Terrorismo e inseguridad

Por: Juan Carlos
López Castrillón

Más
allá del rechazo que todos hacemos del cobarde acto terrorista del pasado
jueves 17 de enero, contra la escuela General Santander de la Policía Nacional
en Bogotá, es conveniente realizar un ejercicio sobre el impacto que este hecho
va a tener en la política nacional y regional, especialmente en un año
electoral como el que se ha iniciado.

Quiero
citar un ejemplo que – aunque tiene otra dimensión – sirve para darle contexto
a mi teoría. Me refiero al 11 de septiembre del año 2001, cuando el grupo
extremista Al Qaeda derribó las Torres Gemelas de Nueva York y estrelló un
avión en el Pentágono de Washington. Esos hechos cambiaron la política en el
mundo y desencadenaron una serie de confrontaciones bélicas en diferentes
países del medio oriente.

La
situación aludida es lejana y de otras proporciones, pero lo significante es
que el espantoso evento contra los jóvenes policías en el sur de Bogotá, revive
un par de elementos muy importantes – que han estado latentes pero adormilados
– del imaginario colectivo de nuestra sociedad: el repudio y el miedo.

El
repudio es generalizado, sin diferencia de partidos, movimientos o ideologías.
El atentado ha sido atribuido a la guerrilla del ELN, que al momento de
escribir esta columna no se ha pronunciado sobre el hecho terrorista.

Si
efectivamente la responsabilidad es de esa guerrilla, cerraron cualquier
espacio político tanto a nivel nacional como internacional; también perdieron
interlocución con el gobierno y la sociedad civil. Ese daño es de un calado muy
profundo y los sitúa en una posición extrema, sin mayor margen de maniobra.

El
otro elemento es el miedo, connatural a la existencia, al instinto de
supervivencia. Quienes se dedican a estudiar los sentimientos afirman que es
más poderoso que el amor o el odio. La gente con miedo se mueve más rápido,
cambia sus prioridades, hace cosas que en otras circunstancias hubieran
parecido imposibles; incluso puede aliarse con las fuerzas más distantes para
combatir la fuente de ese miedo.

Ahora,
la política en términos generales necesita un contradictor, un enemigo, alguien
a quién atacar, puede ser de carne y hueso o puede ser una sombra, un
intangible. Incluso pueden ser varios “enemigos”; el orden de prioridades lo
clasifica la mente y a ello ayudan los medios de comunicación y las redes
sociales.

Ejemplos
de “enemigo sombra” pueden ser la corrupción, sin nombres propios, sin
responsables con rostro, sólo usando el término como una generalidad; y el
terrorismo, como una amenaza latente, algo que acecha, que puede ocurrir en el
momento menos pensado.

Los
dos son “taquilleros”; infortunadamente mucho más que la pobreza, que sí es un
enemigo real, que existe, que lo vemos aunque a veces preferimos ignorarlo, que
crece a costa del sufrimiento de los más vulnerables, que genera muchos
otros problemas y que a veces justificamos atacando a sus víctimas.

En
conclusión, Colombia es un país que produce hechos inesperados, como este
triste y abominable ataque a la Policía, que en un día logran cambiar la
perspectiva de sus prioridades, y obviamente todos cerramos filas para combatir
el terrorismo. Nos da miedo, primero la vida.

Si
fue el Eln se equivocó. Si fueron otras fuerzas oscuras, como se ha sugerido en
algunos espacios, lo lograron. Esperamos que en el corto plazo se conozca la
verdad.

En
menor escala, algo parecido pasa actualmente en Popayán. La ola de atracos y
robos de los últimos días ha obligado a las personas a hablar de seguridad
ciudadana, cambiando la agenda del debate público.

Es
normal, para el habitante de cualquier ciudad su seguridad y la de su familia
son fundamentales, saber que puede ir tranquilo por las calles, tener la
certeza de que su vida y su integridad están garantizadas en cualquier espacio
que habite. Eso es primero y por ende los demás problemas pasan a un segundo
plano.

Posdata: el dolor y el repudio que ha causado el miserable hecho terrorista del pasado jueves no debe utilizarse para atacar el proceso de paz con las FARC, al contrario, hay que respaldar la salida negociada de los conflictos y seguir construyendo la Colombia del posconflicto, para que un día lleguemos a ser ese país en el que sólo nos morimos de viejos.

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