Por: Omar Orlando Tovar Troches -ottroz69@gmail.com-
La obra de Javier Giraldo vive en las comunidades.
Permanece en los archivos de Noche y Niebla. Late en el ejemplo de quienes, en el terremoto, ayudaron sin pedir permiso, ni nada a cambio.
Tan pronto tuve conocimiento del fallecimiento del padre Javier Giraldo, el pasado 25 de agosto, lo primero que sentí fue una especie de incredulidad y una sensación de abandono, como cuando parte un amigo. Luego, al abrir los portales de la prensa colombiana, se me encendió una indignación que todavía me quema, al constatar mis viejas sospechas alrededor de la mezquindad de la derecha colombiana y sus medios. La incomodidad no era solo que se hubiera ido uno de los colombianos más valientes, coherentes y comprometidos con las víctimas del conflicto armado; era porque la mal llamada gran prensa tradicional de Colombia lo despedía con una indiferencia que rayaba en el desprecio.
Ahora, con algo más de calma, me doy cuenta de que este comportamiento de la prensa y de una parte de la sociedad colombiana, no es para sorprenderse. Llevo años viendo cómo los grandes medios minimizan o ignoran a quienes incomodan al establecimiento y como inducen a los y las paisanas despistadas a lo mismo. Pero, la verdad, es que esta vez, el asunto es más grosero, porque la partida de Javier Giraldo merecía portadas, editoriales, especiales, horas de radio y televisión. Lo que se vio y oyó fue un lánguido conjunto de notas breves, escondidas, a veces redactadas con una frialdad propia de la sociopatía que nos ha impuesto la derecha y sus medios. Para la muestra, un botón: el diario El Colombiano, ese periódico uribista de Antioquia que tantas veces lo estigmatizó en vida, subtituló la crónica de su fallecimiento con una frase que lo decía todo: “El sacerdote fue cercano a sectores de la izquierda del país”. Esa era su manera de despedirlo, no como a un defensor de derechos humanos, sino como a un sospechoso. No como a un jornalero de la paz, sino como a un aliado de los malos.
Javier Giraldo no fue un hombre de escritorio ni de sacristía. Fue un jesuita que decidió vivir el Evangelio en los territorios más golpeados por la guerra, al lado de los despreciados, los perseguidos, los olvidados. Nació en 1944, se formó en Filosofía y Teología en la Javeriana y luego profundizó sus estudios en la Sorbona de París. Pero su verdadera universidad fue el dolor de Colombia. En 1988, cofundó el CINEP y desde allí impulsó la revista Noche y Niebla, un nombre que aludía al decreto del Tercer Reich y que se convirtió en el registro más sistemático y riguroso de asesinatos, desapariciones forzadas, desplazamientos y amenazas cometidas por paramilitares, guerrillas y agentes del Estado. Nadie en Colombia documentó la guerra con tanto rigor técnico y tanta humanidad.
Quizás, el aspecto más relevante de la vida del padre Giraldo, fue su vínculo con la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, mediante el cual, él mismo, pero, sobre todo, las víctimas de la guerra en Colombia se plantaron, firmes y sin agacharse, frente a todos los actores armados. Esta dedicación suya a las víctimas y a la construcción de paz fue resaltada por intelectuales ilustres como Alfredo Molano, ese cronista que supo ver la Colombia profunda, quien lo describió como el “más valiente acusador de altos oficiales del Ejército Nacional” por crímenes de lesa humanidad. Y tenía razón, pero hay que añadir que Giraldo señaló por igual a paramilitares, a guerrilleros, a agentes del Estado y a militares.
Otro hecho que marcó la ruta vital de Javier Giraldo fue el asesinato de Mario Calderón y Elsa Alvarado en 1997, en pleno corazón de Bogotá, tal vez, el golpe más devastador de su vida, porque eran sus amigos más íntimos. Los mataron en el apartamento de Chapinero, junto al padre de ella. Desde entonces, la búsqueda de justicia se volvió una obsesión personal. Denunció las mentiras oficiales, las dilaciones, la impunidad. Y nunca dejó de exigir verdad, la paz y la reconciliación, a punto tal que, hasta el final de sus días, a comienzos de 2026, participó en la entrega de los restos óseos del cura Camilo Torres, un acto de memoria que él entendía como un deber ético.
Ahora bien, volviendo a la desazón con los medios y la Colombia despistada, a la pregunta: ¿por qué la prensa tradicional colombiana le dio tan poca importancia a su muerte? La respuesta es incómoda, pero necesaria. Porque Javier Giraldo hacía parte de la conciencia crítica de un país que prefiere no mirarse al espejo. Porque su vida y su obra fueron un acto de denuncia permanente contra los poderes económicos, políticos y militares que han sostenido la guerra. Porque nunca se vendió, nunca se arrodilló, nunca aceptó las etiquetas que le quisieron imponer.
Resulta clara, entonces, la negativa de la prensa de derecha a resaltar la figura del padre Giraldo, toda vez que, los grandes medios, alineados con los gremios y con los sectores que hoy gobiernan, lo vincularon una y otra vez con la izquierda, cuando no con las guerrillas. Lo estigmatizaron, lo silenciaron, lo redujeron a una caricatura. Y cuando murió, no tuvieron el coraje de reconocer su grandeza. Prefirieron el silencio. O peor: la nota breve, el subtítulo malicioso, la despedida sin honor.
Mientras tanto, la agenda informativa de esos mismos medios ha dedicado portadas y horas enteras a la muerte de figuras de la farándula anglosajona. Dolly Parton, Tim Curry, personajes que tal vez entretienen, pero que nada tienen que ver con la historia de Colombia, recibieron más espacio y más homenajes que el hombre que impulsó la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, un ejemplo mundial de resistencia civil y resiliencia de las víctimas. ¿Cómo se explica semejante despropósito? Solo hay una respuesta: los dueños y directores de los grandes medios se alinearon con la orden de Abelardo De La Espriella de acabar con la paz en Colombia.
Este accionar de la prensa de siempre y el silencio grosero de buena parte de la sociedad colombiana duele. Particularmente, como opinador y colombiano, ver cómo la prensa nacional trata de enterrar la memoria de un hombre que transformó el dolor de las víctimas en un registro ético e histórico imposible de borrar, resulta insoportable. Pero también sé que, a pesar del silencio de los grandes medios, la obra de Javier Giraldo sigue viva. Está en las comunidades que lo amaron, en los archivos de Noche y Niebla, en la conciencia de quienes lo escucharon y en el ejemplo de quienes hoy, en medio de esta Colombia herida por el terremoto, salen a ayudar sin pedir nada a cambio.
Adenda: Comparto con el apreciado lector o lectora una nota que me hicieron llegar mis hermanos y hermanas de Nuestra Memoria Colectiva:
El testamento que dejó Javier sobre la manera que debíamos proceder en su Partida:
“En cualquier circunstancia que se produzca mi muerte, solicito que mi cuerpo sea cremado inmediatamente después de morir y las cenizas sumergidas discretamente, sin ceremonia ninguna, en alguno de nuestros grandes ríos que han servido de morada final a tantos millares de víctimas anónimas de la violencia. Igualmente solicito que se me permita morir en silencio, sin biografías ni artículos necrológicos y sin homilía en la austera eucaristía funeral”.
(Padre Francisco de Roux)














