inescrupulosas. Tiene que ser claro para quienes creemos en la decencia que no fue un error por falta de recursos, sino una elección estratégica de dignidad, porque ganar convertido en el enemigo destruye el norte ético sin el cual ninguna reforma real es posible. Esta apuesta ética también es aplicable para quienes aún esperan salvadores individuales: la historia nos grita que el culto a la personalidad sea Hitler, Mussolini, Franco, Uribe, De La Espriella, o cualquier otro u otra, irremediablemente termina en tragedia.
La política debe recuperar su carácter de servicio y de profunda dignidad humana, por lo tanto, frente al espectáculo del tigre y el león, frente a la mentira manipulada y amplificada por la tecnocracia, nuestra única herramienta de resistencia sigue siendo la verdad contrastada, la organización colectiva desde la base ética y la certeza inquebrantable de que rugir no es gobernar. El día que olvidemos eso, la política convertida en zoológico nos habrá devorado por completo.
Adenda: RESISTENCIA CIVIL frente a la ilegitimidad de Abelardo.
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