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Recuerdos de mi pueblo natal.

Por: Liliana Dueñas Solarte.

Evocar el pasado es transportarse a vivencias únicas que solo en los sueños vuelven a hacerse realidad. De mi pueblo natal recuerdo que todos los vecinos nos saludábamos al pasar por cada cuadra: ¡Buenos días, buenas tardes, buenas noches! Todas las caras nos eran conocidas. De niños o jóvenes podíamos ir a visitar a cualquier amigo a su casa sin ningún inconveniente porque nuestros padres les tenían confianza a sus familias todas ellas con numerosos hijos. En mi caso, mis padres tuvieron 12 hijos.

Mi pueblo natal se llama Santander de Quilichao. Quilichao en lengua quechua significa “tierra de oro”, porque antiguamente había mucho oro en su territorio. La ganadería y la agricultura son actividades muy tradicionales. Se cultiva caña de azúcar, café, cabuya, piña y muchas frutas y verduras gracias a las bondades de sus tierras fértiles con muchos ríos, valles y montañas. Es una región con mezcla de razas afrodescendientes, mestizos e indígenas. Está ubicado en el departamento del Cauca, al sur occidente de Colombia.

El río que atraviesa el poblado también se llama Quilichao y en sus aguas corrientosas fue donde aprendí a nadar. No recuerdo a quien se le ocurrió construir una piscina en medio del río, pero fue tan bueno el invento que mi pueblo se volvió famoso. La piscina en su inicio no era muy honda pero poco a poco, hasta el final iba aumentando su profundidad. Yo calculo que la piscina, que aún existe, tiene unos veinte metros de largo y unos cinco metros de profundidad.

Mi hermano mayor me enseñó a nadar en la parte baja y me tiraba al agua sin contemplaciones para que perdiera el miedo.
Yo tragaba agua (no filtrada) pero tenía que aprender como fuera a dar brazadas. En esa época tampoco usábamos salvavidas. Tendría 8 o 9 años de edad…Gozábamos mucho en el agua con mis hermanos y amigos y era tan divertido este pasatiempo que si no aprendíamos a nadar nuestras vacaciones de verano hubieran sido incompletas. También montábamos bicicleta, elevábamos cometas y subíamos lomas apostando carreras al más veloz.

Luego de muchos sustos vencí el miedo a ahogarme y aprendí a nadar llegando poco a poco hasta la parte más profunda de la piscina. Cansada pero feliz.

De la piscina municipal también recuerdo que está localizada al lado de El Parque Bolívar donde hay unos árboles frondosos y muy hermosos que se llaman Samanes y que ofrecen una sombra espectacular cuando el calor alcanza temperaturas muy altas. Por este motivo, mi terruño también se conoce como la Ciudad de los Samanes.

Allí mismo en el parque estaba el colegio para varones que se llama Instituto Técnico. Siempre se congregaban los vendedores ambulantes de helados, paletas, maní, chiclets, dulces, empanadas y de todo el mecato tradicional de mi tierra natal como chancacas, melcochas, cocadas, pandebono, biscochuelos, gelatina de pata, melcochas, galletas de panela y muchos más fabricados en casa. Mecatiabamos porque después de nadar necesitábamos energizarnos para seguir nadando y divertirnos en los juegos infantiles donde estaba Klinger, el negro y musculoso vigilante que también nos cuidaba y siempre nos esperaba con una sonrisa de oreja a oreja.

Los domingos nuestra cita era en el otro parque cercano llamado El Parque Francisco de Paula Santander donde está la iglesia de la plaza central y donde era muy común que después de misa nos encontráramos con los amigos a charlar o caminar dando vueltas al parque. Allí estaba el colegio de bachillerato para mujeres Fernández Guerra, donde yo estudié. También había droguerías, panaderías, consultorios médicos particulares, el hospital, la alcaldía, el teatro municipal, fuentes de soda, bares y negocios particulares que le daban vida a esas populosas calles donde nos enterábamos de las principales noticias del pueblo o donde nacían los primeros encuentros amorosos. Parejas de enamorados que seguros de su amor buscaron la bendición nupcial en la iglesia San Antonio de Padua, olorosa a flores sembradas en las montañas cercanas y a sahumerios en sus conocidas procesiones de la Semana Santa, tradición católica traída de España.

Recuerdos en la amorosa casona de la tía Lola, en la casa grande de los abuelos con su patio inmenso lleno de rosas de mil colores, de mangos, naranja lima y marañones, de gatos y de perros…Mis mejores amigos de niñez y juventud, los del colegio, los de la cuadra jugando a la lleva, al quemado, al escondite cruzan por mis pensamientos. A ellos mis abrazos y a Mi Pueblo mil bendiciones.