Por: Rudolf Solano A.
-Cuando yo nací, en 1977, el conflicto armado de mi país ya era un adulto irresponsable. Había cumplido 28 años y caminaba campante por el campo colombiano y se metía en las ciudades, dejando heridas que aún no cierran. Recuerdo que cuando niño, las palabras: Guerrilla, toma, insurgencia, ejército, masacre, balacera y muerte eran tan comunes para mí, como mis pedidos de dulces o juguetes a mis padres. Como hijo del conflicto, habitante de la violencia que, en mi concepción de país, ha sido eterna, no pretendo explicar todo, yo creo que nadie en Colombia puede hacerlo, sino mostrarles cómo lo hemos contado, sentido y olvidado, cuál ha sido el papel de los medios de comunicación y de la opinión pública en la manera como los colombianos entendemos y tomamos partido en el conflicto, sí, porque en este desangre nacional todos tenemos algo que ver, por acción, omisión, complicidad, mera desidia o participación directa. De antemano, estimado lector, pido disculpas si en algún momento me nota emotivo, pero es imposible no estarlo cuando he crecido en un charco de sangre que me duele.
No es fácil contar algo que uno ha vivido sin del todo entenderlo. Uno crece con la guerra como si fuera parte de la geografía. No se cuestiona: simplemente está ahí. Uno aprende a convivir con ella, como con el polvo, como con las promesas incumplidas de los políticos. Y cuando finalmente intenta nombrarla, lo asaltan las voces de otros, los discursos oficiales, las noticias que uno consumió por años sin preguntarse si eran ciertas, si estaban completas, si alguien fue silenciado en el camino. Yo crecí creyendo lo que me dijeron: que había unos malos y unos buenos, que el Estado siempre tenía razón, que el ejército nos protegía y que los que reclamaban tierras o justicia eran revoltosos, o peor aún, cómplices de la insurgencia. Esa idea se sembró hondo. Se volvió parte de lo que uno era. Tal como lo explica Noelle-Neumann (1993, como se cita en El análisis de la
opinión pública, p. 45, apartado “La espiral del silencio”), muchas veces callamos
opiniones disonantes por miedo al aislamiento social.
Y es que los medios de comunicación no fueron neutrales. Nunca lo han sido, en realidad. En Colombia, durante décadas, fueron los encargados de armar el relato oficial. De contarnos quién era el enemigo, qué era la patria, y por qué había que desconfiar del vecino si hablaba diferente, si se vestía diferente, si pensaba diferente. En los años noventa, cuando yo ya tenía edad para entender algo más, los noticieros mostraban
masacres como si fueran estadísticas. Decían “fueron dados de baja siete subversivos” y uno pensaba que todo estaba bien. Que eso era normal. Que así se ganaba la paz. Pero no se hablaba de los campesinos desplazados, de los niños reclutados, de las mujeres
violadas en medio del fuego cruzado. Eso lo supe mucho después. Lo supe cuando empecé a escuchar otras voces. Las que no salían en televisión. Como explican McCombs y Shaw (1972, como se cita en El análisis de la opinión pública, p. 36,
apartado “La teoría del agenda-setting”), los medios no nos dicen qué pensar, pero sí
sobre qué pensar, y eso, en una guerra como la nuestra, termina marcando todo.
La opinión pública, esa que tanto se invoca en los debates, también fue víctima y a la vez cómplice. Porque nos formaron una idea del conflicto desde el miedo y la comodidad.
Nos dijeron que lo mejor era no meterse, que era más seguro no opinar. Y muchos
crecimos repitiendo frases sin saber qué significaban. “Algo habrán hecho”, “es que en este país no se puede pensar diferente”, “eso es pura guerrilla disfrazada de líderes
sociales”. Las dijimos, o las escuchamos, o las dejamos pasar sin decir nada. Eso también es tomar partido. Eso también es conflicto. En palabras de Lippmann (1922, como se cita en El análisis de la opinión pública, p. 32, apartado “Opinión pública como construcción simbólica”), la opinión pública se forma más por las imágenes que tenemos en la cabeza que por hechos concretos.
Pero algo empezó a cambiar, muy de a poquitos, cuando las voces de los que nunca habían sido escuchados empezaron a colarse por las rendijas. No fue de un día para otro, no fue masivo ni glorioso, fue casi en silencio, pero pasó. Las víctimas empezaron a hablar. A contar. A llorar frente a una cámara o a un micrófono que, por primera vez, no las cortaba. Y ahí fue cuando todo se empezó a mover. A tambalear, más bien. Porque escuchar de frente a una madre que enterró a su hijo con miedo, o a un campesino al que le quemaron la finca porque estaba en “zona roja”, ya no permitía la misma indiferencia. A mí el informe de la Comisión de la Verdad me pegó como un ladrillo en la espalda. No porque dijera cosas nuevas —yo ya había leído muchas de esas historias—, sino porque las juntaba todas y las lanzaba como un espejo. Uno que te obliga a verte. A preguntarte en qué momento creíste que eso no tenía que ver contigo.
Y no, no todos lo recibimos igual. Vi gente que lloró de verdad, en silencio, sin saber muy bien por qué. Otros se quedaron callados, como si algo les hubiera tocado por dentro pero no supieran ponerle nombre. Y también vi lo otro. Las burlas. Los comentarios
venenosos. Los ataques que dolían más que lo que decía el propio informe. “Eso es puro show”, decían por ahí. “Ese documento es pura propaganda”, gritaban, muchos sin haberlo leído. Y uno ya sabe cómo es: si la verdad no encaja con lo que usted cree, la desecha. Le echa tierra. O se ríe de ella para no incomodarse. En Colombia, más que rechazar el pasado, parece que nos da miedo que nos lo cuenten distinto. Porque eso significa que tal vez no fuimos tan inocentes. Que tal vez no fuimos solo espectadores.
