Por: Omar Orlando Tovar Toches -ottroz69@gmail.com-
El Honduras Gate destapó el guion oculto de la derecha evangélica sionista. Urge proteger la democracia de Trump y sus operadores locales, siempre listos para robarse las elecciones.
Al revisar el documento National Security Strategy (NSS) de 2025 que orienta la política de Estado del gobierno de Donald Trump, lo primero que salta a la vista del lector (a) es que dicho texto, que se presenta como una hoja de ruta para la paz; realmente es una declaración de guerra contra todo proyecto soberano del sur global, pero, particularmente del sur del Río Bravo. Este repulsivo plan de acción gringo no es nada más ni nada menos que la versión de Donald Trump de la Doctrina Monroe, en la que el presidente republicano, sabiéndose impune, pretende imponer una agenda empresarial norteamericana escrita con el lenguaje del lawfare, la extradición selectiva y el bloqueo económico.
La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos plantea la necesidad de recuperar el control político, militar y económico de América Latina, a la que considera su esfera de influencia exclusiva, en otras palabras: Su Patio Trasero, o en colombiano: su Finca. El documento asume como un hecho consumado que «el Hemisferio Occidental debe permanecer bajo control estadounidense». Se trata de un corolario trumpista que, como un eco del big stick de Theodore Roosevelt, no deja espacio para la autodeterminación de los pueblos.
Esta nueva ofensiva imperial se libra con portaaviones (Venezuela, Colombia y ahora Cuba), con sanciones económicas, en los tribunales, en las cancillerías y, especialmente, en las redacciones de medios alineados y/o propiedad del poder empresarial y financiero. La narrativa del «narco» y el «terrorista» se ha convertido en el ariete perfecto para estigmatizar y deslegitimar a gobiernos progresistas. En Colombia, el presidente Gustavo Petro ha denunciado con pruebas un complot internacional fraguado por la extrema derecha colombiana y estadounidense para vincularlo falsamente con el narcotráfico. La operación que buscaba presentar el desmantelamiento del Cartel de los Soles (una organización cuya existencia real no se comprobó) como la justificación perfecta para una intervención extranjera en Latinoamérica es el más claro ejemplo de la materialización de la NSS, bautizada cínicamente como la «Doctrina Trump».
En México, la administración de EE. UU. despliega una ofensiva diplomática a través de presuntas solicitudes de extradición de al menos seis políticos y exfuncionarios del partido gobernante, que publicita como un acto de cooperación judicial; pero que, en realidad, no dejan de ser una maniobra de injerencia que busca poner de rodillas a la presidenta Claudia Sheinbaum. Resulta evidente que la derecha internacional avanza y, para el caso de Mexico, la línea roja se ha cruzado con la naturalidad de quien considera a sus vecinos del sur como un patio trasero al que se puede entrar a sangre y fuego, o en este caso, a golpe de expediente judicial.
Y luego está Cuba, el laboratorio eterno del castigo imperial, que ahora se muestra como el siguiente objetivo de valor (dado el fracaso en Irán). Con una mezcla de desprecio y arrogancia, en su primer día de regreso a la Casa Blanca, Trump revocó la orden de Biden que excluía a la isla de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo. Es claro, para las ciudadanías decentes del mundo, que no importa la verdad, no importa que la isla sea más víctima que victimaria del flagelo; ya que el objetivo principal es asfixiar su economía y provocar el sufrimiento de su población, en un criminal bloqueo petrolero que ya ha sido calificado como una forma de «violencia económica» que causa muertes evitables, todo con tal de plantar la bandera de barras y estrellas en lugar de la imagen del Che Guevara, en la Plaza de la Revolución, para que Trump monte su nueva cadena de hoteles y campos de golf, como en la era del dictador Fulgencio Batista.
La punta del iceberg de esta confabulación tiene un nombre que lo resume todo: Hondurasgate. Las filtraciones de conversaciones entre operadores políticos hondureños y el entorno de Trump no solo revelan un plan mediático para atacar a gobiernos de izquierda en la región, también conforman la prueba irrefutable de que el verdadero poder (el famoso Deep State) en Washington no solo tolera, sino que financia e indulta a sus títeres, como el expresidente Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico, para devolverlo al poder como punta de lanza de la restauración evangélica-sionista y ultraconservadora.
Estamos ante una nueva versión del colonialismo, más sofisticada pero igual de brutal. Una guerra judicial y mediática orquestada para quebrar la voluntad democrática de un continente. Proteger la democracia hoy no es solo denunciar a Donald Trump, sino desenmascarar a sus mandaderos locales (políticos, funcionarios de los entes de control, electorales, lo mismo que fiscales, jueces, periodista y magnates mediáticos) que, prestos a robarse las elecciones en Colombia o Brasil, sueñan con ser los virreyes de este nuevo imperio en decadencia. El silencio ya no es una opción; sería complicidad con el verdugo.
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