Y con las redes, mire… yo ya no sé si eso fue bendición o castigo. Todo pasa tan rápido que a uno no le da tiempo ni de procesar lo que siente. Es como si nos hubieran dejado el país en modo repetición, pero con el botón de adelantar pegado. Todo el mundo opina, todo el mundo tiene voz, y eso en teoría suena bonito… pero en la práctica, a veces es un desastre. Hoy cualquiera dice lo que quiere —lo que le dé la gana, incluso—, y si tiene suficientes seguidores, eso ya es palabra santa. No importa si es cierto, si está manipulado, si alguien está siendo humillado. Ya no se verifica, ni se duda, ni se piensa. Se comparte. Se comenta. Se insulta. Y así, en medio de tanto ruido, verdades a medias, mentiras descaradas, y chismes mal contados se van convirtiendo, sin que nadie lo note, en lo que llamamos opinión pública. Charaudeau (2009, como se cita en El análisis de la opinión pública, p. 52, apartado “Opinión, discurso y medios”) advierte que los discursos que circulan en los medios construyen una realidad simbólica, no necesariamente verificada, pero sí creída colectivamente.
Y eso tiene un peso. Porque esa opinión, así esté mal informada o armada a punta de emociones crudas, termina influyendo. Termina decidiendo quién es la víctima y quién no, quién merece justicia y quién mejor que se calle. A veces basta con que alguien diga las cosas con tono de autoridad, o que le ponga una canción triste de fondo a un video, y ya. Ya hay un relato andando. Otro más. Y uno se pregunta, con un nudo en la garganta:
¿quién está guiando de verdad esta conversación? ¿El que más sabe? ¿El que más ha vivido? ¿O simplemente el que grita más fuerte?
Sí, también hay cosas buenas, no voy a ser injusto. Hay gente que investiga, que explica, que no deja morir la memoria. Muchachos jóvenes que uno ni cree que hayan escuchado un tiro en su vida, pero se meten a entender, a preguntar, a no dejar pasar. Y eso da esperanza. Pero también hay tanto veneno, tanta burla, tanta indiferencia disfrazada de sarcasmo. He visto memes con fotos de muertos, he visto comentarios que ridiculizan a las víctimas, he visto cómo una historia real termina convertida en tendencia solo porque da risa. La verdad, si se me permite decirlo así, se volvió una moneda sucia que pasa de mano en mano y a nadie le importa si está rota, si está manchada, si de verdad vale algo. A veces pienso que ya no estamos escuchando. Solo estamos viendo. Como si el dolor ajeno fuera una serie más en el celular. Se reproduce sola, se consume, se olvida. Hoy llora una madre en un video y mañana se vuelve parte del paisaje digital. ¿Y después qué? Nada. Seguimos. Como si no fuera con nosotros.
Y, sin embargo, hay algo que no me deja rendirme del todo. Porque entre tanto ruido, también he visto cosas que valen. Gente que camina por la paz sin cámaras, jóvenes que graban la historia desde sus casas, que se sientan con sus abuelos a preguntar lo que antes nadie se atrevía. Eso también es opinión pública. No la que se mide en encuestas, sino la que se teje con preguntas, con dudas sinceras, con ganas de entender. Eso también es una forma de decir “basta”. Y, si me permite, también es una forma de amor.
Yo no le escribo esto para convencerle de nada, estimado lector. No soy académico, no soy experto, ni pretendo tener la verdad. Solo soy un periodista que quiere decirle lo que me ha dolido, lo que he visto, lo que me cuesta tragarme desde hace años. Porque hablar del conflicto no es solo contar lo que pasó. Es preguntarse por qué lo dejamos pasar. Es reconocer en qué momento nos volvimos espectadores de la tragedia. Y asumir, con todo lo que eso implica, que la guerra todavía vive en nuestras palabras, en nuestras miradas, en esos silencios que uno elige por miedo o por cansancio.
Si no somos capaces de mirarnos distinto, si no empezamos a contar esta historia como debe ser, con sus matices, con sus vergüenzas, con sus verdades incómodas, entonces lo más probable es que esto se repita. Y no sé usted, pero yo no quiero ver a otra generación, la de mis hijas, crecer entre las mismas ruinas que me tocó a mí… Y eso empieza por asumir que todos, sí, todos— tenemos algo que ver.
Porque al final, lo que no se nombra, se repite. Y lo que no se recuerda, se pierde y aquí no se salva nadie, bueno, se salvan los niños, las únicas víctimas inocentes de esta guerra, porque desde los líderes, hasta los opinadores y sus medios, y todos nosotros los y las ciudadanos, tenemos algo que perdonarnos y reparar, para dejar de perder y de perdernos, para sonreír, quizás por primera vez sin miedo, si no, la pérdida seguirá siendo enorme y no es justo, Colombia ya ha perdido demasiado.
Referencias
El análisis de la opinión pública. (s.f.). Módulo académico. IMF Smart Education – Universidad Hemisferios. De ahí se han tomado apartes de estos autores: Charaudeau, P. (2009). *Discurso y medios*. Gedisa.
Lippmann, W. (1922). *Public Opinion*. Free Press.
McCombs, M., & Shaw, D. (1972). The Agenda-Setting Function of Mass Media.
*Public Opinion Quarterly*, 36(2), 176–187.
Noelle-Neumann, E. (1993). *La espiral del silencio: Opinión pública, nuestra piel social*. Paidós.
















